Todos somos hijos de alguien

Últimamente está muy de moda hablar sobre «mi verdad» o «tu verdad». Sin embargo, hay algunas verdades indiscutibles: todos somos hijos de alguien.

De algún vientre, guata, panza o barriga salimos, de distintas formas y en circunstancias muy diferentes, pero todos nacimos. Algunos fueron albergados por 9 meses, otros por 8 y otros por menos tiempo, con más o menos ansias, más o menos ganas, más o menos decisión. Pero nacimos. Todos y cada uno de nosotros hemos vivido nuestro parto.

Nadie llegó al mundo por magia, ni salió de un repollo, ni lo trajo una cigüeña ni cayó de un árbol.

Todos nacimos. Y aunque parece muy muy obvio y evidente, se nos olvida y más temprano que tarde empezamos a categorizarnos según miles de excusas: sexo, religión, color, apellido, país, altura, peso, color de pelo, barrio, sueldo, y un etcétera infinito. Nos separamos, nos sentimos más o menos que otros, nos vamos distanciando y olvidando que la única raza a la que pertenecemos es a la raza humana y que nuestro origen es el mismo, y nuestro final también.

No deberíamos olvidar nunca que a pesar de que más adelante vamos cambiando y desarrollándonos de distintas formas, viviendo distintas experiencias y creando una vida consciente, todos dependimos de otro para existir y para sobrevivir los primeros meses. Por muy independientes que hoy podamos ser, le debemos la vida a otra persona, a veces, a más de una. Nadie se creó solo, nadie salió solo de un vientre y nadie se alimentó solo los primeros meses. Reconozcamos esa debilidad con la que llegamos al mundo e intentemos tenerla siempre presente para no olvidarnos de vivir con humildad agradeciendo la ayuda de otros. Y para que con esa misma humildad, ahora ya grandes y con voz, pidamos ayuda si la necesitamos para volver a vivir.

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