Tejiendo camino

Camino tejiendo

Caminando descubrí que no estaba solo, a pesar de que caminaba solo. Fue así aunque lo hice en el desierto, sin nada ni nadie (salvo yo). Caminaba bajo un sol de justicia, como dice el tópico. Apenas mi sombra me soportaba, pero allí seguía, perdido en mi percepción del mundo: lo que me rodeaba y yo, mi mundo en aquel tiempo.

Afloraban vagamente los encantos de la civilización: apenas veía fallos, todo resultaba grato, quizá porque estaba anestesiado, al borde de la lipotimia. O quizá porque echaba de menos la soledad de la ciudad, el desconocimiento profundo dentro del apartamento; o la actividad frenética que me había llevado durante años de un sitio a otro siempre con prisas; o la muchedumbre anónima y acelerada, en suma. Anhelaba ese movimiento, de cuerpo y alma, pero no en cuerpo y alma, pues una sonrisa nunca habría significado anhelo. Me gustaba acordarme, eso es todo. Quizá porque a veces esa soledad se diluía con los amigos, con la familia, en encuentros cargados de risas, de penas y tal vez hasta de sentimientos. También recordaba los parques, como oasis entre prismas de cemento, en los que madres, abuelos y algún padre paseaban, como yo entonces, en torno a sus retoños, locos de contentos: unos con triciclos, otros con muñecos que se negaban a comer (como ellos unas horas antes), otros persiguiéndose entre columpios, árboles y papeleras. Recuerdos. Cuando la arena que ascendía comenzaba a teñir la duna anaranjada, me acordé del sol parcialmente tapado por negras siluetas rectangulares, entre las que se difuminaba la contaminación con el cielo. Eran recuerdos primaverales, acaso estivales —¡larga vida al día!

Me detuve un instante al conquistar la cima de aquella duna, giré a mi izquierda para constatar que no me había perdido o —quién sabe— para admirar aquel cénit marciano.

Proseguí mi marcha hacia el norte. Sin esperar mucho, solo caminando.

El disco solar fue desapareciendo, pero el cielo aún soportaba sus rayos. Yo seguía evocando: reminiscencias de pasajes, instantes pasados, incompletos, pero suficientes para imaginar. Debí de rellenarlo de fantasía, pues también me acordaba de sucesos de los que ahora no tengo constancia de haberlos vivido. Como si entonces delirase. O algo así, pues la siguiente imagen que me viene no es en la arena, sino entre rocas, en una oscuridad apenas rota por una tenue luz. Diría que era un candil, sujeto por la mano temblorosa de alguien de quien apenas podía distinguir su silueta. De repente, me había visto allí, transportado en el espacio y en el tiempo, e incluso hasta otra persona que no era yo.

Una voz apagada y rasgada me hablaba desde el otro lado del candil. No entendía nada. Hice lo posible por articular palabra, pero ni boca ni garganta obedecían. La voz volvió a sonar, ya algo más fuerte, y asumí que no entendería nada: debía de estar expresándose en árabe. El resto del cuerpo tampoco respondía a mis deseos, apenas sentía las manos ni los pies. Entre las hormigas que parecían correr por el antebrazo derecho, noté una presión mayor: la persona del candil me elevaba el brazo mientras me volvía a repetir las enigmáticas palabras. Tal vez verificando mi estado. Era extraño porque, a pesar de mi incapacidad para realizar el más nimio movimiento, me sentía cómodo: sumido en un extraño diván, sometido a un hechizo somnoliento del que no quería despertar. Noté que mis párpados se derrumbaban, bloqueando la escasa luz, recobrando una oscuridad perdida. Hasta que oí un grito agudísimo y trémolo que hacía rechinar las rocas. Abrí los ojos cuanto pude, tarde: intuí el alejamiento y la desaparición del candil y de alguien que lo portaba; definitivamente, me sumí en la negrura.

