‘The angels have the phone box’

El capítulo de ‘Doctor Who’ para los que no ven ‘Doctor Who’

La trama de la serie británica Doctor Who se desarrolla con las aventuras por el universo de un (a veces) encantador extraterrestre en su nave espacial, que también puede viajar en el tiempo, siempre acompañado de un compañero humano. El truco que ha permitido a la serie prolongarse de 1963 a 1989 y desde 2005 hasta hoy, es la cualidad de El Doctor de regenerarse en lugar de morir. Este mecanismo ha permitido que el personaje haya sido interpretado por doce actores, cada uno de los cuales encarna a un Doctor que comparte los rasgos generales, ya que sigue siendo la misma persona, pero que al «morir», una encarnación da lugar a otra con nuevos rasgos distintivos, creando una suerte de «temporadas» de un Doctor dentro de las temporadas del programa, identificándose cada uno con el número de orden en que aparece.

So… All of time and space. Everything that ever happened or ever will. Where do you want to start?

La primera emisión logró erigirse en ícono británico y referente de la ciencia ficción de la época, pero su vuelta en el año 2005 tuvo que hacerse un lugar en una generación radicalmente distinta a aquella que la ensalzó en su primera etapa. La esencia estaba, pero no con todo su potencial: la verdadera magia de Doctor Who tardaría unos cuantos capítulos en desarrollarse y por eso hay tantos casos de quienes la abandonan después de cuatro o cinco episodios. En mi caso, estuve a punto de hacerlo más de una vez, y considero que la segunda temporada y el comienzo del décimo doctor constituyen el punto de no retorno a partir del cual me convertí en fervorosa whovian.

«Blink» es el décimo capítulo de la tercer temporada (pese a que en el año 2005 la serie retomó la cronología donde había quedado en 1989, los números de temporadas se resetearon) y está escrita por Steven Moffat, quien —además de escribir algunos de los mejores episodios— eventualmente se haría cargo del show y luego crearía esa terrible belleza que es Sherlock, con Benedict Cumberbatch a cargo del clásico rol.

Después de un capítulo doble con una carga emocional enorme («Human Nature» / «The Family of Blood») y antes de los episodios finales en que se cierra el arco de la temporada, llega «Blink». Al igual que ocurre en otras temporadas, es uno de esos capítulos «distintos» con muy poca participación del Doctor y su acompañante, que desarrollan un papel secundario y dan el lugar necesario para una historia independiente, aunque con todos los ingredientes característicos del show: tiene todo lo que hace a Doctor Who lo que es y, sin embargo, no hay elementos de la trama principal que el espectador podría no entender. Es de esas historias que ocurren en el universo del Doctor, mientras el Doctor está ocupado en otra historia. Por supuesto, en cuanto corren los créditos finales ya se está deseando ver el próximo capítulo.

Blink, entonces. Pestañeo.

Decir que es una joya es caer en un lugar común, pero, por algo esos lugares se vuelven comunes. Hay que recordar que, en apenas 45 minutos, una historia es desarrolla con marco de tiempo y lugar dignos de una película, con personajes principales y secundarios sólidos, con un temible monstruo y héroes cotidianos pero fascinantes, un conflicto imposible y una ingeniosa resolución. El guión es impecable pero hay planos que son directamente geniales, la edición fluye y la música de Murray Gold es el latido que marca la vida de la historia.

El famoso «It was a dark and stormy night» bien podría caberle a la primera escena. Nos dice «sí, esta es una de esas historias», reforzado por unos carteles que advierten peligro y recomiendan alejarse de una misteriosa casa abandonada. Por supuesto, Sally Sparrow no va a dejarse amedrentar por una advertencia y entra sin titubeos a investigar y sacar fotos como si fuera cualquier paseo dominical. El misterio se plantea en forma inmediata: al rasgar el papel tapiz encuentra una advertencia para ella, escrita en 1969 por El Doctor.

Como todo héroe tiene su sidekick, Sally corre a la casa de Kathy, donde además de conocer a su hermano Larry, ve por primera vez unas extrañas grabaciones de un hombre hablando la solitaria mitad de un diálogo. Al día siguiente, cuando Sally y Kathy vuelven a la casa abandonada para investigar el extraño mensaje en la pared, algo más extraño aún sucede: un hombre golpea a la puerta con una carta para Sally, con instrucciones dadas muchos años atrás de traerla en ese preciso día y horario (cualquier parecido con Back to the future no es ninguna coincidencia). La carta es de Kathy, la misma Kathy que está en el cuarto de al lado, mirando la entrega a través de un espejo, y cuenta cómo estaba ahí minutos atrás, junto a Sally, para ser arrojada luego al año 1920, donde (¿cuándo?) continuó su vida y, ya en la vejez, le escribe esta carta a su amiga para que sepa la verdad detrás de su desaparición.

