Tienes 16 años. Eres un pedófilo. No quieres hacerle daño a nadie. ¿Qué puedes hacer ahora?

No existen líneas telefónicas de ayuda para pedófilos que desean recibir tratamiento antes de actuar. Por eso, un adolescente con un terrible secreto tuvo que encontrar su propio camino para salvarse a sí mismo y a otros como él.

Por Luke Malone
Ilustraciones de Simon Prades


Adam estaba en su escritorio en el dormitorio del segundo piso de la casa suburbana de sus padres cuando lo encontró. Hacía poco había empezado a usar un programa de descargas que ofrecía más contenidos y una navegación más rápida, y sus hábitos de descarga habían incrementado proporcionalmente. Ahora había un flujo constante de archivos cuyos nombres incluían siglas como PDPA, o porno duro preadolescente.

El niño en este video era rubio y parecía tener un año y medio; su cuerpo, pequeño y desnudo, estaba atado para impedir que se moviera. El torso de un hombre entró en el fotograma y el niño empezó a llorar. A medida que se desarrollaba la escena, Adam quedó paralizado, y seguidamente se le revolvió el estómago. Inmediatamente paró el vídeo. No había visto nada igual en los dos años que llevaba viendo pornografía infantil. Hasta ahora, todo lo que había visto sugería que los niños lo disfrutaban, pero estaba claro que este bebé estaba sufriendo.

Se movíó a la cama, una cama gemela con una cuja recia de madera, y se estiró sobre las sábanas arrugadas con estampado de nubes de color azul y blanco. Tenía colgados en las paredes algunos pósteres de distintos grupos musicales. Justo al frente de los pies de la cama había un estante con una impresionante colección de novelas de terror. Sobre la estantería estaban colocados varios trofeos de ajedrez y béisbol cuyo brillo plateado había palidecido a causa del polvo; los miraba fijamente mientras intentaba procesar lo que acababa de ver. Más tarde me comentó que había sentido una combinación de rabia, tristeza y confusión.

Ver a aquel bebé atado y dolorido confirmó lo que había sospechado desde hacía tiempo, pero que ahora tenía que reconocer. El hombre en el video era uno de esos hombres de los que a veces se hablaba en los noticieros. Aunque Adam no quería hacerle daño a nadie, sabía que, en cierta medida, era igual que él. Tenía dieciséis años, era un pedófilo y tenía que hacer algo al respecto.

Tenemos varios arquetipos recurrentes en cuanto a la pedofilia: Está el acechador de parques infantiles, el depredador de salas de chat y la monstruosa (a menudo religiosa) figura autoritaria. Estos hombres normalmente son delincuentes sexuales en serie, impenitentes, de mediana edad, capturados solo tras pasar desapercibidos durante años. Pero, ¿qué ocurrió en decenios anteriores? ¿Cuándo empiezan a manifestarse estos deseos?

El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales define al pedófilo como un individuo que «durante un periodo de al menos seis meses» tiene «fantasías, deseos sexuales o comportamientos recurrentes, con excitación sexual intensa, que implican actividades sexuales con uno o más niños preadolescentes». La persona también debe «haber actuado con respecto a estos deseos sexuales, o estos deseos o fantasías sexuales deben haber causado angustia o dificultad interpersonal», y deben tener «al menos dieciséis años de edad y ser al menos cinco años mayores que el niño o los niños» involucrados.

Los hechos observados sugieren que la mayoría de pedófilos notan por primera vez una atracción hacia los niños cuando tienen entre once y dieciséis años, de una forma similar a cualquier otro despertar sexual. Puede ser un momento confuso para cualquiera, pero imagínate descubrir que te sientes atraído a niños pequeños. ¿Cómo pueden estos jóvenes (chicos y chicas) afrontar este problema sin posibles modelos a seguir o una red de soporte? No existe un «Todo va a estar bien» para los pedófilos. ¿Están todos condenados a acabar como pederastas?, ¿O es posible que vivan una vida sin hacerles daño a los niños?

He hablado con expertos y he preguntado en línea. Encontré un sitio web para pedófilos autodenominados que reconocen su enfermedad y quieren ayuda para tratarla. Pero los hombres con los que hablé tenían entre cincuenta y sesenta años, y esperaba poder hablar con alguien más jóven, alguien que aún estuviera empezando a aceptar lo que había descubierto sobre sí mismo. Les pregunté si conocían a alguien así, y unas semanas más tarde, recibí un correo electrónico.

«Mi nombre es Adam», dijo. «Tengo dieciocho años y me siento atraído a chicos y chicas de todas las edades (especialmente aquellos muy jóvenes). Soy el líder de un grupo de apoyo para pedófilos (que no han cometido delito alguno) de mi edad… Sería un placer hablar contigo».

Adam tiene ahora 20 años (su nombre, como el de otros jóvenes que aparecen en este artículo, se ha cambiado). Tiene una constitución rolliza y cabello castaño alborotado. La primera vez que hablamos a fondo sobre sus atracciones, estábamos sentados en su antiguo y destartalado coche, en el terreno de un parque cerca de la casa que comparte con sus padres y dos hermanos mayores. Aquel se había convertido en nuestro lugar de encuentro regular. Afuera del coche, los lugareños hablaban entre ellos mientras montaban sus labradores y weimaraners en la parte trasera de sus todoterrenos; dos niños jugaban con la tierra alrededor nuestro hasta que sus padres les dijeron que pararan.

Al hablar de sus deseos pedófilos, Adam rehusaba mirarme a los ojos, aunque a veces miraba de reojo cuando creía que no lo estaba mirando. Notó por primera vez una atracción hacia niños pequeños cuando tenía once años. Se había enamorado de un niño de preescolar de su escuela, y su deseo alimentaba miradas furtivas y breves por los pasillos. Para cuando alcanzó los dieciséis, su interés sexual en los niños estaba más definido. Se veía atraído principalmente a niños entre tres y siete años y niñas entre cinco y ocho.