Cuando volví a abrir los ojos, una cascada de luz al fondo me descubrió dónde me hallaba: en una cueva. Me noté diferente: podía moverme, aún con dificultad, aunque con movimientos estudiados previamente. Logré incorporarme. Al hacerlo, miré en derredor y solo hallé la alfombra en la que me sentaba. La palpé. Más suave que el cuerpo desnudo de una mujer. Me incliné para observar sus dibujos: grecas doradas se entrecruzaban con curvas que asemejaban los pámpanos de una parra en otoño, dorados también. Me costó alzarme completamente; no porque no pudiera, sino porque no quería despegarme del todo de aquella maravilla. Ya de pie, comprobé que en un lateral se habían bordado algunos caracteres árabes. Supuse, por el tamaño, que debían de contener algún significado especial más allá de la mera firma de su artífice.

Con los ojos cerrados para adaptarme a la potente luminosidad exterior, me aproximé hacia la entrada de la cueva. Permanecí unos minutos acostumbrándome al rojizo de mis párpados antes de elevarlos hacia un cielo que presumía blanco. Efectivamente, estaba de nuevo en ruta.

Podría haber sentido sed, quizá hambre, pero por alguna misteriosa razón me sentía como el día anterior, antes de desmayarme —supuse—. En realidad, tampoco sabía si solo había transcurrido aquella noche, aunque me pareció lo más plausible.

En mi marcha volví a las reminiscencias: me veía al volante de mi coche, de excursión al campo con mi novia… ¿O era su coche? Sí, era su coche, me gustaba que fuera el suyo, mucho mejor que el mío, que «no tiraba ni cuesta abajo». ¡Me encantaba su compañía! La echaba de menos, aunque solo fuera por su risa. Pero dejé de gustarle. Después salí con una chica del barrio, menos dulce, pero igual de encantadora. Recuerdo que empezamos tras presentarnos en una fiesta del trabajo, cuando fuimos descubriendo quién era quien en la pandilla —¡cómo cambiamos desde niños hasta los cuarenta!

Me viene a la memoria que, mientras caminaba, me preguntaba si alguien me conocería casi diez años después, con algo más de medio siglo surcándome la piel, azotado por unos cuantos de luz ultravioleta en pleno Sahara. «En el trabajo seguro que no», me decía. «Quizá mi director aún recordase la mirada con la que le mandé a hacer puñetas, apenas diciéndole adiós». Desde entonces todo había cambiado mucho más deprisa que de costumbre. Yo aceleré esos cambios, pues empezaba a sentirme dueño de mi vida. No echaba de menos el pasado tanto como para arrepentirme. Supongo que uno siempre echa de menos partes de su pasado porque le pertenecen, como la piel y el resto de los órganos —lo cierto es que uno no se pasa el día mirándose en el espejo constatando que no le faltan nariz, orejas ni boca.

En el desierto me sentía yo, aunque hubiera sido un espejismo.

Nada es comparable al sentimiento pleno de uno mismo, ni siquiera el triunfo ante la adversidad. Me sentía como quería: lleno, sin necesidades, sin deseos, sin intereses, sin temores. Entonces todo aquello me parecía sabiduría; todo lo que podía aprender estaba en mí; la catarsis de muchos años descubriéndome y descubriendo mi alrededor; la soledad por la soledad, aunque supiera que era efímera. Pero era mía y la disfrutaba como nunca.

No importaba de dónde viniera ni a dónde me dirigiera; caminando rememoraba. Porque caminando percibía también mi pasado. Mi mundo era pasado y presente, solamente. Soñar habría sido diferente, y no estaba preparado para tomar ese impulso. Quería andar a ras de suelo y escarbar de vez en cuando, eso es todo, si acaso aquello significaba querer algo. Sentir la brisa abrasadora en la frente, tambalearme al pisar la arena, escupir restos salinos de sudor y polvo de mis labios. Parpadear ante un horizonte infinito a dos colores. Y nada más, salvo un silencio que a veces silbaba.

