Thor

Me mira de nuevo. Ya no como antes. Pero sí como siempre. Sus ojos hablaron por él. Dijeron lo que nunca entendí en sus ladridos. Explicaron lo que toda la vida intenté descifrar en sus lamentos. Lo vi y lo supe. Más bien, me vio y me lo dijo. Decidió su hora de morir.

Extendí la espera lo más que pude. Pero la insensatez un día se termina. Primero me dije que lo haría cuando ya no pudiera levantarse. Pronto descubrí que caminar o no es una cuestión subjetiva para los insensatos. Entonces le ayudaba a ponerse en pie. Duraba poco, pero caminaba. Me consta que caminaba. Daba uno, dos, tres y hasta cinco pasos. Un equilibrista sobre una cuerda. Sus patas se tambaleaban. Su columna se arqueaba. Pero él andaba hasta volver a derrumbarse. Como un halterófilo que sólo espera que suene la chicharra para que su levantamiento sea válido. La chicharra era yo. Un juez. Un engaño cada vez. Una mentira. Un alivio.

Hasta hace unos meses sus pisadas me desesperaban. Pasaba noches en vela. Sus pasos martilleaban el piso. A veces me enojaba con él. No entendía lo que quería. Le servía agua pensando que tenía sed. Le acercaba la comida para que él no tuviera que andar. Contemplé dormirme con audífonos. Que la música me aislara. Pero decidí que era una cobardía. Debía escuchar su insomnio. Acompañarlo en sus largas noches. En el dolor del que no concilia el sueño o en el noble plan de vivir con pesadez para que el tiempo pase más lento. Otra manera de jugar con el reloj.

Acabé extrañando sus pasos. Su dolor se hizo más obvio. Más expresivo. Dejó de hablar con las patas para manifestarse por el hocico. Ya no aparecía para darme la bienvenida. Me costaba encontrarlo en mi departamento de ochenta y cinco metros cuadrados. Se hizo difícil lo fácil. Nala, la que llegó siendo cachorra cuando él ya era adulto y acabó haciéndose vieja junto a él, lo buscaba. Olfateaba y me indicaba dónde estaba. ¿Dónde está Thor?, le preguntaba. Ella hacía una mueca de duda. Se olvidaba de mí para concentrarse en él hasta que finalmente lo encontraba. A veces era peor. Los quejidos eran mi guía. Pero en ocasiones se iban a dormir para que descansara él. Y sobre todo yo.

En las últimas treinta y seis horas no hubo tregua. Fue una guerra sin movimiento. Él no podía más. Por la mañana del día uno de dos, le acerqué su agua y comida. Bebió y comió. Hice sonar la chicharra. Quería seguir viviendo. La noche llegó con él en el mismo lugar en que lo había dejado. A un lado del mueble de la televisión. En una esquina solitaria. Durmió a un lado de mi cama. Lo cambié de lugar para estar cerca de él. Y para engañarme con su movimiento forzado. Le improvisé una cama. Le di agua y comida. Bebió, pero no comió. Lo acaricié. Será mañana, me dije esperando que en ese misterioso entendimiento entre perro y humano, él comprendiera la súplica detrás de mi mensaje. Se quejó poco, pero respiró con un silbido que hoy asocio a los moribundos. Se lo escuché a mi madre y se lo escuché a mi perro. A los dos antes de morir.

No comió en la mañana del día dos. Tampoco bebió agua. La chicharra no sonó. Volví a torcer las reglas. Ya otras veces había pensado que no había vuelta atrás. Y al volver, lo encontraba más vivo que antes. Pero esta vez no. Lo escuché al subir al elevador que me lleva al cuarto piso en que vivo. La última con él esperándome en casa. Me acosté un rato con él. Él sobre mi panza. Tranquilo, sin quejarse. Su último momento de paz antes de la verdadera paz. Después le improvisé de nuevo la cama a mi lado. Apagué la luz. Intenté dormir. No pudo y no pude. No paró de quejarse. De lanzar lamentos, pero también de ladrar como pidiendo ayuda. En sus últimos momentos volvió a expresarse como perro. Como cuando quería que le compartiera mis tacos al pastor o como esa vez que después de advertirme con un ladrido volcó una sopa de lentejas encima de él mientras abría la boca para recibir todo lo que pudiera.

Le escribí a mi tía. Le pedí que pasara por mí para llevarlo a dormir. A descansar. O a morir. Lo tapé con una cobija. Hacía frío. Él respiraba con el silbido que representa muerte. Lo acomodé de lado. Acostado en mis piernas. Pensé en dar marcha atrás. En dejar que viviera aunque fuera sólo para sufrir. Él volteó la cabeza. La giró para encontrarse conmigo. No en la insinuación del perfil. De frente para decírnoslo todo. Vi sus ojos cristalinos. Su cara que ahora se me presentaba como una secuencia de los momentos que pasamos juntos. Cuando llegó recién nacido en una caja de zapatos, cuando me exigía salir a pasear, cuando me ladraba para que le diera los restos de una gelatina, cuando me pedía lechuga como si fuera vegetariano, cuando me consoló por la muerte de mi madre, de mi abuela y por todas las tristezas que por veintiún años viví junto a él. Y también cuando se despedía, cuando me pidió que no diera marcha atrás, que olvidara la chicharra y los pretextos para no dejarlo ir.

Lo vi cerrar los ojos. Lo vi descansar. Sé que lo necesitaba. Lo acaricié vivo y muerto. Lo abracé vivo y muerto. Días después volvió a casa. Ya no escucho sus ladridos ni sus pisadas. La chicharra sirve para un carajo. Pero escribo esto mientras me mira con ese copete que tantas veces le entorpecía la vista. Lo veo de pie. Con la cola en movimiento. Esa foto enmarcada que hoy es lo que me queda de él se la tomé un día que llegué a casa. Le pedí a mi tía que la enmarcara, que la pusiera junto a sus cenizas, que también están conmigo. Y entiendo que él me sigue ayudando. Está conmigo. Juro que si cierro los ojos y toco esa fotografía o la urna en que ahora vive, vuelvo a sentir su presencia. Thor me mira de nuevo. Ya no como antes. Pero sí como siempre. Si la vida no nos separó, tampoco la muerte.

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