Un antiguo instinto de asombro

Sigo con otros comentarios chestertonianos sobre los cuentos de hadas que reuní en Formas de la felicidad. Esta vez, acerca de cómo nos dan una mayor comprensión de los misterios de la vida.

Un primer punto lo mostraba Chesterton señalando cómo la prohibición bíblica de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal que Dios impone a Adán y Eva en el Paraíso, una especie de señal por la que los hombres deben reconocer libremente y respetar con confianza las leyes morales que Dios señala, se parece mucho a (o está en la base de, o incluso es la misma que) la idea inicial de muchos cuentos de hadas.

La importancia de los cuentos de hadas para la formación moral se apoya en «la idea de que la paz y la felicidad sólo pueden existir bajo una condición. Esta idea, que es el núcleo de la ética, es el núcleo de los cuentos infantiles. Toda la felicidad del país de las hadas pende de un hilo». Por eso «toda la ética debería enseñarse al son de esta cantinela de los cuentos de hadas: si uno viola la prohibición, pone en peligro todo lo demás. Al hombre que rompe la promesa hecha a su mujer debería recordársele que, incluso aunque ella no sea un gato, el caso del gato encantado demuestra que semejante conducta puede ser poco prudente. Al ladrón a punto de abrir una caja fuerte podría recordársele alegremente que está en la peligrosa posición de la hermosa Pandora: está a punto de levantar la tapa prohibida y desatar males desconocidos. El muchacho que se come las manzanas del manzano ajeno debería recordar que ha alcanzado un momento místico de su vida en el que una manzana puede privarle de todas las demás. Ésa es la profunda moraleja de los cuentos de hadas, que, lejos de carecer de normas, van a la raíz de todas las leyes. En lugar de encontrar (como los libros normales de ética) una base racional para cada mandamiento, encuentran una base mística para todos los mandamientos».

A ese punto básico — el de que «toda virtud depende de un “si”», que «la visión depende siempre de un veto», que «todas las cosas enormes y delicadas que os conceden dependen de una sola y diminuta cosa que se os prohíbe» — , se refería también Chesterton en un capítulo de Ortodoxia. En él indicaba cómo las palabras que se usan en los cuentos de hadas para describir la naturaleza, tales como encanto, hechizo, atracción, son las únicas que ponen de manifiesto todo lo arbitrario y misterioso de la existencia: «el árbol da frutos porque es mágico; el agua se desliza por la pendiente porque está embrujada; el sol brilla porque está embrujado».

Y seguía Chesterton: «esta facultad elemental de asombro no es, sin embargo, un hábito fantástico creado por los cuentos de hadas, sino que, al contrario, de ella parte la llama que ilumina los cuentos de hadas. Así como a todos nos gustan las historias de amor en virtud de nuestro instinto sexual, así nos gustan las historias maravillosas por excitar la fibra de un antiguo instinto de asombro». Estamos en la misma situación del hombre que olvidó su nombre y que recorre las calles con admiración, con legítima admiración, con un asombro en el que hay siempre un elemento positivo de plegaria. «Todo eso que llamamos sentido común, racionalidad, sentido práctico, positivismo, sólo quiere decir que, para ciertos aspectos muertos de la vida, olvidamos que hemos olvidado», y eso que llamamos espíritu, o arte, o éxtasis, sólo significa que hay momentos magníficos en los que «somos capaces de recordar que hemos olvidado». Pues bien, los cuentos de hadas ponen en pie, dentro de nosotros, esas enormes emociones que parecen no admitir descripción, «y la más enérgica de todas es que la vida es tan preciosa como enigmática; que es un éxtasis porque es una aventura; y que es una aventura porque toda ella es una oportunidad fugitiva».

Pero si los cuentos de hadas nos hablan de que la vida no es sólo un placer sino una especie de privilegio excéntrico, de que nuestra existencia tiene un sabor primordial que a la vez combina lo atractivo y lo extraño, también nos descubren el otro gran principio de la filosofía fantástica, que Chesterton denomina la filosofía del hada madrina.

El momento en el que los cuentos de su infancia cambiaron su percepción de la realidad, decía Chesterton, fue cuando se dio cuenta de que sólo esos cuentos podían explicar su sensación «de que ser quebradizo no es lo mismo que ser perecedero: golpéese un vidrio y no durará un instante; pero, con no golpearlo simplemente, hay vidrio para mil años». Ahí vio que toda la felicidad del hombre, lo mismo en nuestro mundo que en el de las hadas, «dependía de “no hacer algo” que se puede hacer a cada instante y que, en general, ni siquiera se entiende por qué se ha de dejar de hacer». Vio también que la existencia misma era un legado excéntrico en el cual «la parte prohibitiva tiene derecho a ser tan extravagante como la concesión, y puede ser tan terrible como el sol, tan engañosa como las aguas, tan fantástica e imponente como los empinados árboles». Por esta razón, decía, «jamás tuve la tentación de resistir una orden sólo porque fuera misteriosa».

Más aún, seguía, la mera repetición de las cosas nos debería enseñar a verlas como misteriosas y no como racionales: «un elefante cargado con un baúl puede ser un objeto excepcional; pero ya muchos elefantes con baúles van tomando el aire de complot». Incluso cabría decir que la repetición de los hechos en la naturaleza tiene algo de «una repetición irritada, como la del maestro de escuela que repite una y otra vez las mismas cosas»: de ahí que podamos decir que todas las repeticiones del mundo, como la de que el sol sale todos los días, se rigen con «el ritmo enloquecedor de un encantamiento». Por otra parte, de la observación de que los movimientos de un hombre cambian en cuanto aparecen el fracaso o la fatiga, mientras que un niño tiene tal exceso de energías que parece no cansarse nunca, Chesterton concluía que las personas mayores no son bastante fuertes para regocijarse con la monotonía mientras que Dios sí lo es y, tal vez por eso, le vuelve a decir al sol todas las mañanas un «¡hazlo de nuevo!»: «puede ser que Él tenga el apetito eterno de la infancia», puede ser que las repeticiones en la naturaleza no sean simples coincidencias sino algo así como el “bis” que se pide a los actores del teatro.

Pues bien, termina, «esta fue la primera convicción que provocó en mí el choque de mis emociones infantiles con los modernos credos científicos. […] Quiero decir que los fenómenos eran, o son, actos reiterados de una voluntad que los produce. En resumen, que siempre había yo creído que el mundo ocultaba algún poder mágico; pero, desde entonces, creí también que ocultaba algún mago. […] Siempre me había parecido que la vida era, ante todo, un cuento. Y esto supone la existencia de un narrador».