Un silencio que se rompió con un grito. Reconocí el timbre. Busqué su procedencia hasta advertir que el estertor anunciaba una densa nube de polvo a mi espalda. Una nube entre la que aparecían figuras en movimiento y, con ellas, una especie de traqueteo grave y cada vez más intenso. Dado que había estado solo y dado que no se me ocurría ninguna razón para tener miedo, simplemente, me senté en la ardiente arena, esperando. Un tropel de camellos descabalgados avanzaba hacia mí. Tras ellos, dos iban montados. Al acercarse, acerté a reconocer al autor del grito: un resuelto jinete que acompañaba sus alaridos con amplios giros de brazo, espada en ristre. Su compañero se le separó para agrupar la docena de camellos que empezaban a desperdigarse. Hubieron de realizar esa maniobra un par de veces más hasta que, al fin, se detuvieron, ya a mi altura. El jinete desarmado descendió de su camello de un sencillo salto, contemplado con indiferencia por el resto de las bestias. Se acercó, me tomó el antebrazo, lo elevó y pronunció algo que soy incapaz de repetir. Noté su sonrisa en los ojos que apenas asomaban entre un turbante azul, casi negro, que le ocultaba el resto de la cabeza. El otro, el de la cimitarra —ya no la portaba— , le dijo algo que el del suelo no oyó o no quiso oír. Se lo repitió y entonces el que me había levantado el brazo se le aproximó de una carrera para iniciar una agitada discusión. Me costaba creer que el de la cimitarra hubiera emitido un alarido tan agudo a tenor de la bronca voz con que discutía. La aparente trifulca concluyó súbitamente. El de la cimitarra descendió de la giba, ambos estrecharon sus manos y se me acercaron. De cerca, supuse que eran padre e hijo.

Conseguimos entendernos a duras penas en un rudimentario francés, salpicado de latinajos que sonaban españoles y entre los que pretendía colar algún arabismo —una estupidez por mi parte cuando finalmente supuse que era bereber—. Entre el galimatías, sin embargo, nuestros gestos y aspavientos sirvieron para cerciorarme de que fueron ellos quienes me encontraron y me cuidaron en la cueva la noche anterior —o quién sabe cuántas noches más—. Supuse su preocupación por mi salud: debían de haber estado buscándome al no hallarme en la cueva. Les insistí en mi propósito de seguir la marcha, no sin agradecerles sus atenciones. Pero me tomaron de los brazos como si portaran a un herido tratando de dirigirme a un camello. Sonriendo, les conminaba a soltarme, pero ellos, sonriendo también, seguían tirando de mí. Finalmente, acepté su invitación: allí estaba yo, sentado en la montura improvisada de un camello (o, mejor dicho, un dromedario).

Nos habíamos desviado de mi ruta —norte exclusivamente— unos grados al oeste. No me importaba demasiado, pero habría preferido ir solo. Por nada en especial, pero solo. Volvía a estar acompañado. Unos desconocidos parecían preocuparse por mí, mas no quería ningún compromiso (por eso hube elegido la soledad del desierto) al menos por una temporada. En el fondo —empezaba a pensar—, aquello solo era un paso más en el estoico camino que me había propuesto. Si Alá, o quien fuera, me había previsto ese encuentro, tendría que aceptarlo. Lejano me parecía el tiempo transcurrido desde mis últimas percepciones, apenas unas horas antes. Ahora no podía disfrutar de aquel ensimismamiento; bastante espacio en mi mente ocupaba la visión de quienes me conducían a saber dónde.

De vez en cuando, el más joven disminuía su marcha para facilitar que me acercara. Me preguntaba algo mientras me tendía un odre con agua —por lo que fuera, su compañía había hecho que recobrara la sed—. Se lo aceptaba con una sonrisa y un intento de reverencia con la mano. Cuando se lo devolvía, daba un tirón de bridas y regresaba a la altura de quien supuse era su padre. Así continuamos varias horas, mientras también mitigaba el hambre tomando los dátiles secos que me ofrecían.