Cuando lo presioné para que me dijera qué era lo que le atraía de los niños, empezó a moverse de forma nerviosa en el coche y finalmente dijo: «Cuerpo pequeño, piernas sin pelo, ya sabes, cosas así… genitales pequeños». Pero existe una atracción emocional muy fuerte, una idea muy intensa de inocencia que, según me explicaba, era mucho más embriagadora que la anatomía. «Muchos de nosotros solemos tener, yo creo, una visión de los niños poco realista», señaló. «Hasta el punto en que los vemos como ángeles». Esta pureza, me contaba, es lo que alimenta su deseo de actuar con respecto a estos deseos. «Veo una cierta inocencia en los niños que sería violada», dijo.

Es por eso por lo que el vídeo del bebé, a diferencia de todo lo que había visto, lo había inquietado. No se podía negar que lo que le estaban haciendo al bebé era inmoral. Aquel bebé atado gemía mientras el hombre defecaba sobre él, aunque su llanto fue rápidamente sustituido por sonidos de atragantamiento cuando su agresor empezó a orinar en su boca. «Quería meterme en la pantalla del computador y matar al tipo», reveló Adam. «Me sentía horrorizado por lo que había visto».

Le pregunté qué había ocurrido en los días y semanas tras ver el vídeo, y admitió que no dejó de descargar pornografía infantil enseguida. Intentó abstenerse todo lo posible, a veces durante semanas, pero al final acababa frente al computador. Exploró por Internet intentando buscar una forma de romper su «adicción» a la pornografía y tratar su atracción a los niños, y acabó encontrando un foro de salud mental general. El sitio indicaba que los visitantes nuevos debían ofrecer un mensaje introductorio. «Sé que los pedófilos no eligen ser pedófilos», escribió. «Yo no quería esta atracción. Yo no quiero esta atracción. Pero la atracción existe, y lo único que puedo hacer es contenerla».

En vez de colgarlo directamente, se fue a la cama y se masturbó con pornografía infantil. «En verdad me sentí bien al hacerlo porque razoné que estaba dando el primer paso para pedir ayuda», dijo. «Supongo que es igual para un drogadicto que se apunta a rehabilitación y consume droga por última vez antes de empezar». Lo publicó la mañana siguiente.

Las respuestas a su entrada fueron variadas. Algunos de los que respondieron estaban intentando superar sus propios problemas de abuso, y no eran capaces de tolerar la idea de ayudar a un pedófilo confeso. Pero finalmente aparecieron dos chicas supervivientes de abuso sexual, convencidas de que a su edad aún era posible cambiar. Adam cree que una de ellas había sufrido un abuso particularmente brutal, un abuso que había sido filmado, y sus conversaciones sobre la maldad de la pornografía infantil a menudo despertaban algunos de sus traumas pasados. «Se preocupaba por mí», dijo. «Pero me había dejado claro que creía que yo merecería cualquier pena que la ley decidiera impartir si me atrapaban con pornografía infantil».

Más de una vez se había quedado con él hasta la madrugada, distrayéndolo de la pornografía hasta que se sentía tan cansado que se iba a dormir.

Pero claro, sus hábitos pornográficos eran meramente los síntomas de un problema mayor. Me decía que le había llevado mucho tiempo aceptar que su deseo por niños pequeños no iba a desaparecer simplemente porque había dejado de descargar y ver videos, y empezó a sentirse desesperanzado intentando reprimir esas sensaciones. «Me sentí pasivamente suicida durante mucho tiempo. Estuve seis meses sin buscar ayuda real aparte de Internet», señaló.

Una noche, cuando su padre no estaba en casa, Adam entró en la habitación de sus padres y le dio una nota a su madre, quien estaba acostada en la cama. «Lee esto», le dijo. Paula (cuyo nombre también hemos cambiado) lo miró y abrió la boca para empezar a hablar, pero lo repensó cuando vio la expresión en la cara de su hijo. Él salió de la habitación y ella se quedó mirando la carta durante unos instantes, dándole vueltas en las manos. Se levantó y caminó por el pasillo hasta la habitación de Adam, y lo encontró hecho un ovillo en la cama, de espaldas a la puerta. Ella lo llamó, pero él le hizo ver que ya estaba dormido.

Sin saber qué hacer, ella volvió a la habitación y abrió la nota. Cuando Adam me envió una copia años más tarde, me dijo que no era capaz de leer más allá de unas cuantas líneas; la herida en su memoria aún era reciente.

«Querida mamá:

»Te escribo esta carta ya que no soy capaz de decirte lo que necesito decirte en persona. Sería demasiado doloroso para mí, y no quiero que me veas llorar y sufrir, ni tampoco quiero que tú te sientas mal al verme… Últimamente, apenas me siento feliz, y rara vez pasan días en los que me siento completamente feliz… Siempre me acecha la sombra de unos sentimientos de depresión, culpa y remordimiento. Estoy más que harto de esconder estos sentimientos… Quiero que me dejes ir a ver a un psicólogo, y tanto por tu privacidad y la mía, no quiero que tú lo/la conozcas… Entiendo que probablemente tienes muchas preguntas, pero necesito tiempo para ordenar las cosas en mi mente. Te agradezco de antemano mi privacidad. Con amor, Adam».

Él no le explicó el origen de su depresión y su madre decidió no preguntárselo. La mañana siguiente, cuando estaban a solas, ella le dijo que le encontraría un terapeuta local al que podría ir con su seguro médico.

Era un viernes por la mañana cuando Adam fue a verla. Mientras estaba sentado con su madre en la sala de espera, la realidad de lo que iba a hacer de repente inundó su mente. Se sintió abrumado. Estaba a punto de expresar en voz alta un secreto que previamente solo había admitido a extraños por internet.

Le llamaron para que entrara en la oficina, su corazón palpitaba cuando cruzó el umbral de la puerta. Ella la cerró tras él, le ofreció que se sentara, y empezó la sesión con preguntas familiares para cualquiera que haya recibido terapia, «historial familiar, cuántos hermanos tienes», ese tipo de cosas. Ella garabateaba sus respuestas en un bloc de notas, y luego le preguntó por qué había venido a verla. Adam nunca había sentido tal pavor en toda su vida. Su cuerpo empezó a temblar cuando le explicó que padecía ansiedad. Ella le preguntó qué era lo que le producía la ansiedad y él impulsivamente lo confesó: «Soy un pedófilo y soy adicto a pornografía infantil».