Y acá está. Con ustedes, viajes en el tiempo. Atravesando todas las historias de Doctor Who, las eternas paradojas temporales, los dolores de cabeza tratando de entender los bucles causales y los puntos fijos en la historia. Es hermoso, es complicado, y la mayor explicación que vamos a tener es que más que una progresión de causa y efecto, el tiempo es una gran bola de «wibbly wobbly timey wimey stuff». Créanme, tendrá sentido. Eventualmente.

People assume that time is a strict progression of cause to effect, but *actually* from a non-linear, non-subjective viewpoint — it’s more like a big ball of wibbly wobbly… time-y wimey… stuff.

La desaparición de Kathy tiene lugar en ese preciso momento, mientras Sally lo lee en una carta que Kathy escribió porque vio, previo a su desaparición, que escribiría una carta en su vejez para explicar su desaparición…

Sally corre a buscarla, creyendo que la carta es una broma, pero Kathy ya está viviendo en el año 1920. La razón: los Weeping Angels (ángeles llorones), unos monstruos con la apariencia de una estatua en forma de ángel que, al tocar a una persona, en lugar de matarla, la envían a un punto del pasado y se alimentan de la energía de todos los años que dejó sin vivir. Kathy encontró uno en la casa y terminó en el año 1920. Aprenderemos después que el Doctor también se encontró con uno que lo envió a 1969, desde donde está intentando volver, ya que si los Weeping Angels logran hacerse con la Tardis, la poderosísima nave del Doctor, las consecuencias serían catastróficas.

Conforme se va deshilando la trama, vemos a Sally unirse a Larry, el hermano de Kathy, y a un detective de la Policía, Billy Shipton, para resolver el misterio, vencer a los Weeping Angels y ayudar al Doctor a volver al presente.

Son muchas las virtudes de este episodio, que tiene una calificación de 9.8 sobre 10 en IMDb y ha ganado varios premios, entre ellos el prestigioso Hugo, y perdió el Nébula nada menos que ante El laberinto del fauno, de Guillermo Del Toro.

La construcción de los personajes en el brevísimo tiempo que aparecen en pantalla, es tan mérito del guión como de los actores. Sally Sparrow fue interpretada Carey Mulligan, segundos antes de su explosión de lleno en el corazón de Hollywood, donde va a dar contrapunto a artistas de la talla de Leonardo Di Caprio (El Gran Gatsby), Peter Sarsgaard (An Education) y Michael Fassbender (Shame), con un carisma y talento terribles, que hicieron desear a muchos una participación mayor de Sally Sparrow en el universo de Doctor Who.

Otro mérito es el monstruo de turno, los Weeping Angels. La usual muerte a manos de un villano de la TV suele ser rápida y definitiva. La de los Weeping Angels es lejana y dolorosa, arrancan a su víctima de su presente y le roban el futuro, los dejan varados en un pasado ajeno, sufriendo por lo que abandonaron o, mejor dicho, abandonarán. «Fascinating race, the Weeping Angels. The only psychopaths in the universe to kill you nicely», explica el Doctor.

Pero, además, el monstruo trasciende la mera pantalla del televisor: aprendemos que los Weeping Angels lucen como muchísimas estatuas que acostumbramos ver. Y sí, pese a la debida suspensión de la incredulidad, sabemos que las estatuas no se mueven, ahí viene Moffat a decirnos que estas en particular tienen un entrelazamiento cuántico, un término que asusta de entrada pero infinitamente interesante, relacionado con la consabida paradoja de Zenón y la flecha: si son observadas, son inertes, pero en cuanto nadie las mira, cobran vida y vienen por nosotros. Y basta con no mirarlas durante un segundo, durante un… pestañeo.

Para saber cómo sigue esta historia, hay que ver Blink. Hay que acompañar a Sally Sparrow en su lucha contra los Weeping Angels. Y el que acepte la invitación a ver Doctor Who (que en el 2017 estrena su décima temporada), aceptará la invitación a un viaje asombroso que, por momentos, nos hará olvidarnos del destino y disfrutar la travesía. Incluso cuando ya no estemos hablando de un programa de televisión.