Soy la fea que siempre he sido

«Girl before a Mirror», Pablo Picasso.

Hoy me siento fea, más fea que nunca antes. Hoy me vi como jamás me había visto, engañada. Frente al espejo que me traicionó y me hizo ver bella, simulaba un rostro perfecto. Todas las mañanas al despertar, daba cinco pasos cortos y estaba ahí, frente a él, circular, tan pulcro como leal, esperando escuchar, esperando mirar, esperando juzgar.

Fue creado para engañar y hoy decidió hablar con la verdad, esa verdad que me ha mantenido muerta 24 horas. Quisiera matarlo yo a él, agarrar un puño envuelto en un papel y matarlo a golpes, dejarlo irreparable como él me ha dejado a mí, pero soy cobarde, la misma cobarde, esa que le cree. Le creo desde hace años o quizá más; antes no me importaba la belleza o la fealdad, me bastaba con que mi madre con sus tiernas manos echara para atrás mis cabellos, me regalara un beso en la frente y terminara con un — qué bella estás — , así infinitamente para yo sonreír y salir a un mundo que me engañaba también. Qué hermosa eres, decían por doquier, a cada calle, cada árbol y a veces el mismo cielo mandaba halagos.

Hoy vi a otra ella, en ese extraño reflejo, de frente, paradas en aquella estrecha calle de paredes naranjas, solas, desnudas, frías, alguien que hasta entonces sería el demonio más cruel. Nos vimos. Su lengua pronunciaba la más triste de las realidades, ese choque gigante donde se accidentara el amor propio que me quedaba. Caminé con un paso lento, a oscuras por dentro, como solo se puede estar en la profundidad de un océano, o los caminos de algunas almas ambulantes, apenas podía reconocer mis manos, no busqué ver nada más.

Hoy mientras caminaba hacia él se pintó negro como el humo. Intenté limpiar, soplar tan fuerte como mis pulmones quisieron. Era negro, solo negro. Le pregunté por qué me había engañado tantos años, se limitó a voltear su mirada. Se acabó —gritó—, nunca lo fuiste, mis ojos se cansaron de ver lo que nunca fue, me cansé de engañarte, dejaste de brillar, me cansé de buscar luz para que te creyeras hermosa, me jubilo de esta, mi labor mentirosa, también yo me canso de mentir. Lo vi, nos miramos, sus ojos penetraron en los míos y estrepitosamente cayó. No me moví, lo vi caerse y lo dejé, se destruyó en incontables partes, se podía ver nada en él, quedó su marca, su orilla grisácea en la blanca pared, también me quedé con la mía.

Hoy soy la fea que, sin saber, siempre he sido. No sé cómo seguir: sin ese espejo mentiroso y circular o sin una ella que me llamaba hermosa sin titubear.