Sobre el amor o así

En esos delirios que de vez en cuando, o de tanto en tanto, se pasean por nuestra mente, se me ha enganchado hace ya tiempo qué es lo que quiere decir la palabra amor.

¿Qué es el amor? ¿No tiene más término que la persona amada? Yo creo que el amor nos arroja más allá, más acá, de nosotros mismos, porque, de alguna manera, el amor designa un cierto tipo de movimiento por el cual el ser busca aquello a lo cual se ligó antes de haber tomado la iniciativa de la búsqueda.

El amor por excelencia es también…, ¿cómo diría yo?, una predestinación: elección de lo que no ha sido elegido.

En el amor se destaca también la ambigüedad de un acontecimiento que se sitúa en el límite de lo razonable. Deseo, movimiento que nunca empieza, que nunca acaba; movimiento hacia un futuro, nunca bastante futuro. Se frustra y se satisface como la más egoísta y la más cruel de las necesidades. Como si la mayor audacia del amor se pagase con una caída más acá de la necesidad. Pero este más acá mismo, por los abismos de lo inconfesable a donde conduce, por la oculta influencia que ejerce sobre todos los poderes del ser, da testimonio de una audacia excepcional.

El amor es una relación con otra persona, que se transforma en necesidad; y esta necesidad presupone aún la exterioridad total, la trascendencia del otro, a pesar de ser o no correspondido, porque el amor va más allá del amado. Por eso, a través del rostro, de un solo rostro, se filtra la oscura luz que viene de más allá de ese rostro, de lo que aún no es, de un futuro jamás bastante futuro, más lejano que lo posible.

El amor es gozo de lo trascendente, casi contradictorio en sus términos. El amor no se anuncia verdaderamente en el hablar erótico en el que se interpreta como sensación, ni en el lenguaje espiritual que lo eleva al deseo de lo trascendente.

La posibilidad pasa al otro de aparecer como objeto de una necesidad al mismo tiempo que conserva su alteridad, o aún, la posibilidad de gozar de él, de colocarse, a la vez, más acá y más allá del discurso, del pensamiento, del afecto, esta posición frente al amado que, a la vez, lo alcanza y lo sobrepasa, esta simultaneidad de la necesidad y del deseo, de la concupiscencia y de la trascendencia, tangencia de lo confesable y de lo inconfesable, constituye la originalidad y los límites ilimitados del amor que, es lo equívoco por excelencia.

El lado más humano del amor es compartirlo. Y por eso, porque es humano, el amor entre dos personas, creo yo, es un egoísmo compartido y, a la vez, una entrega sin matices. ¿Es eso altruismo?

Este amor apunta siempre al otro y lo señala en su debilidad: amar, en este caso, es temer por [el] otro, socorrer su debilidad; vestirla, aunque uno no quiera, de ternura. Ternura que consiste en una fragilidad extrema, en una vulnerabilidad del yo (si es que no me puedo sustraer a la especulación). Ternura que se manifiesta en el límite del ser y del no ser, como un dulce color en el que se disipa, adormecido, entre los sueños de su propia manifestación; extraño al mundo, demasiado hiriente para él, para ella.

Es esta la manifestación de lo esencialmente oculto que se arroja a la luz, sin llegar a su significación. No es la nada, sino aquello que aún no es.

Esta clandestinidad del amor agota la esencia de esta no-esencia. Nocturnidad, privacidad, interioridad, soledad, intimidad, silencio… Todo esto se refiere al pudor que ha profanado la esencialidad del otro sin dominar. Es el secreto que aparece sin aparecer. Ese pudor, que es in-pudor, inquebrantable, también es amor. Impudor siempre osado en la presentación de la desnudez lasciva. Movimiento del que ama, que se complace en la acción o en la impasibilidad, que se absorben, uno y otro, en la complacencia de la caricia y del ser acariciado.

Caricia que es tacto y son lágrimas. Caricia que es sudor y es dolor. Caricias que son palabras y es mudez. Complacencia, erotismo, miradas, complicidad, entrega, pasividad, gozo (puro gozo), exhibicionismo.
Caricias que son sólo el desnudo contacto de la sensibilidad, pero caricias que siempre trascienden la sensibilidad. Caricias que no consisten en no apresar nada. Caricias que solicitan lo que se escapa sin cesar de su forma hacia el porvenir —jamás lo bastante porvenir—, en solicitar eso que se oculta como si no fuese aún.

Esa marcha intencional, que es el amor, marcha siempre hacia lo invisible. Esa caricia, que es el amor, no busca dominar una libertad hostil, hacer de ello su objeto o arrancarle un consentimiento, un tesoro, un mi vida.

La caricia, que es el amor, busca, más allá del consentimiento o la resistencia de una libertad, aquello que ya habíamos dicho, lo que no es aún, un menos que nada, cerrado y que dormita más allá del porvenir y, en consecuencia, que dormita de modo muy distinto de lo posible, o de lo deseable, que al fin y al cabo es lo mismo. Anticipación de lo carnal, de lo tierno por excelencia, la caricia no se confunde ni con el cuerpo, ni con los sentidos, ni con el placer, ni con el cuerpo propio del puedo, ni con el rostro…

La caricia, que es mirada, que es palabra, que es olor, que es entrega, pasión, obsesión, enamoramiento de los sentidos, placer compartido, erotismo, culminación…, orgasmo: lo intocable en el contacto mismo de la voluptuosidad, en el presente-futuro. Siempre junto a la noche, o disfrazada de nocturnidad, como un murmullo anónimo del hoy y del hay; donde se extiende esa noche de lo erótico; detrás de la noche del insomnio, noche de lo oculto, de lo clandestino, de lo misterioso.