El sol había descendido hasta inundar de naranja el mar de dunas otra vez. Empecé a divisar una forma que rompía el horizonte, elevándolo. Hacia allí nos dirigíamos, sin duda. Era una formación rocosa, similar a la que abandoné por la mañana, y, como en ella, también se hallaba una cueva. Dentro de la cual dejaron sus bártulos: las monturas y algunos fardos. Los camellos quedaron agrupados en una suerte de cercado que formaban los peñascos anaranjados. Con un rudimentario encendedor de yesca prendieron en unas hierbas secas una pequeña llama que pronto alimentaron con ramas hasta convertirla en una hoguera digna. De uno de los fardos desenvolvieron un rollo que enseguida identifiqué: la alfombra de esa mañana. Junto a ella, colocaron dos cojines de cuero, apenas orondos. Me animaron a sentarme. Así lo hice y, por primera vez en semanas, pude aliviarme del frío que jamás sentí desde mi salida de Tombuctú. Experimenté extrañas sensaciones junto al fuego, como si a través de su ondulante llama fueran apareciendo recuerdos irreconocibles: imágenes recientes, pero que era incapaz de asociar sin esfuerzo a mi nueva situación. Revivía el inicio de mi marcha, tras un barullo del que salí por los pelos, entre gritos de vendedores de sal a quienes alguien les había tirado su cargamento en un dudoso accidente de coche. Aquello precipitó mi partida aquella misma noche. Sí, lo recordaba bien. Atrás quería dejar los largos años de miseria, hastiado como Sísifo, en un esfuerzo sin resultados, rodeado de esperanzas que siempre se truncaban.

Caída la noche, las chispas saltaban para hacer compañía a sus hermanas inmortales, las estrellas, en un oscuro y frío firmamento. Miraba a mis inesperados anfitriones y descubría en sus ojos una noche más cálida y acogedora. Rompieron el silencio nocturno para ofrecerme sus viandas: una especie de cecina, más dátiles y un delicioso queso de cabra. De un recipiente de vidrio verde me servían té ligeramente amargo, al que siempre acompañaba una sonrisa generosamente amplia. Al rostro del más joven solo le faltaban los surcos del otro para ser idénticos. Desconocía su edad, pero saltaba a la vista que ambos llevaban impreso el desierto en sus caras. Me permitían observarles en todo momento: en sus silenciosos movimientos y en sus conversaciones; no sé si ajenos o conscientes de mi presencia, aunque a veces zanjaban sus diálogos mirándome, como si esperasen mi aprobación. Me limitaba a sonreírles; no podía extraer más de sus palabras. Llegó un momento, sin embargo, en que empecé a adivinar rasgos de personalidad en cada uno: la mesura parecía emanar del más joven, quien a duras penas lograba intervenir de no ser por los pacientes silencios durante los que su mirada atravesaba la del otro. Noté que poco a poco las discusiones iban tensándoles la comisura de los labios. Más recuerdos, más imágenes del pasado: la primera discusión en mi memoria era la de mis padres, reprochándose uno y otro asuntos incomprensibles para mi tierna infancia; también desenterraba desencuentros que precedían a peleas entre algunos amigos del barrio por, quizá, unos cromos, y —¡cómo olvidar!— los choques ególatras de las interminables reuniones del claustro. Así fue como enseguida me empecé a sentir vacío: lleno de desesperanza.

