La nueva edad para jubilarse son los treinta

El rostro cambiante del trabajo

Mientras crecías, y suponiendo que provienes de un hogar decente, probablemente hayas visto a diario a tus padres salir despavoridos hacia su lugar de trabajo, para así poder poner comida en la mesa, ropa en tus espaldas y un techo sobre tu cabeza. O alguna variante de ese tipo.

Pero probablemente nunca sentiste como si tus padres estuvieran atrapados en un malestar existencial, anhelando huir para poder encontrarse a sí mismos. No fueron afectados por la enfermedad del “¿por qué yo?” que ahora parecen sufrir todos los sub-30.

Eso es porque en ese entonces las cosas eran diferentes. Los baby-boomers se emanciparon en el momento en que la idea de tener un trabajo se convirtió en un gran problema. Se mantuvieron contratados en sus empresas durante largos períodos de tiempo. A finales de los años 90, la economía estaba en alza y las empresas se hicieron cargo de sus empleados. Tener una carrera significaba tener la vaca atada.

Pero en los últimos veinte años todo ha cambiado. A los jóvenes de hoy no se les enseña a encontrar carreras. Se les enseña a encontrar sus “pasiones”. Luego se los alienta a perseguirlas.

El problema es que el mundo no está al servicio de los caprichos de cualquiera — en realidad no le importa una mierda tu pasión— porque necesita gente que haga cosas normales como recolectar residuos, patrullar las calles, apagar incendios y procesar aplicaciones en el DMV.

Lo cual se hace difícil. Hasta tortuoso. Aquí estabas, te habían dicho que eras fantástico y que no tendrías por qué conformarte con una vida mediocre, pero es todo lo que pudiste conseguir. Apesta.

Años atrás, cuando alguien era un ‘creativo’, esa persona despegaba en su propio espacio. Si tenía éxito, si había “llegado”, puede que te enteraras de ello por el boca a boca. O tal vez por haberlo visto en la televisión o en una revista.

Pero esta gente no estaba constantemente publicando en su perfil de Facebook, o en su Twitter, lo maravillosamente genial que es su vida. No andaban mostrando digitalmente lo que sea en que estuvieran trabajando mientras tú, sentado en tu modesto cubículo, estás sintiéndote un fracasado.

La observación de la vida ajena se ha convertido en un trabajo de tiempo completo en sí mismo — mirando la página de LinkedIn, el Facebook o la Wikipedia de otros— y ahora frecuentemente nos juzgamos a nosotros mismos por lo que no hicimos, en lugar de por lo que sí tenemos.

Y así, para cuando cumplamos 30 años, si no hicimos X, Y o Z, nos sentiremos incompletos. Pareciera que hay tanta vida allá afuera, digna de ser vivida, que somos atraídos hacia eso... vaya uno a saber qué sea ‘eso’.

El mito del espíritu emprendedor tampoco ayuda. La fantasía estadounidense de que tú también puedes convertir tus sueños en realidad y que lo único que tienes que hacer es intentarlo.

Pero eso no es la realidad. La realidad es que las cuentas necesitan ser pagadas, que la vida tiene que ser vivida, y que no importa lo que estés haciendo en el momento, nunca te das un respiro. Tus padres dejaban la oficina a las 5 de la tarde y su trabajo terminaba ahí. No recomenzaba sino hasta la mañana siguiente.

Hoy en día, casi se da por sentado que adoras eso a lo que te dedicas. De lo contrario, no estarías respondiendo e-mails a media noche y durmiendo con el teléfono en la cama.

Así que a medida que creces y pasas varios años enchufado a esta matrix donde todo es trabajo, trabajo, trabajo— allí donde tu mente nunca puede desconectarse — envejeces por demás. Tal vez no en años físicos, como si tuvieras 60. Pero tienes 30 y de alguna manera ya conseguiste exprimir el doble de trabajo en ese lapso de tiempo.

Eres anciano. Mentalmente.

Tus padres no tuvieron que lidiar con este tipo de cosas. Quédate tranquilo, ellos tenían sueños y metas igual que tú. Pero fueron capaces de dedicar algunas horas del fin de semana o de la noche para recrear sus intereses personales. Y en el medio no estuvieron respondiendo correos electrónicos.

Ciertamente no eran seres inertes, espiando lo que sus ex-compañeros de la secundaria están haciendo y en el proceso sintiéndose como la mierda. Diablos, probablemente tenían que ir a su oficina sólo para poder usar una computadora.

Así que estar desconcertado y querer más de la vida no es un problema de los millenial o de los hipsters o de ‘cual sea la palabra nueva que los marketineros están usando para describir a los jóvenes’. Es, en realidad, un problema de estar ‘enchufado’ todo el tiempo y de nunca tener la libertad de apagarse.

Porque la sociedad tiene un problema con el ocio. La idea de sentarse a remolonear no suena atractiva. Los ganadores nunca se rinden. O te endureces o te vas a tu casa. Siempre hay que estar cerrando trato. O alguna mierda de esas.

Da igual.

Necesitas un descanso. Simplemente jubílate. Y luego comienza con algo nuevo. Puede que falles. Pero de última, tú mismo te lo agradecerás después.


Escucha y descarga esta publicación AQUÍ


Paul Cantor es un escritor, editor y productor de música con sede en Nueva York. Anteriormente editor en AOL Music, sus escritos han aparecido en la revista Rolling Stone, MTV News, VICE y Billboard, entre otros medios. A lo largo de sus 10 años de carrera, ha escrito/producido álbumes para docenas de artistas y proporcionado servicios creativos para marcas como Disney, CW Network, Verizon, Converse y HBO. Sus narraciones han sido escogidas por medios de la talla de CNN y Al Jazeera, y una selección de su trabajo más reciente se puede encontrar AQUÍ.

Sigue a Medium Español en Twitter | Facebook | RSS | Página principal