Sobre los álbumes ilustrados (2)


El texto preparado para la clase de la que hablaba en mi nota previa (y que incluí luego en Una breve historia) terminaba del siguiente modo:

Si es cierta, que creo que sí lo es, la afirmación de que «en el futuro toda la información será digital y sólo la belleza quedará en el papel», los nuevos autores y editores de álbumes en papel — dejo al margen los productos preparados en otros formatos y para otros soportes — han de pensar bien cuál es la superioridad propia de los álbumes tal como los conocemos, que pueden aportar ellos al lector que ninguna otra manera de contar una historia puede ofrecerle.

Se puede decir que ahora nada es como fue antes en dos aspectos: que ninguna dificultad técnica tiene por qué obstruir el talento de cualquier creador de álbumes; que los álbumes no han de ocuparse de lo que otros medios pueden hacer mejor sino de lo específicamente suyo, que es de contar historias con su peculiar mezcla de texto e ilustraciones encerrada en el recipiente clásico de un libro. En este punto es conveniente señalar que los álbumes nacieron para un público infantil y que siguen siendo, en su gran mayoría, un producto que cae dentro de la literatura infantil y juvenil; y, con esa perspectiva particular, la de los álbumes considerados como un medio propio dentro de la literatura infantil, se puede afirmar que han alcanzado su madurez.

Esto se puede confirmar si observamos que, ahora mismo, tenemos a nuestro alcance muchos álbumes de calidad de todos los estilos y contenidos posibles; que no hay ya fronteras ni luchas artificiales entre unos y otros estilos, y que se reconocen pacíficamente las posibilidades que ofrece tanto cada uno por separado como las que se derivan de la fusión de distintos estilos. Al mismo tiempo, es difícil pensar en nuevos álbumes para niños que supongan una ruptura, como en su momento fueron, por ejemplo, Pequeño Azul y Pequeño Amarillo, El pequeño 1 o Donde viven los monstruos. Sin duda siguen y seguirán apareciendo álbumes nuevos de gran calidad pero es raro pensar que pueda surgir ya un álbum infantil que signifique una gran innovación argumental, e incluso una innovación gráfica.

Sin embargo, los álbumes han llegado a una encrucijada debido a su mismo progreso y a su afianzamiento como un medio expresivo propio. Ahora se ve que las posibilidades del álbum no se agotan en la literatura infantil y, por eso, abundan las tentativas de autores y editores de borrar fronteras y dirigir álbumes específicamente a destinatarios adultos. Estos intentos tropiezan muchas veces con la dificultad externa y práctica de que, con frecuencia, esos álbumes están integrados en colecciones infantiles, se publicitan en los medios propios de la LIJ, y figuran en las secciones de libros para niños de las bibliotecas y las librerías. Pero, sobre todo, tropiezan con la dificultad interna de que muchos autores y editores no logran dar a sus libros la consistencia que debe tener un producto decididamente adulto.

Eso se nota en que, a veces, unas ilustraciones de calidad o una edición muy cuidada acompañan una narración o un argumento pobres; o en que se intentan experimentalismos gráficos no suficientemente justificados o muy poco atractivos como historia o como libro… Es como si autores y editores estuvieran atrapados por una mentalidad que no acaba de desasirse de moldes anteriores, y, sobre todo, como si les faltase la paciencia de abordar un trabajo constructivo más largo y arduo: el propio de quien desea preparar un relato sólido en todos los sentidos.

No es siempre así, claro está. Por ejemplo, relatos como La invención de Hugo Cabret y Maravillas, de Brian Selznick, enseñan nuevas maneras de combinar imágenes y palabras para confeccionar relatos que sólo se aprecian del todo si se leen en la forma en que han sido confeccionados: como un libro en papel que ha de leerse dejándose llevar por el paso de página. Del mismo modo, hay álbumes poderosos, por su contenido, por su extensión, por su nivel artístico, por la cantidad de tiempo y trabajo que les ha supuesto a sus autores, como Emigrantes, que abren el género a posibilidades desconocidas hasta hace poco.

Se puede decir, me parece, que estamos asistiendo no tanto al final de una época, pues los álbumes como producto de literatura infantil tienen mucho recorrido, como al nacimiento de otra en la que habrá nuevas clases de álbumes que romperán las barreras que los han confinado hasta la fecha.