En demasiadas ocasiones me había visto sumido en un mar de aguas turbulentas, pretendidamente dinamizadas por una u otra persona, pero realmente azarosas y caóticas. Se desempolvaba en mi memoria la gota que colmó mi paciencia: cuando el director vilipendiaba a mi compañera de nivel, Laura, una joven maestra en prácticas, ante un silencio cobarde del resto del claustro; y cuando Laura, lejos de callarse, insinuó un supuesto acoso sexual por parte de quien trataba de amedrentarla en ese momento. Fue un ataque sobre otro, a cara de perro. ¡Era tan desproporcionado todo! Conocíamos al director, un auténtico picha brava, pero, sin duda, un tipo listo y, hasta cierto punto, reflexivo. La velada acusación de Laura despertó la ira de otra compañera, Lidia. Todos sospechábamos que ella y José Luis, el director, eran amantes. Laura solo aludió a «una continua presencia en su aula», pero lo aderezó con una interpretación nada inocente: «que podía verse como una persecución o como un excesivo interés por algo más». Varios compañeros habíamos imaginado esa situación desde hacía meses, pero nuestra versión era bien distinta: estábamos convencidos de que aquel denodado interés no tenía que ver con ningún deseo carnal (al menos, no con Laura), sino con algunos privilegios en los horarios y con la exención de tareas para favorecer a Lidia; como todos los bienios, una presión al maestro recién admitido siempre lograba que este se implicara más que ninguno y que aceptara de buen grado ciertas responsabilidades. Laura, por supuesto, se estaba negando a eso, pero José Luis pretendía llevar hasta el final su intento por someterla. Una vez más sin elementos suficientes de juicio, pero con la constancia de varios años de que José Luis era un tirano, al día siguiente no quise despedirme de nadie más que de él —como ya expuse—. Y me fui para siempre. Así zanjé todos los encontronazos que había presenciado en toda mi vida.

Aunque en los últimos años había visto de todo, lo que vi al Sur del Sahara fueron conflictos que quise interiorizar, en mi cometido por comprometerme con la vida que había elegido tras mi marcha de Madrid. África formaba parte de mí.

Por eso comprendía a aquel par de beduinos, sin entenderles. Porque sabía que en algún instante se regalarían la mirada mágica de la aceptación. Como así fue, cuando apenas unos rescoldos anunciaban la inminente extinción de la hoguera. Justo cuando el más joven echó un par de tablas sacadas de los fardos junto a las monturas. Con el resurgir de la llama vino el resurgir del diálogo y una vez más respiré aliviado al transmutar la acepción de «echar más leña al fuego». Pues así creía que debía ser una relación: conflictiva y resolutiva; como aún creo que somos quienes formamos la tremenda tela humana. Sin tensiones adecuadas no habría tejido: con excesiva tensión se rasga, aunque se puede remendar, si bien no se puede obviar el remiendo cicatrizado, pero, en perspectiva, sigue habiendo tela; por el contrario, sin tensiones sería imposible tejer nada, ya que seríamos un amasijo de hilos sin sustento, a merced del viento de la Historia. Y así, padre e hijo, de pie, se miraban fijamente, a la distancia que les permitía apoyar la mano con el brazo extendido en el hombro del otro. En esa posición permanecieron unos minutos sin decirse nada, mientras rompían un silencio lleno de palabras que habían entendido sin comprenderse. En ese lapso sus miradas les retornaban a su condición humana y les hacían grandes. Finalmente, se abrazaron.

La noche se escondió cuando nos cobijamos en la pequeña cueva. Volví a dormir en la fantástica alfombra y ellos, en otras semejantes, de maravillosos dibujos.

Aún no supe si comerciaban con alfombras o con dromedarios. A la mañana siguiente volví a encontrarme solo. O eso creía, pues a la salida de la cueva me esperaba un dromedario. No había rastro de los tuaregs ni de sus pertenencias, salvo el dromedario y la alfombra. Sospeché que comprendieron mi objetivo de seguir solo y, en cierta medida, empecé a dar sentido a la discusión de la noche anterior: interpreté que habían estado discutiendo sobre mí.

Hoy he llegado a Argel, gracias al camélido y a las provisiones que portaba. Pasan ya dos días desde que viera por última vez a la pareja nómada. He viajado solo hasta aquí, donde el jaleo de la civilización me ha hecho aún más solitario. Y ahora por fin comprendo que no comerciaban con dromedarios ni alfombras, sino con historias. Yo soy una de esas historias, un hilo conductor que trata de permanecer en una tela humana.