Ella parpadeó por un momento y entonces le pidió que lo repitiera. Cuando lo hizo, su estado de ánimo cambió. «De golpe se volvió muy fría y dura», dijo. «Incluso, en varias ocasiones, hasta el punto de gritar». Ella sugirió que simplemente él se sentía nervioso con otros chicos y chicas de su edad; una reacción que al parecer es bastante común en terapeutas con poca experiencia en este campo. Le dijo que no estaba preparada para tratar con la situación, pero que pediría información para ayudarlo y programó una segunda sesión para verlo en un par de semanas.

Le pregunté a Adam por qué aceptó verla otra vez, y me dijo que porque sentía que no tenía alternativa: «No tenía otra opción, ¿sabes?» Al poco tiempo estaba de vuelta en la sala de espera con su madre. «Entro, me pregunta como estoy, y parece un poco más empática», dijo. «Pero rápidamente me dice, “No puedo hacer esto. Se lo tengo que decir a tu madre”».

Actualmente no existe mecanismo alguno para tratar a alguien con deseos pedófilos que no haya actuado sobre ellos. Una de las limitaciones es la existencia de leyes de reporte obligatorio, las cuales dictan que las personas que desempeñan ciertas profesiones deben reportar sus sospechas de abuso y negligencia infantil a los Servicios de Protección al Menor. (Los individuos obligados a reportar son distintos según el estado, estos pueden incluir a todos los ciudadanos, pero normalmente está limitado a aquellos cuyo trabajo los pone en contacto regular con niños, como profesores, policías y psicólogos).

El reporte obligatorio ha revolucionado la forma en que se gestiona el abuso de menores en los EE. UU., y ha sido la razón de que muchos incidentes hayan salido a la luz, pero puede ser problemático para jóvenes como Adam que no han abusado de niños. La responsabilidad civil y criminal a la que se enfrentan aquellos que no reportan a aquellos que abusan de niños, combinada con el hecho de que solo necesita basarse en sospecha y no motivo fundado, significa que se puede desencadenar un reporte cuando un individuo con buenas intenciones solicita ayuda. He hablado con una enorme cantidad de hombres que se ven a atraídos a menores y todos confirman que esto tiene un enorme efecto disuasorio. Lo cual hace que resulte aún más difícil aprender más sobre ellos.

Hay muchas cosas que aún no sabemos sobre la pedofilia; uno de los investigadores describía nuestro entendimiento en el campo como una serie de «grandes agujeros negros». Por ejemplo, no sabemos cómo puede ser que alguien desarrolle una atracción hacia niños preadolescentes en primer lugar. Los estudios que sí tenemos, y estos derivan de tamaños de muestra muy pequeños, sugieren que los individuos atraídos a niños suelen ser más bajos, zurdos y suelen tener un coeficiente intelectual más bajo que la media. Otro estudio afirmó que perder la conciencia antes de los trece años puede ser un factor. Esto puede que suene a curandería, pero apunta a una causa biológica. En otras palabras, es posible que los pedófilos nazcan de esta forma.

Todo parece un poco más claro en cuestión de números. Los estudios sugieren que un nueve por ciento de los hombres ha tenido fantasías sexuales con niños preadolescentes, y un tres por ciento de los hombres ha llegado a cometer delitos sexuales. (No todos encajan en los criterios de diagnóstico de pedofilia. Estos últimos incluyen los delincuentes de situación, hombres que abusan de niños si se presenta la oportunidad pero que no tienen una atracción preexistente hacia los niños). Michael Seto, director de la Unidad de Investigación Forense de la Universidad de Ottawa y editor adjunto de Abuso sexual: Una revista de investigación y tratamiento, cree que el predominio de hombres pedófilos queda cerca del uno por ciento de la población, lo cual equivaldría a 1,2 millones solo en los EE. UU. (Las mujeres pedófilas también existen pero en menor cantidad).

La distinción entre fantasías y comportamiento es muy importante. Al no reconocer la existencia de pedófilos que deciden no actuar con base a sus deseos, no solo les impide buscar ayuda, sino que también es un obstáculo para ganar apoyo en una intervención terapéutica. Seto me decía que existen pruebas que sugieren que una cantidad considerable de hombres se sienten atraídos sexualmente a niños y que sufren, a menudo en silencio, para mantener esos deseos reprimidos. «Si hicieras una encuesta al público en general ―decía Seto―, creo que se podría demostrar que la mayoría de personas asume que alguien que siente una atracción hacia los niños ha actuado sobre ese deseo».

«Recuerdo que lo primero que la terapeuta dijo fue “Tenemos un problema”», dijo Paula, la madre de Adam. Ella supo que ocurría algo desde el primer momento en que entró en la habitación. Vio a su hijo con la mirada en el suelo, «sin hablar… casi sin respirar, apenas se movía, aparte de temblar». Y entonces la terapeuta me dijo por qué me había llamado.

«Estaba muy, muy sorprendida. Creía que íbamos a hablar de depresión. Ni se me había pasado por la cabeza que esto pudiera ser parte del problema», dijo. «De pronto pensé que quizás alguien había abusado de él. ¿Cómo podía haber ocurrido esto si no? ¿Cómo se le podía haber ocurrido pensar en estas cosas si nadie había abusado de él?»

Pero aunque el abuso es un factor de riesgo para la perpetración, no ha sido demostrado, y la mayoría de niños abusados no se convierten en pederastas. Paula le cree a su hijo cuando este le dice que no es el caso. «¿Si ya había confesado que veía pornografía infantil, por qué no iba a confesar el otro componente?», explicó. «Yo creo que hubiera sido más fácil para él, desde su posición, decir que algo le había ocurrido y que ahora era una víctima».

