Tres meses en Islandia. ¿Por qué?

Eran las 10 p. m. del martes 7 de junio. Me encontraba en el aeropuerto de Baltimore, Maryland, esperando el avión que me llevará a Keflavík, Islandia. He terminado de comer una nada memorable hamburguesa en uno de esos nada memorables restaurantes propios de un aeropuerto. Algunas horas atrás, había caminado por la zona católica de Baltimore, entré al cementerio donde yacen las cenizas de Edgar Allan Poe, encontré un inesperado puerto, y visité una relajante biblioteca pública.

Llegado el momento de partir al aeropuerto, me dirigí hacia North Howard Street con dos piezas de equipaje que significaban toda la vida material que iba a necesitar durante los próximos 90 días. Esperé el tren ligero que me llevaría a la terminal aérea. Algo debió haber pasado algunas estaciones más al norte, porque el tren simplemente no llegaba. Fue el primer imprevisto de mi viaje (habría muchos en Islandia), pero también fue la primera vez que aprendí a confiar en que, sin importar cuál fuera el contratiempo, todo iba a estar bien: un mensaje de texto de Wow Air anunciaba que habría un retraso en el vuelo. ¿La razón? Una huelga de operadores en el aeropuerto de Keflavík.

Así sería cada vez: ante la incertidumbre, siempre ocurría alguna otra circunstancia de contrapeso que corregía el rumbo de la historia o, mejor aún, la encaminaba en la ruta que se debía seguir.

Por supuesto, eso no lo sabía entonces, pero la emoción y las ganas de estar ya en la isla nórdica me impulsaron a moverme al aeropuerto en ese momento, sin importar que seguramente pasaría más de las acostumbradas tres horas de espera. Corrí de vuelta a la biblioteca pública para conectarme a su Wi-Fi gratuito y pedir un Uber.

Una carretera y una conversación después, me encontraba finalmente en el aeropuerto con muchas horas por delante. Mi equipaje de mano resultó ser un 50 % más pesado de lo permitido. Siempre dejo ese asunto a la suerte, y siempre he salido bien librado, modestia aparte. Ahora no fue la excepción: la empleada de Wow Air notó el evidente sobrepeso, sonrió ligeramente y dejó pasar ese «detalle».

Liberado de mi maleta, compré algunas coronas, 20 mil para ser precisos. Tenía en mis manos una primera impresión material de Islandia: un pequeño fajo de billetes que lucían nuevos y brillantes, como salidos de un juego de mesa recién desempacado, con diseños muy artísticos y cuidados. El primer contacto con la belleza islandesa tuvo que ser a través de sus instrumentos mercantiles.

Ahí estaba, por primera vez en mucho tiempo, poniéndome ante algo completamente nuevo, sin guión ni plan por delante, contrario a lo que me suelo procurar. Enviaba los primeros mensajes de voz vía WhatsApp de la que ahora es una larga colección que he guardado y respaldado celosamente como esa bitácora que pretendo aterrizar poco a poco en las letras. Si bien durante los primeros días escribí las primeras impresiones de cómo me había recibido la isla nórdica —los aires de Reykjavík, la imponente postal que era mirar el mar y la montaña Esja, el ritmo de la ciudad y su silencio diurno— pronto me dediqué a vivir Islandia en una vorágine de experiencias, personas y emociones cuyo mejor registro quedó guardado en cientos de mensajes de voz enviados a algunas personas cercanas que tuvieron la paciencia de escucharme. Algunos de esos mensajes llegaron a rozar la media hora de duración, pero su promedio fue de entre 15 y 20 minutos.

Al final, el objetivo del viaje fue ampliamente superado y logré lo que deseaba: experimentar una vida en otra latitud haciendo algo completamente distinto a lo acostumbrado, estimular mis sentidos y abrirme a Islandia y a todas las personas que llegaron cada día —sospecho— a buscar lo mismo que yo, teniendo como primera parada de su viaje ese pequeño hostal de la calle de Hverfisgata. Islandia me hizo sentir como en casa y rápidamente me pasó la estafeta de reproducir esa tarea.

Islandia nunca me aburrió como algunos auguraban. Estimuló mi vida a un nuevo nivel, y también me presentó algunas pruebas inéditas de resistencia mental y emocional que ahí habían estado esperándome. No fue en vano que hace algunos años fijara mi atención en esa diminuta isla y quisiera no visitarla como turista, sino vivirla plenamente. Un año antes de partir, decidí que ese «algún día» tendría una fecha definida y llegó, tal como estaba previsto.

Hay mucho que contar acerca de lo que fueron esas 90 jornadas pero, por ahora, cierro con la conclusión cliché y seguramente predecible:

Piensen en el país que siempre han querido visitar, apúntense en una organización de voluntariado para hacer algo distinto a su trabajo actual (o tal vez no) y váyanse el mayor tiempo posible que les permita su pasaporte (o visa, de ser necesaria). Es más fácil de lo que creen. Se requiere invertir más tiempo que dinero para lograrlo, y es una gran inversión. Lo que dejen aquí, si es importante, los estará esperando; si no lo es, se alejará o ustedes mismos lo dejarán, y eso será bueno.

Decídanlo y confíen. Hay algo esperando por ustedes en ese destino que no sale de sus cabezas. Cuando regresen desearán que su vida no vuelva a ser una canción pop genérica y continúe siendo una pieza progresiva épica («Sé progresivo«, me dijo una querida amiga la primera vez que hablamos sobre qué podría pasar a mi regreso a México).

Van:

(la organización mexicana que hizo el contacto con Islandia en todo el proceso previo al viaje, y la que les puede orientar para decidir qué hacer y en dónde)

(la organización con la que trabajé en Islandia)