Soy un personaje púbico y no consiento que me roben la señal de reiki
Así, como suena

¡Que ya está bien! Que yo no voy por ahí metiéndome en los chakras de nadie. Y menos con meningogos que se lucran con el karma de los demás. Si uno quiere algo, tendrá que luchar por ello, pero no con malas artes ni con pseudociencia apriorística, que ya el nombre lo dice todo: nada.
Es delirante contemplar el grado de mezquindad al que hemos llegado, por no decir que resulta inquietante. Cuando era niño, mi ser holístico respondía por sí mismo y mi cerebro recibía una señal homeopática de radiofrecuencia. Algo impensable hoy día, en que las variedades disruptópicas nos invaden por doquier. No se puede culpar a nadie en particular, pues al fin y al cabo todos estamos metidos hasta los tuétanos en esta nueva era. He recorrido desiertos y he cruzado selvas de flores de Bach, me he mecido en el efecto Mozart y el resultado es el mismo: nada.
Dado que estamos hechos de cuarks, inicié una aproximación discreta a la cuántica desde la medicina, la economía y la política. En términos generales, me satisfizo más la política cuántica, aunque existe un debate interesante entre los detractores de la economía cuántica y los fanboys del nacional-liberalismo. A decir verdad, los términos inherentes a toda metafísica que se quiera hacer sobre la ósmosis humana devienen de una suerte de energía oscura que cada cual posee. Es como si cualquier quiromante leyera entre líneas de la mano cómo piensa cada persona, en una suerte de telepatía congénita. Y he ahí mi frustración; ya que nada se escapa al poder del lado oscuro, como bien predijo Vader. De alguna forma, uno transita por un mundo catatónico y va dejando rastro epigenético en otros seres. Somos cuantos de luz apostada en el regazo de un amor cósmico. Anhelamos el acoplamiento sin ser conscientes de que un ser infinito nos vincula constantemente. Esa es la única constante universal, la que todos intuimos y a la que todos renunciamos en aras de la felicidad, ese constructo filosófico que se salta todas las leyes astrológicas. Solo tendríamos que dejarnos guiar por nuestro horóscopo, el que sea. O por Dios, lo que cada cual prefiera.
Pero el problema se hace mayúsculo cuando el barratema alcanza el nivel de humo albis. Para entonces ya es demasiado tarde: el poliamor te obnubila con sus cantos de sirena y acabas hecho un geek. Eso es lo que me pasó.
Cada poro de mi piel es una vulnerabilidad del sistema en que me he convertido. Da igual que ande con pies de plomo; la radiactividad está en el aire. Mis células se aciclaman, mis fendolios se arraciman y mis ginopláxeras recorcubean. Cualquier promesa sobre replicantes es una falacia, como queda de manifiesto cuando trato de ajasolar las cilamprias desde Winterfall. No funciona nada: ni drakarys ni mithril. Keyser Söze, mi confidente en la NSA, desconoce aún el origen de la filtración más allá de Orión. En su humilde opinión, que no deja de ser una hipótesis, la Atlántida emite señales desde Júpiter, que, al parecer, es lo que sigue confundiendo a la población. Según él, solo científicos serios, freelance, continúan siguiendo la pista definitiva: pobladores de una civilización primigenia que produjo la sequía del Sahara una vez hubieron construido su inframundo. Literalmente, las grandes pirámides son la punta del iceberg. Söze me mostró el registro de señales interceptadas en el núcleo terrestre; de hecho, la propia NSA está trabajando en la desencriptación de los manuscritos de Qumrán en una línea de investigación peligrosa, sin duda. Expertos en geopolítica se reúnen cada año en Valdeburras mientras nos colocan el señuelo de Bildelberg. Asisten cuñaos de todo el orbe para opinar a cascaporro sobre WHATEVER, las siglas en urdú del plan oculto de la ONU para llevarnos por el buen camino. Y, mientras, seguís con vuestras vidas felices, llenos de vacuidad, de mojigaterío y de entelequias.
¿¡Hasta cuándo hemos de permitir esto!? Levantemos el pubis una y otra vez y rebelémonos contra la usurpación del poder del pueblo. Alcemos nuestras almas en pos de un gobierno antropogástrico, que nadie nos hazamite en este fuelle.
Yo solo os digo una cosa: nada.