‘Stockholm’ (2013) de Rodrigo Sorogoyen

Rodrigo Sorogoyen filma Stockholm, una historia escrita junto a Isabel Peña que enfrenta al espectador a una historia dura y dramática. Cuando las relaciones sentimentales se plantean como batallas o secuestros en nombre del amor el daño puede ser irreparable.

La casualidad, el aburrimiento y —¿por qué no decirlo?— las recomendaciones que hace Netflix, confabularon para que un miércoles por la noche le diera una oportunidad a éste filme español. Se trata de una típica historia: chico conoce chica en una fiesta sin importancia. El se acerca a ella con un «me he enamorado de ti». Ella le rechaza y él insiste. En un estira y afloja a través de un Madrid obscuro y frío, la convence de ir a su casa, aunque a ella no le hacía mucha gracia la idea.

La película se divide drásticamente en dos partes. La primera, resulta indiscutiblemente incómoda. Como espectadores, somos testigos del acoso a una chica por parte de un tipo que se ha encaprichado en el deseo de acostarse con ella y donde ésta última no está para nada cómoda con la situación. Lo «curioso» aquí, es que a ninguno de nosotros nos parecerá extraña la historia. Desgraciadamente, estamos acostumbrados a que esto ocurra.

El síndrome de Estocolmo

—O sea, que tu crees en lo nuestro por muy pequeña que sea la posibilidad.
—No te imaginas lo que creo en nuestra historia.

Siguiendo con la trama, él continúa siendo encantador. Es claro que intenta seducirla, si. Pero es inevitable sonreír ante sus cumplidos, sus atenciones, su rostro que denota interés por la chica y por sus cosas. En sus palabras: quiere saber todo de ella. Pareciera que de verdad quiere ganársela. Y es en ésta primera parte, en un Madrid de noche, lleno de luces de los coches, donde los protagonistas se pasean al ritmo de una conversación de fluidez acompasada. Sus miradas, sus gestos, en fin, todo, es una combinación de una fórmula —algunos le llamarán «química».

—¿Tienes hambre?
—¿Qué?
—Que tengo hambre, ¿tú no? Te invito a cenar.
—¿A cenar?
—Sí. Has dicho que tenías hambre. Así que aunque te suene como una cita romántica, no puedes decir que no tienes hambre. 
—Es verdad.
—Lo único, que así vestida como estás, no sé si te van a dejar pasar.
—¿En serio?
—Bueno, no te preocupes, el Maitre es coleguilla.
—¡Jo! Gracias. No sé qué haría sin ti. 
—Vamos, que cierran. (Cruzan la calle hacia un 24 horas)

Ella se siente cada vez mejor con éste chico que es guapo, divertido y que además de darle las mejores atenciones, confiesa estar enamorado de ella. La rendición definitiva viene de la mano de La Gazza Ladra de Rossini, con un ascensor que baja y sube en cámara lenta mientras la pareja se besa. El espectador tiene la sensación de que se encuentra en el teatro y el telón bajará, pues el primer acto ha finalizado. Y efectivamente es así. Porque en ésta primera parte se ha perpetuado el secuestro, mismo que le da título a la película.

El segundo acto

—En cuanto me he despertado quería…
—Querías que me fuera. 
—No, no que te fueses. Sino estar solo, que es distinto.

Se abre el telón —o uno imagina que se ha abierto—. El esquema de color cambia: vemos colores crudos, blancos inmaculados, tonalidades de gris. Silencio y calma. Pareciera que no estamos en el centro de Madrid. Sin embargo, lo sabemos, pues se han encargado de dejarnos ver algunos de los edificios representativos. Pero ¿qué pasa? Todo ha cambiado.

Ella despierta ilusionada y con planes para los dos, sólo para encontrarse con un chico frío, distante y con prisa, sin tiempo para ella —anoche no vivía más que para complacerla, ¿qué no?

Los diálogos, al igual que los colores y sonidos, contrastan con la primera parte de la película. No hay más romance. Él es borde con ella, le molesta que le mencione la «magia» de la noche anterior y aprovecha cualquier oportunidad para pedirle que se vaya.

La chica no comprende qué ha pasado e intenta seguir los juegos y la dinámica de la noche anterior. Sólo que ahora es ella la que no quiere irse, a pesar del cinismo de él al admitir la gran farsa de la cual la hizo objeto. En resumen, sabe que está siendo injustamente maltratada, menospreciada, que ella merecería algo mejor. Y aún así, quiere quedarse y amar a su captor.

—¿Por qué me haces esto?
—Porque no es justo. 
—¿Qué no es justo?
—Que el juego se acabe cuando lo digas tú.

El final del segundo acto y de la obra en sí, es totalmente inesperado. Inevitablemente da de qué hablar por la coherencia para terminar la historia no como espera el espectador al uso, sino como reclama una dramaturgia felizmente adulta.

Relaciones tóxicas

—Así me pasé yo ayer toda la noche. Queriendo creerte, pero sabiendo que no debía.

Stockholm retrata a la perfección problemas reales que se presentan cuando uno decide embarcarse en una relación sentimental. Ya sea que, como en la película, duren poco más de una noche o, como en otros casos, tengan una expectativa de futuro.

Y aunque la película no es para cualquiera, nos muestra la desvirtuada cara del «amor» hoy en día. Un «amor» donde hay que dominar, controlar, engañar. Pareciera que lo más importante es propiciar el terreno para que la «presa» caiga por voluntad propia y, además, que ella misma eche llave a la jaula que la mantendrá en cautiverio. Una vez que la primera parte se ha logrado, no importan más las formas, ni el respeto, ni la dignidad, mucho menos el romanticismo o el cariño. Y ese cóctel no es otra cosa que violencia.

¿Por qué nos parece normal que el chico insista una y otra vez, si ella ya le ha dejado en claro que no quiere nada con él? ¿Por qué ella tiene que ceder ante la presión? ¿Acosar, besar a la fuerza, poner caretas, montar actos, son cosas deseables en una relación?

—Sí, me la pasé muy bien. Eres el mejor, de verdad. Pero me arrepiento. 
—Bueno, mala suerte. A veces nos equivocamos. 
—Ya. Pero tú sabías que yo no quería, ¿verdad?
—Pues no sé. 
—¿No lo dejé claro?
—Sí. Al principio, supongo, si. Pero es lo típico, ¿no? Siempre pasa que uno tiene dudas y en el fondo tu postura era estar cómoda. Y al final, sí que te apetecía. 
—Pues no. No me apetecía nada.

¿Por qué se toleran gritos, ofensas y faltas de respeto en nombre del «amor»? ¿Porqué se tornan válidas excusas tales como «Es que así soy yo», «Estoy irritable» o «Es que soy un poco capullo» para hacer daño al otro?¿Se trata de curar en sano el cargo de conciencia?

—Dame las llaves o te llevas una hostia. 
[…]
—¡Me la sudas! ¡Me la sudas! ¿No lo entiendes? Quiero mis putas llaves ¡ya!
[…]
—¿Que no tengo derecho? Primero me vuelves loco y luego me montas éste número ¿y yo no tengo derecho? ¡Que te jodan, niñata!

A mi parecer, es un detalle muy sutil el que los personajes no tengan nombre. Podrían ser cualquiera. Podríamos ser tú o yo. Y entonces, ¿no seremos responsables del Síndrome de Estocolmo en el «amor»? Y ¿no será que todos en algún punto de nuestras vidas habremos vivido nuestro propio Estocolmo?

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