Paula no le ha contado a nadie lo que sabe sobre su hijo; ni a un amigo, ni a su propia terapeuta, ni a su marido. Nuestras conversaciones son las primeras que ha tenido sobre el tema desde que se enteró. «Nadie», decía con una risa melancólica, cuando le pregunté a quién recurre para pedir apoyo. «Estoy segura de que su padre no hubiera, no creo que hubiera, actuado de la misma forma que yo lo hice. Él es mucho más reactivo emocionalmente».

Pero eso no significa que ella no ha pensado en el tema. Me sorprendió lo ansiosa que estaba al hablar sobre Adam y lo directas que eran sus palabras. De hecho, parecía que comentar la atracción de su hijo hacia los niños le proporcionaba cierto alivio. «Es algo de lo que soy consciente cuando me voy a dormir y cuando me levanto», señaló. «Siempre lo llevo en la mente».

Paula sale adelante gracias a su pragmatismo. Ayudó a su hijo a encontrar un terapeuta nuevo, uno mejor equipado para ayudarle a tratar su atracción. Y cuando el nuevo terapeuta sugirió que eliminase toda la información en los dos computadores que usaba para acceder a pornografía infantil, para reducir la tentación y las posibles ramificaciones legales, fue ella quien tomó la iniciativa. «Adam me dijo que la única forma de hacerlo sería reemplazar los discos duros, ya que al escribir sobre ellos o simplemente eliminar la información no te deshaces realmente de esta; aún estaría contenida en ellos, aún estaría ahí», decía, añadiendo que destruyeron los originales. «No quería que hubiera riesgo alguno para él, y sentía que lo adecuado era deshacernos de todo ello inmediatamente».

Su temor a las posibles repercusiones no era desproporcionado de ninguna manera. La posesión de pornografía infantil acarrea penas bajo las leyes federales y estatales. Estas penas pueden ser tan severas que aquellos a los que se les descubre pornografía infantil pueden recibir condenas mayores que aquellos condenados por abuso infantil. Dado que los videos descargados incluían niños menores de doce años, un delincuente con su primera ofensa como Adam podría haber sido multado cien mil dólares y haber recibido una condena de hasta veinte años en la cárcel; el término máximo puede aumentar a cuarenta años para aquellos con condenas previas.

Paula decía que su mayor miedo era que algún día pudiera volver a la pornografía infantil, pero, tras apremiarla un poco, reconoció un miedo aún mayor. «Sé que ha tenido pensamientos, sé que ha tenido deseos… Sé que cuando las personas tienen deseos y pensamientos, estos a veces pueden evolucionar en forma de acciones, y por supuesto me preocupa que esto pueda ocurrir», dijo. «No quiero que haya ninguna víctima. Me refiero a que todos los niños son muy importantes. Mi hijo es importante para mí, y me sentiría aterrorizada si alguien abusara de él y me sentiría aterrorizada si él abusara de alguien, por lo que en esta situación nadie sale ganando».

Ni ella ni su hijo habían hablado directamente sobre aquel día en la oficina de la terapeuta, y, menos aún, del problema por años subyacente. Solo hablaron sobre ello recientemente cuando persuadí a Adam para que le preguntase si querría hablar conmigo. Esto ha obligado a Paula a aceptar algunas cosas que hasta ahora había sido capaz de ignorar. Él le dijo a ella que se identifica como pedófilo y que «cree que esto va a ser una lucha muy larga que durará toda su vida». Fue algo difícil de escuchar, pero importante. Sin embargo, ella sigue teniendo esperanza para su futuro.

«El mejor de los casos sería que esto no hubiera ocurrido y que esto nunca le pudiera ocurrir a mi hijo o al hijo de cualquier otra persona, pero esa burbuja ya ha reventado, y a veces cosas malas le ocurren a gente buena y a hijos buenos y madres buenas», explicó. «La siguiente mejor opción sería ser capaz de vivir con esta carga y llevar una vida normal, feliz y productiva… Quiero que sea feliz, no que se sienta deprimido por este problema, y que sea capaz de cumplir todos sus sueños que ya existían previamente y que deberían seguir siendo posibles para él, incluso si vive con este problema».

El nuevo terapeuta de Adam le recetó Zoloft y le enseñó a resistir los deseos de identificarse con los pederastas que salían por los medios de comunicación. «Todo se resumía en “Soy un monstruo” por haber visto todas esas cosas pero también por tener esas atracciones. Lo que oyes en los medios o por internet y la forma en la que la gente habla… todo eso pasa factura, ¿sabes? Ni te lo preguntas. Simplemente es un hecho».

Pero su sensación de aislamiento social no podía remediarse tan fácilmente, y sus pensamientos sobre niños pequeños eran tan intensos como siempre. Había mantenido una presencia activa en los foros de salud mental, pero la mayoría de los miembros eran supervivientes de abuso, personas con depresión o alcohólicos; nadie que realmente pudiera entender lo que él sentía todos los días. Un día escribió en Google las palabras «pedófilo jóven», y la primera entrada en aparecer fue su entrada original en el foro de salud mental. Pero al mirar los resultados debajo encontró entradas similares en otros foros, algunos con títulos como Soy un jóven pedófilo y necesito ayuda y ¿Cómo puedo conseguir terapia gratuita? Soy un adolescente pedófilo. Desesperado por encontrar gente con quien poder entenderse, empezó a comunicarse con ellos. «Yo les decía, “Soy un pedófilo. Solía tener una adicción a la pornografía infantil. Sé por lo que estás pasando”. Obviamente necesitas ayuda, y conozco a otros de nuestra edad que también son así. Creo que podemos ser de ayuda para ti y viceversa».

