Memorial. De dominio público.

Tras la pérdida de mi madre

Unas palabras desde el dolor

Hoy perdí a mi mamá.

También una gran amiga perdió a su abuela, muy temprano, hoy.

Pero ha sido un día bello: hizo sol y me encontré con mi hermana.

Le dije que me contara sobre su viaje a París. Me habló bellezas. La escuché con atención, me parecía que era una maravilla que fuera al Louvre, que hubiera estado un 31 de diciembre en el Arco del Triunfo, que le hubiera comprado a un negro indocumentado un gorro para el frío y que éste le hubiera hablado en español y que ella le pagara lo que corresponde. Sin regatear. Y que estuviéramos bien ella y yo.

Esto solo ocurre una vez y bien vale la pena vivirlo.

Hoy se fue mi madre y no la vi más desde 2010.

En ese momento ella no había sufrido su accidente. Era radiante. Era vida. Y nos queríamos mucho. Ella me comprendía. Yo era lo que ella quiso: alguien que escogió su camino y se desprendió pronto de todo. De ataduras. De prejuicios. De tonterías que a los demás le pesan.

Hoy, en este raro lugar en el que vivo, quiero agradecerle.

Porque vivir es importante. Porque dar una reverencia a tu ser más querido vale más que cualquier vanagloria.

Mamá, se llamaba Belia, sufrió mucho. Como todos, tal vez. Tuvo cinco hijos, Mara, Mauricio, Juan y Sebastián. Tuvo un nieto. Y mereció algo mejor. Mucho mejor. E hizo lo que tocaba para merecerlo, pero la vida, tremendo albur, no se lo dio.

Era una mujer más alta que yo. Bella, como su nombre. Fuerte, robusta y de una voz grave que Mara le heredó. Era negra. Su papá, mi abuelo, era otro, un titán, bebedor, fumador, bailador. Se fue una semana antes que llegara, en el cada vez más lejano 1975. Le agradezco, que por un azar, nos hubiera dado la vida a ella y a mí. Y que, con todo el amor, trajera a Mauricio, Juan y Sebastián.

Merecemos esto, y más.

Lo escribo porque, cuando me enteré, no lloré. Simplemente pensé en mi sangre y los contacté, a casi todos.

Tuvimos cosas bellas y desencuentros. A ella le gustaba que leyera comics, pero no estaba segura que me dedicara a leer. A ella le gustaba que tuviera el cabello corto, pero desistió, con sabiduría, cuando me empeñé, en dejarme crecer ese mismo cabello apretado que tuve tantos años. Nunca se interpuso, pero celebró los pocos logros que alcancé, hasta ahora.

Somos lo que fuimos. Pero también somos ese incierto presente que tejemos instante a instante.

Esta mañana, mientras iba al trabajo al que renuncié ayer, leía un cómic de Alan Moore en el que los dioses, por única vez, conocían la muerte del universo que les contenía. Y sabían que su agonía, ese raro sentimiento, los embargaba y anunciaba su propia muerte. No sentí pesar o dolor, todo era demasiado bello y no podía contener tal emoción.

Así me pasa ahora. Es demasiado bello, radiante, pese a que ella no se encuentre entre nosotros.

Gracias Madre —gracias Padre, que hace tanto no estás.

Esto es el presente y a los que estuvieron antes que nosotros debemos un tributo.

15 de febrero de 2017.