Torre destierro

«He vuelto —musité desorientado—. La isla…»

Esa fue la primera vez que logré adjudicarle un nombre a la tenebrosa imagen de aquél lugar.

La isla. De pronto parecía muy apropiado. Debí de haber sentido cierto orgullo por el acierto, o tal vez estaba aterrado, no lo recuerdo bien. Pero si hay algo de lo que no podré olvidarme jamás es de la sensación de vacío que aquél terreno inhóspito me inspiraba, la sensación de ahogo y desasosiego. La torre negra que ascendía hasta abrazar el cielo, las playas blancas bajo la noche nublada, el sonido casi programado de un latido, el baile de las olas en el océano, la suavidad del viento, el susurro de esa voz… Era sencillamente oscura, pero magnífica en su complejidad.

La torre tenía una puerta enorme de madera, desgastada por el abandono. Cada vez que visitaba la isla, cada vez (aunque no lo quisiera) la atravesaba. Parecía estar destinado a hacerlo, parecía merecer lo que ocultaba en su interior. No era sino mi deber dirigirme hasta la puerta, temeroso de lo que pudiera contener dentro, y atravesar el umbral para enfrentarlo solo; debía hacerlo, era necesario que me adentrara hacia ese otro mundo para sentir el fuego del infierno que se escondía en las tinieblas, para caminar con voluntad absoluta hacia mi perdición, y… maldita sea mi alma, yo quería ir hasta esa puerta. Quería sumergirme en la torre y abandonarme a la soledad.

Con los años, debí de visitarla más de mil veces. Cientos y cientos de los caminos fueron aterradores; otros pocos (para mi sobresalto) los disfruté.
No negaré haberme sentido parte de la isla en el ocaso de mis deserciones, haberme encontrado tontamente satisfecho por despertar en aquella soledad. Estaba destinado a ella, se los hubiera confesado de no ser porque no creo en el destino. No apruebo que cada uno tenga un camino que transitar. Más bien comprendo nuestras vidas como un laberinto de infinitos pasajes; entiendo todo esto como una prueba no pensada por un ser superior, sino impuesta por nosotros mismos. Quiero creerme un ser independiente y autosuficiente. Quiero pensar en mí como un ser improvisado.

Aun así, quería despertar en la isla algunas noches, quería sentir el silencio del mar que la rodeaba. Quería verme destinado a todo aquello que me aguardara al otro lado de la torre, pero era imposible determinar su ubicación. Lo había intentado infinidades de veces, al comienzo. Llegaba ahí de forma extraña y sin saberlo; despertaba desorientado entre la arena húmeda de sus playas, y el silencio… el silencio de la isla era fatal. Extensos mares la separaban de todo lugar, mares que más tarde pude identificar como las Aguas del Recuerdo. Me hubiera gustado poder afirmar que aquello fuera el Leteo. Diablos, eso sólo podría implicar que la isla tenía un nombre, tenía una historia, e incluso más importante: tenía un pasaje, una salida. Pero (para mi desgracia), podía darme cuenta de inmediato que aquello no era el utópico mundo de las ánimas y las ideas que Platón pudiera haber pensado en algún tiempo. Esas aguas me traían de regreso los recuerdos más oscuros, las palabras que había desterrado del tiempo. Eran una trampa mortal, un atajo hacia el infinito pasado que no sabía de reciprocidades; y respecto a la isla, no tenía mucho más que decir además de que era oscura, era triste, y era mía.

La torre de piedra crecía incontables metros hacia la inmensidad, parecía no acabar bajo ese cielo. En lo alto, un campanario viejo. Podía verse una luz que descendía desde aquella inmensidad y me llamaba: me nombraba en el susurro del viento, en la danza de las aguas, en el terror de la noche. Tal vez pareciera injustificable que aun así me atrajera con extraño encanto, tal vez fuera inentendible que aún después de todo aquello yo deseara regresar.
Tal vez no.

Así era la isla: lóbrega, frágil, solitaria, y a la vez espléndida e inigualable. Recuerdo haber llegado a nombrarla de distintas formas, haberla construido con diferentes palabras, haberle adjudicado infinidades de pensamientos. Recuerdo haber llegado a la comprensión de que en realidad no me pertenecía, la Isla era parte de todos. No existía quien no la hubiera visto, o fuera a verla alguna vez. Todos los pasajes terminaban, comenzaban, o descansaban en ella. Algunos incluso se dormían en sus playas por la eternidad.

De pronto, podía identificarla sencillamente como Desolación; algunas veces era Oscuridad, Reminiscente, e incluso Torre Destierro.
De pronto no era nada.

No importaban las letras que compusieran su nombre. Se había vuelto necesaria para mi existencia. La isla era todo lo que tenía. Era la compañía perfecta para un hombre abandonado en la sórdida noche.