Así es como empezó a comunicarse con otros jóvenes pedófilos alrededor del mundo. A su vez, estos le presentaban a aquellos a los que habían logrado encontrar. A diferencia de la idea de un anillo malévolo de pedófilos, esos chicos jóvenes (y en ocasiones chicas jóvenes) decían que no querían hacerle daño a niños y que estaban intentando encontrar una forma de asegurarse de que nunca lo hicieran. Algunos empezaban a enviar mensajes antes de desaparecer («probablemente pensaban que era una operación encubierta», decía Adam), pero de uno en uno se creó un grupo de visitantes habituales. Al poco tiempo, Adam había creado, sin darse cuenta, un grupo de soporte en línea informal para adolescentes y veinteañeros pedófilos que quieren ayuda para luchar contra su atracción hacia los niños.

Al hablar con miembros del grupo, es obvio que están preocupados por ser detectados; todos mencionan el miedo al rechazo por parte de sus familias y amigos y a la atención policial no deseada. Aun así, Adam explicaba que muchos están dispuestos a arriesgarse antes de continuar luchando con sus problemas en silencio. «Para el pedófilo no existe casi ningún lugar al cual acudir y solicitar información o cualquier tipo de ayuda. Estoy seguro de que existen pedófilos que se suicidan y que nunca se lo dicen a nadie. Que nunca lo confiesan, ni siquiera en la carta de suicidio. Yo creo que hay probablemente muchos más de lo que la gente piensa».

Actualmente existen nueve miembros de edades entre dieciséis y veintidós, ocho hombres y una mujer, aunque Adam dice que otros han ido y venido con el pasar de los años. Algunos miembros vienen de lugares tan lejanos como las Filipinas, pero las barreras del idioma limitan los participantes a personas de los EE. UU. y el Reino Unido. Su grupo tiene dos reglas. La primera es que no se puede haber abusado o haber tenido la intención de hacerlo; aquellos que lo cuestionan son rechazados si no pueden ser convencidos de lo contrario. La segunda es el compromiso de dejar de usar pornografía infantil. Adam me dijo que no pasaba nada si llegabas al grupo como adicto, pero que debías comprometerte a dejarlo.

La madre de Adam no sabía nada del grupo hasta hace poco. Al darse cuenta de que encontrar apoyo es difícil en esta situación, lo acepta. Pero también ampara algunas dudas con el hecho de que actúan sin la supervisión de profesionales. «Debemos entender el problema para poder encontrar formas adecuadas de resolverlo. La manera de ayudar es identificar a cualquiera que quiera ayuda», decía Paula. «Debemos hacer esas conexiones. De la misma forma que contamos con otros recursos como líneas de ayuda para que las personas confiesen sus problemas y reciban ayuda, debería haber algo disponible y dirigido a los jóvenes que puedan tener este tipo de pensamientos y deseos».

«Cualquiera que haya tratado a personas que han cometido abuso sexual sabe que muchos de ellos están aterrorizados de sus propios comportamientos», me aclaró Elizabeth Letourneau, directora fundadora del Centro Moore para la Prevención del Abuso Sexual Infantil de la Universidad Johns Hopkins. «Muchos de estos hombres no quieren abusar sexualmente de niños».

Nos conocimos por primera vez en su oficina una tarde gris del pasado mes de febrero. A través de la ventana, cuyo alféizar estaba rodeado de fotografías enmarcadas de sus dos hijos, se podía ver la lluvia cubriendo poco a poco el centro de Baltimore. El objetivo principal del centro es «intentar cambiar la forma en que la nación ve el abuso sexual infantil, como algo que se puede prevenir». Desde un escritorio con grandes pilas de libros y carpetas de papel manila llenas de artículos de revistas, continuó: «Decimos que nos preocupa mucho el abuso sexual y que realmente no queremos que los niños sufran abuso sexual y que no queremos que haya violaciones entre adultos, pero no hacemos nada para prevenirlo. Centramos toda la energía en la justicia criminal, lo que significa que el delito ya ha ocurrido y, a menudo, que muchos delitos ya han ocurrido».

Letourneau es la única investigadora en los EE. UU. que desarrolla la ciencia y crea políticas en el campo de la prevención primaria. Quiere implementar un programa, a parte de su trabajo en el centro, que proporcione terapia preventiva tanto para agresores como para aquellos que no han agredido. Su enfoque se centrará en adolescentes, al menos al principio. Ella cree que la intervención precoz es más efectiva y que los adolescentes presentan una amenaza menor a posibles financiadores y comités de evaluación. También le gustaría involucrar a los padres, aunque esto podría presentar otros desafíos intrínsecos. «El riesgo que debes asumir cuando intentas reunir el padre y el hijo es que vas a perder a algunos hijos que no son capaces de hablar sobre ello con sus padres o madres, ya sea por miedo, remordimiento y vergüenza. Perderemos algunos subgrupos importantes».

Adam me había dicho que, en relación con la pedofilia, existen otras distinciones aparte de la preferencia de edad y sexo; la más importante, la atracción primaria y la exclusiva. Un interés primario se da cuando la persona se centra sexualmente en los niños, pero también puede sentirse atraído a otras personas de edad más apropiada. La atracción exclusiva se da cuando la persona no siente deseo sexual alguno por personas que no sean niños preadolescentes. Letourneau tiene curiosidad por saber si aquellos pedófilos jóvenes que muestran cierto interés en sus homólogos serían capaces de responder a intentos de redirigir su atención hacia ese sector. En la mayoría de personas, nuestra edad de atracción aumenta a medida que maduramos, la cual sugiere es variable. Se pregunta si los pedófilos adolescentes pueden ser alentados a desarrollar deseos sexuales aceptables, pero admite que esto no sería efectivo con aquellos que sienten una atracción exclusiva.

Históricamente, los intentos de cambiar los impulsos sexuales han incluido el reacondicionamiento sexual, el cual implica, esencialmente, hacer que los hombres se masturben con fantasías de sus deseos preferidos y cambiar a algo socialmente más aceptable justo antes del orgasmo. Pero también existen métodos opuestos, como un entrenamiento de saciedad, donde los pacientes se masturban con fantasías una y otra vez hasta que agotan el deseo sexual.

