Old man- Paul Cadden

Esto usted me lo tiene que creer, porque lo vi con estos mismos ojos. Me encontraba yo, como cualquier otro miércoles, en la pulpería de Don Fermín tomando unos vermuts junto a los otros borrachines; cuando entró abriendo la puerta de golpe, el abogado. El fogonazo de luz fue una bofetada en la cara. Observó a los borrachos sentados en las mesas y estos le devolvieron la mirada. El aire estaba tenso y cargado de pasiones. Varios rajaron debajo de la mesa pensando que se trataba de Jesica. Ya le dije yo que todos en el pueblo le teníamos pavor a esa mina.

Finalmente se decidió por entrar. Una vez que cerró la puerta, la luz se fue y nuestros ojos cansados comprobaron que no se trataba de Jesica y nos tranquilizamos todos. El abogado caminó entre las mesas con un aire altanero. Relojeó a todos los borrachines hasta encontrar al que estaba buscando. El pobre pibe estaba en un rincón, ahí, entre las cajas de cerveza. En la parte más oscura de este rancho inmundo donde nos encontramos. Un chico de unos 20 años, borracho como un monaguillo con vino de misa. Era Tomás, y siempre se sentaba ahí el pibe. Pobre, se avergonzaba hasta de que los veamos nosotros, una panda de mamarrachos sucios. El chico este había sacado lo peor de todo este asunto del incendio (ojo, el primero). La mitad izquierda de su cara estaba toda quemada. Hecha mierda le digo, como un cuero arrugado y sucio. Tenia verrugas, cicatrices, ampollas en fin…. Una tragedia de jeta tenía el pobre pibe.

Y lógicamente estaba deprimido. A su edad, con esa cara nunca iba a ver mina que le diese bola. Le digo que el pobre chico era un monstruo. Pasaba sus días en la pulpería de Don Fermín y siempre buscaba changas de noche. En aquel entonces, había arrancado a laburar en la guardia nocturna en una fábrica a unos 40 kilómetros del pueblo. Entre los chicos ya se había corrido la bola del monstruo que vivía en la fábrica por las noches, y a más de uno ya había pescado tratando de entrar para sacarle fotos.

Pobre Tomás, la mayoría de las veces andaba sin laburo, y no tenía ni para pagar el vino que se chupaba. Así que más de una vez entre los muchachos juntamos unas moneditas para pagarle su deuda a Don Fermín. No me mire usted con esos ojos, le digo que el pibe este era bueno, y no necesitaba más mierda en su plato.

Pulperia Cacho di Catarina —Javier Jacarpi

Fue por eso, que no me gustó nada verlo a Norberto sentándose en la mesa del pibe y pedir dos cervezas. Así que levanté el oído para chismear un poco, imagínese que en esa época yo no estaba tan sordo como ahora. Era exactamente lo que los dueños del Gran Hotel temían. Norberto le propuso a Tomás que mienta, que cambie el testimonio y que diga que vio a Don Raúl salir de una habitación humeante antes de que todo se prenda fuego. El chico al principio no quería, no le parecía correcto, ¿no le dije yo que este era un buen pibe? Pero mire usted, como son estos abogados porteños, que en 20 minutos te pueden convencer hasta de vender a tu vieja. Norberto sacó de su saco un montón de papeles para que firme y refirme. Ahí yo ya me di cuenta que algo andaba medio para atrás. Yo creo firmemente que cuando un negocio es honesto, no es necesaria la firma, con la palabra vale. Pero bueno, esa es la apreciación personal de un viejo, tómela si gusta.

Cuestión que Tomás llevaba firmada la mitad de los papeles, cuando la puerta se abrió nuevamente de par en par y entró entre la luz cegadora nada más y nada menos que Jesica Zachiari. Fue como si alguien hubiese chupado el aire del lugar. Todos nos congelamos mirando a Jesica e inmediatamente bajamos la mirada. Los borrachines que se habían escondido bajo la mesa se tiraron al suelo y volvieron a su guarida. Incluso Don Fermín, que hace 60 años es dueño de esta pulpería, bajó la cabeza y pretendió lavar unos vasos. Imagínese la mala fama que hay que tener para que un tipo que es dueño de una pulpería, con la cantidad de personajes decadentes que habrá viso desfilar por esa puerta, baje la cabeza y rece «ojalá no rompan las sillas, que solo tienen un año».

Todos estábamos muy nerviosos por volver a ver a Jesica, pero por goleada el más nervioso era su hermano Norberto. Le juro que incluso entre la penumbra lo pude ver igual, todo pálido. Temblando como una hoja. Jesica, la muy guacha, sabía hacer una entrada dramática. Se tomo su tiempo, saludó a uno que otro borracho con una palmada en la espalda.

—Don Germán, ¿no debería estar con su familia usted? —me dijo mientras me saco el vino de la mesa y me dedicó una sonrisa.

Vea usted lo que me dijo la muy hija de puta, como si no supiese lo de… En fin, tomo el vino de mi mesa y fue directo a sentarse con Tomás y Norberto. Jesica abrazó a su hermano, y le dijo que lo había extrañado, y que por qué no lo había ido a visitar.

—¿Te alegras de verme o no, hermano? —le preguntó sonriendo

—Sí… Sí… Jesica… es que no tenía tiempo para…

—¿Para mostrarle amor a tu hermana que te quiere tanto? ¡Qué mal che! ¡Qué mal! Los hermanos sean unidos, dijo el Martín Fierro, ¿no? Porque esa es la ley primera, y si no están unidos…. ¿Cómo era Don Fermín?