Le comenté a Letourneau que hablar de reacondicionamiento sexual me recordaba aquellas tácticas utilizadas para la terapia de conversión de homosexuales, una seudociencia nociva y completamente sin éxito, y ella no tardó en distanciarse del tema. «Es un legado horrible de la psicología y la psiquiatría», acordó. «De hecho, parece bastante arcaico. Y, francamente, algo éticamente difícil de realizar con niños. Por lo que encontrar una forma viable que sea respetuosa con la persona, el niño y el padre, pero a la vez efectiva… no sé qué forma tendrá. No tengo la más mínima idea. Pero sí te puedo decir que me gustaría que no se pareciera al reacondicionamiento sexual».

El Dr. Klaus Beier no cree en el reacondicionamiento sexual. Dirige el equipo tras el Proyecto de Prevención Dunkenfeld, un programa terapéutico con sede en Alemania dirigido a agresores potenciales. Él cree que la atracción a los menores es una parte fija de la conformación de uno mismo, que es «algo previamente fijado y no una opción». Su programa se considera el modelo de referencia internacional del tratamiento preventivo, y sus profesionales ayudan a adultos a controlar su atracción hacia niños en vez de intentar cambiarla. «A mi manera de ver, la inclinación no es el problema», dice. «Y yo no condenaría la inclinación; yo condenaría el comportamiento». El programa consiste en sesiones de terapia semanales de hasta doce meses. Prefieren la terapia cognitiva, pero también ofrecen medicación para reducción de la libido, también conocida como castración química, si el paciente necesita reducir su apetito sexual para poderse beneficiar del tratamiento.

La piedra angular del programa, según Beier, es la confidencialidad. En Alemania el reporte no es obligatorio, y eso, añadió, hace que sea más fácil para los hombres buscar ayuda. El objetivo del proyecto es el de atraer el máximo número posible de hombres no detectados, lo cual es mucho más fácil de conseguir cuando eliminas la amenaza de una acción disciplinaria. Esto incluye a hombres que ya han abusado de niños además de pedófilos no agresores. Dunkenfeld significa «campo oscuro» en español. Beier dice que la mayoría de casos de abuso infantil pasan desapercibidos, y aunque puede ser éticamente difícil sugerir que los pederastas evadan la acusación inmediata, él y sus compañeros creen que es mejor atraerlos al tratamiento con el objetivo de prevenir otros casos de abuso.

«Decírselo a la policía no es el primer paso que seguimos», dijo el coordinador de investigación de Dunkenfeld, Gerold Scherner. «Si lo sabemos, hablaremos sobre ello de forma franca y abierta: ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué puedes hacer? ¿Está el niño seguro?»

En los Estados Unidos, los investigadores pueden solicitar un Certificado de Confidencialidad. Estos certificados federales, si se otorgan, protegen la privacidad de investigación de los participantes del estudio y pueden ofrecer exenciones temporales de las leyes de reporte. Pero solo se ha otorgado un certificado en el campo de la investigación de la pedofilia. Entre 1977 y 1985, el Dr. Gene Abel entrevistó a 561 pederastas no identificados para poder entender mejor esta población tan poco estudiada. No se ha vuelto a otorgar otro desde entonces.

Es difícil obtenerlo, pero Letourneau está considerando solicitar el certificado cuando lance su nuevo programa. No sabe si tendrá suerte. «Me gustaría incluir a jóvenes que han cometido abusos pero que han pasado desapercibidos, y la razón de ello es que si han pasado desapercibidos permanecerán así», aclaró. «¿Quieres que los ayudemos o no? En mi opinión, es muy importante trabajar con estos chicos que ya han empezado a abusar, ya que son los que tienen más probabilidades de abusar otra vez».

«No es que no quiera ir a ver a un terapeuta», decía Mike, un chico de veintiún años en la Costa Oeste. «No me siento capaz de ir a ver a un terapeuta».

Había hablado con Mike en línea durante dos meses antes de que accediera a dejarme ir en avión hasta allá y conocerlo en persona. Quedamos de vernos enfrente de un supermercado local y acabamos hablando en un Starbucks. Tiene la piel clara y es delgado, con una cara alargada marcada por unos pómulos prominentes, grandes ojos marrones y cabello oscuro y rizado. A diferencia de Adam, se muestra aparentemente confiado y es espontáneo; habla rápido, cambia de tema de forma casual, y no tiene reservas para hablar de su atracción hacia los niños. Me explicaba que mantiene una distinción clara entre aquellos a los que se siente sexualmente atraído y aquellos con los que siente un estrecho lazo paternal. Me decía que siente una atracción erótica hacia niñas entre siete y doce años, y que para aquellos entre dos y seis es más bien un instinto protector, casi fraternal. Dijo que por ese motivo es un muy buen profesor de preescolar.

Actualmente estudia el desarrollo de los niños, y trabaja como profesor sustituto medio tiempo en un programa de preescolar. Tiene la intención de continuar trabajando con niños de hasta seis años cuando se gradúe de la universidad y me decía que su conexión con los niños le ayuda a entenderlos mejor. «La gente me dice, “Si trabajas como profesor le estarás haciendo un favor al mundo. En plano, se te da muy bien, ¿por qué no habrías de hacerlo?”. Nunca he tenido la sensación de que no debía hacerlo, o de que fuera peligroso… A largo plazo quizás es una mala idea, pero por ahora, en este momento está bien».

Mike notó por primera vez su interés en los niños cuando tenía trece, cuando se enamoró de una niña a la que cuidaba. Ella tenía unos tres años por aquel entonces y solía desnudarse y correr por la casa. «Yo era consciente de ello, pero bueno, pensaba que la sensación desaparecería. Tengo trece años, entonces debe ser la transición de chicas sin pechos a chicas con pechos». Me dijo que nunca le había hecho nada, pero eso no significaba que no se sentía tentado, admitiendo que a veces se sentía abrumado de curiosidad cuando le cambiaba los pañales. «Quería tocarla, pero nunca llegó a nada más», confesó.

Cuando empezó en su puesto de profesor, creó una serie de reglas escritas: mantenerse alejado del área de los lavabos siempre que fuera posible y evitar cualquier contacto físico con los niños. Me decía que solía ponerse nervioso cuando los niños más juguetones se le acercaban para darle un abrazo. Me dijo que esto no era tanto por la seguridad de los niños, sino para asegurar que otras personas no sospecharan de él. Lo cual era algo que su padre ya le había advertido cuando empezó. «Me había dicho, “La gente va a sospechar de ti simplemente porque eres un chico. No hagas ninguna tontería”. Y sinceramente, me pregunto si realmente tenía algo que ver, porque aquello realmente me asustó».

Adam le pidió a Mike que fuera el primero en unirse al grupo a mediados de 2011, y se han comunicado casi a diario desde entonces. Me ha dicho que no le preocupa que Mike pueda llegar a abusar de los niños bajo su cuidado, pero sí se pregunta por qué ha elegido estar tan cerca de la tentación. «A pesar de mi apoyo a Mike, y definitivamente tenemos una relación muy cercana, nunca he apoyado que se convierta en profesor. Y no porque vaya a cometer un error, porque sinceramente creo firmemente que no lo haría, pero creo que esa posición le va a causar mucho dolor. No creo que le vaya a hacer muy feliz».

Al igual que Adam, Mike se deprimió mucho cuando se debatía a sí mismo sobre sus deseos. Nunca llegó a planear activamente su suicidio, pero me dijo que había pensado en ello y que sabía qué hacer si el momento llegaba. «Si tuviera una escopeta recortada, esa sería mi opción. No quiero tomar pastillas porque me podría salvar». Finalmente, decidió que no podía suicidarse y dejar a su familia sin contexto alguno de lo que había hecho, por lo que esperó que Dios tomara parte en el asunto. «Sin embargo, también quería… hubiera sido algo bueno si me atropellara un coche o si me enfermara de gravedad», añadió.

Más que cualquier otra persona con la que he hablado, Mike podría beneficiarse de un profesional con quien hablar, y no solo por su cercanía con los niños. Me tomó de imprevisto su inmediata necesidad de confesar información que otros habían tenido problemas en expresar. Un día, en horas de la tarde, estábamos sentados en su coche en el aparcamiento de otro centro comercial distinto. Tras horas de conversación, le sugerí que lo dejásemos para otro día pero él se negó completamente, diciéndome en un tono seco, muy poco característico de él, que necesitaba quitárselo de encima. Continuamos hablando hasta que las alargadas sombras finalmente se fusionaron y dieron paso a la oscuridad, y solo nos detuvimos cuando el personal de limpieza del centro empezó a llegar para el turno nocturno.

En vez de terapia, Mike depende de Adam y del grupo. Hablan a través de correos electrónicos, mensajes de texto, teléfono y Skype, pero su herramienta de comunicación principal es Gchat, donde pueden hablar en grupo o tener conversaciones múltiples al mismo tiempo. Si surgen enfrentamientos entre miembros, todos siguen el consejo de Adam, el líder predeterminado.

Al principio todos estaban en una situación muy frágil, luchando contra este oscuro secreto y lo que significaba para sus futuros. Pero tras agotar las conversaciones de su atracción hacia los niños y los problemas únicos que los complementan, empezaron a hablar de temas mucho más generales: comentarios sobre juegos de computador o la serie The walking dead, o compartiendo enlaces de YouTube.

Adam me dijo que a veces bromeaban unos con otros sobre amores con gente de su edad, ofreciendo consejo amoroso y alentándose unos a otros a salir con gente. «Hablé con Mike un montón sobre citas. En parte sobre el chico con el que salí durante un tiempo y en parte sobre la chica de su clase con la que él quería salir. Él era capaz de encontrar miles de excusas para no hacerlo, y yo era comprensivo e intentaba alentarlo a dar el paso. Hablamos sobre las mismas cosas habituales que todo el mundo tiene en sus vidas».

James, de 22 años, es otro miembro del grupo, y el único pederasta registrado. En mayo de 2011 se le condenó por tomarse libertades impúdicas con un menor y fue encarcelado. Adam se mostró reacio a romper la regla más fundamental del grupo y dejar que se uniera, pero al final se convenció de su compromiso de no volver a hacerlo. Desde entonces, su relación se ha estrechado. «Hablamos sobre el tema obvio de ser pedófilos, es algo que no puedes evitar», decía James, añadiendo que había perdido la urgencia con los años. «Simplemente pensamos en ello como si ambos fuéramos seguidores del mismo equipo deportivo. Nos sentamos y hablamos sobre ello en esa dirección, pero podemos dar la vuelta inmediatamente y empezar a hablar de otra cosa. Para otras personas es algo muy grave, pero para nosotros es el pan de cada día. La vida es así. Llevamos viviendo con ello durante toda la vida».

Cuando le pregunté a Adam que me enseñara ejemplos de sus chats, me dijo que ya no conservaban registros por razones de seguridad. Pero, tras buscar un poco, finalmente encontró unos pocos registros de los principios del grupo. Las conversaciones en los documentos que me envió cambiaban bruscamente de mundanas a serias, entre ellas una discusión sobre si shotacon o lolicon (representaciones manga y anime de sexo entre generaciones) son alternativas moralmente aceptables de la pornografía infantil. En varias ocasiones parecía que se estaban probando unos a otros, admitiendo comportamientos sospechosos y posteriormente esperando a que el otro respondiera.

1:46 PM Mike: tienes razón
tengo un problema
he empezado a descargar fotos de chicas en ropa interior y parecidas regularmente
es jodidamente horrible
1:47 PM Adam: …tienes que parar antes de que sea demasiado tarde
si yo he podido, tú también
Mike: sí
incluso he visto PI aparecer en los resultados
Adam: :o
Mike: era perturbador
no era serio
Adam: ¿lo has mirado?
Mike: no
aunque la verdad es que quería
1:48 PM Adam: tienes que parar

El grupo de jóvenes pedófilos de Adam no es el único recurso de autoayuda en internet. También existe B4U-ACT, un grupo con sede en Maryland con cerca de cien suscriptores, que ofrece servicios de apoyo a pedófilos y directrices para poder acceder a proveedores de salud mental que podrían ayudarlos. Sin embargo, los moderadores de B4U-ACT afirman que, dado que no son una organización de investigación, no son capaces de determinar si todas las instancias de sexo entre adultos y niños son intrínsecamente nocivas. «Pero sí damos apoyo y defenderíamos a personas que se sientan atraídas por menores pero que viven sus vidas cumpliendo la ley», dijo Matthew Hutton, el portavoz del grupo, que usa un pseudónimo para proteger su identidad. «Aunque reconocemos la existencia de investigaciones en el pasado que afirman que el contacto entre adolescentes y mayores podría no ser tan nocivo».

Esta ambigüedad hizo que Adam y otros se sintieran incómodos, y por esa razón él no permaneció durante mucho tiempo tras registrarse. Algunos disidentes formaron un grupo llamado Pedófilos Morales. Actualmente el mayor grupo de soporte para pedófilos en los EE. UU., sus 318 miembros activos tienen claro que el sexo con los niños es incorrecto. Los fundadores, Ethan Edwards y Nick Devin (también seudónimos), ambos hombres de familia con hijos, promulgan esta política con una moderación estricta. Si alguien formula opiniones de que el sexo con menores es aceptable, se le da una advertencia. Los reincidentes son expulsados del grupo. La lista de miembros también está restringida a aquellos de 18 años y mayores, para que no se les pueda acusar de ningún delito.

Aunque Adam contribuye a estas discusiones de vez en cuando, su enfoque permanece con los jóvenes que llegan a su grupo en busca de ayuda. James, por ejemplo, habla de Adam con cierta reverencia. Aunque su estatus como pederasta le obliga a atender terapia obligada por un tribunal, son Adam y los demás a los que él da crédito por ayudarle a actuar de forma correcta. Él se da cuenta de que, para cualquiera de los otros, es su único soporte. «Si quieren ayuda, si quieren mejorar, intentar corregir su comportamiento y ser una mejor persona, él nunca les ha dado la espalda. No me dio la espalda a mí, no le dio la espalda a Mike, nunca le ha dado la espalda a ninguno de nosotros», dijo.

Cuando le dije a la profesora Letourneau que me había puesto y que me mantenía en contacto con un grupo de jóvenes pedófilos no agresores parecía sorprendida. En sus veinticinco años en el campo ha tenido mucha experiencia con jóvenes que han abusado de niños, pero nunca ha conocido a un pedófilo que no lo haya hecho. A mí me pareció extraño, teniendo en cuenta su trabajo, pero ella me explicó que, dado que los pedófilos rara vez lo confiesan, los investigadores no tienen forma alguna de evaluar este segmento de la población. «No conozco a nadie más que tenga la meta personal de hablar con jóvenes que tengan una atracción con niños», me dijo.

Le pregunté si le gustaría que la pusiera en contacto con el grupo, e inmediatamente aceptó la oportunidad. Tras hablar con cuatro de ellos por teléfono, lo cual describió como una «experiencia que te cambia la vida», tomó un avión y se reunió con Adam en persona, y desde entonces ha hablado con él regularmente. Ella decía que le habían enseñado cosas sobre la pedofilia que no conocía, y esto le está permitiendo entender mejor cómo se desarrollan estas atracciones. Ahora utiliza esta información para modificar el plan de tratamiento propuesto y ha colocado a Adam como consejero oficial.

«No soy un adolescente con una atracción hacia los niños, y por lo tanto no sé cómo es esa experiencia. Todos describen años de agonía, autodesprecio, miedo agonizante de que alguien descubra su interés sexual en los niños, de verse como monstruos, el miedo de buscar ayuda… Si pudieran haber recurrido a alguien para hablar de esto, un profesional que lo tratase de forma objetiva y verlos como una persona de valía, alguien que supiera que no son chicos malos, que son chicos buenos pero que tienen un aspecto de sí mismos que realmente necesitan controlar. Eso es lo que ellos buscan y es lo que yo espero que podamos proporcionarles», dice Letourneau.

La información que Adam ha proporcionado ha ayudado a acelerar el programa piloto que ella está organizando, dirigido a pedófilos de diecisiete años o menos. Si tiene éxito, proporcionará las bases de un modelo preventivo completo, el cual ella espera poder expandir finalmente para incluir pedófilos de todas las edades, el cual sería introducido por internet a los terapeutas de todo el país. Aunque se encuentra en las primeras fases de planificación, Letourneau imagina que incluirá desengañarlos de la noción de que el sexo con niños es apropiado en algunos casos, mejorar su autoestima con respecto a una situación que quizás nunca cambiará, y reforzar la interacción social con sus pares. En gran medida, es una extensión de lo que Adam ha estado haciendo con su grupo durante los últimos tres años.

La última vez que vi a Adam en persona estuvimos otra vez sentados en su coche. Habíamos estado hablando durante varias horas y estábamos a punto de acabar cuando le pregunté cómo se sentía por ser, no solo un pedófilo, sino también un pionero en cierta manera. Se detuvo durante unos instantes antes de responder. «Es una parte de lo que me define. Ya sabes, una pequeña pieza del rompecabezas. Una parte de mí es que soy un pedófilo, pero eso no es lo único que soy. También soy, yo creo, una persona decente en muchos otros aspectos. Definitivamente me preocupo mucho por los demás… Tengo aficiones, intereses, estudios y todas esas cosas juntas definen quien soy», agregó.

Esta historia ha sido escrita por Luke Malone. Ha sido editada por Mark Lotto, sus hechos verificados por Hilary Elkins, y ha sido corregida por Lawrence Levi. Ilustraciones de Simon Prades. Una versión de esta historia apareció por primera vez en This American Life.

Más información: El editor Mark Lotto comenta la naturaleza gráfica de esta historia, y el director de arte Erich Nagler habla sobre cómo ilustrar el artículo más horripilante del mundo.

Kindle | Nook | iBook


Sigue a Matter en Twitter | En Facebook | Suscríbete a nuestro boletín