El viejo en la barra suspiró pesadamente.

—Se los devoran los de ajuera —terminó la frase Don Fermín.

—¡Eso… eso! Los de ajuera…. ¡Eso va también para vos pibe! Tenés que tener cuidado con los de ajuera —le dijo a Tomás mientras palmeaba con fuerza la espalda de su hermano.

Pasaron unos minutos cargados de tensión donde Jesica y Norberto aparentaron ponerse al día con la vida de cada uno. Jesica realmente parecía curiosa y genuinamente interesada, por más que todos sabíamos que como todo lo demás en el mundo, la historia personal de su hermano le chupaba un huevo.

Al cabo de un rato, se levantó bruscamente.

—Vení hermano —le dijo a Norberto—. Deberíamos ir a visitar la tumba de mamá.

Norberto y todo el resto sabíamos que era una trampa. Jesica le hizo tanta mala sangre a su madre que varios creen que le causó el ACV que se la llevó. Pero cuanto mas rápido se vayan de la pulpería mas rápido podríamos volver a chupar en paz. Así que cuando Norberto se negó, todos lo instamos a ir. «Recuperar la unión familiar», fue que le dijimos. Mientras hablamos de la importancia y la responsabilidad que uno tiene frente a los suyos y un montón de chamuyos más. Incluso Don Fermín dijo algunas palabras, él que generalmente no habla mucho. Y frente a la presión del grupo, a Norberto no le quedó de otra más que levantar el traste, acomodar sus papeles y acompañar a su hermana.

Desde aquella ventana de ahí los pude ver a ambos en el callejón. Una vez afuera, Jesica lo empujó inmediatamente contra la pared y le encajó un rodillazo en el estomago que lo dobló en dos. Mirando a ambos lados, saco un revolver y se lo puso en la sien. Al cabo de un minuto, los dos hermanos se iban del pueblo en un Ford zigzagueando bajo el sol de febrero. Una al volante y el otro amordazado en el baúl del auto.


En el fondo el gordo Raúl era todo un comerciante, un tipo versado en la palabra. Capaz de convencer al más sibarita de que unas aureolas de humedad en el techo eran tonos degradados de pintura. Decisiones estéticas, una vez le oí llamarlas. Así que imagino que no le habrá costado mucho, entonces, arrastrar a Mila en el quilombo que se había metido. Estoy hablando, por supuesto del cráneo roto que le había dejado a su mujer.

Aparentemente, la chica se encontraba lavando las sabanas cuando un Raúl muy nervioso se le acercó a confesar lo que había hecho. Le pidió que lo ayude a ganar tiempo mientras encontraba una solución al problema. Todo a cambio de una parte de la plata del bendito seguro. Lo primero, era asegurarse que Silvia no muera en el sótano. Al menos no por ahora. Y Mila era joven, y como todos los jóvenes, era ambiciosa.

«Quizás ni siquiera estoy sacando tanto de esto como creo», reflexionó la chica mientas abría el candado y bajaba por las escaleras del sótano. Dejó el sándwich de milanesa y la Coca-Cola al alcance del brazo masivo de Silvia. Aprovechó la ocasión para respirar y reordenar sus ideas. El motor se había puesto en marcha antes de lo esperado, pero Mila se mantenía optimista. Recordó una charla a la que había asistido en el penal Santa Ana. Una mujer había viajado desde la capital para hablarles sobre la importancia de tomar las oportunidades que da la vida. De no dejar pasar ninguna.

—Las oportunidades no son todos los días, pero todos los días son una oportunidad —se repitió Mila, ella sería capaz de sacar el mayor provecho de esta situación, estaba segura.

Sintió una fascinación extraña al ver la cabeza reventada de Silvia. Por primera vez podía estudiar con cuidado a la dueña de aquella cama de la que su jefe no dejaba de escaparse. De un solo vistazo, pudo entender porque Raúl la engañaba

—El único problema —se dijo mientras trepaba por las escaleras— es mantener a Jesica bajo control.

Y con aquel pensamiento todavía colgado de su cerebro encadenó la salida del sótano. Cuando levantó la cabeza sus ojos se pusieron blancos de horror al posarse en el Ford destartalado que acaba de frenar en las inmediaciones del hotel. Mila comprendió que quizás se había apurado, y que ahora estaba en medio de un quilombo jodido. Imaginó que haber visto ese auto todo empolvado con la pintura oxidada zigzagueando por la ruta la hizo querer vomitar. Jesica, por su parte, desesperadamente le hacía señas para que se acerque.

—¡Nena, no me vuelvas a hacer esperar así! ¿Me oíste? —fue lo primero que la gemela Zachiari le dijo—. Vení, ayúdame con mi hermano.

—¿Con qué…?

—Con mi hermano boluda, está en el baúl. Necesito un lugar donde esconderlo.

Hasta hoy no entiendo la decisión de Jesica de llevarlo al hotel. Varios en el pueblo buscamos en vano alguna razón. Quizás era para comprometer definitivamente a Mila, o quizás tampoco tenía mucha idea de lo que estaba haciendo. Jesica no era de las que planeaban sus movimientos, sino que más bien se movía por instinto. Pero bueno, independientemente del motivo, esa era la situación en la que se encontraban las dos mujeres. Mila no tuvo mejor idea que volver a abrir el candado resguardando la puerta al sótano y poner allí a Norberto quien se encontraban amordazado en el baúl del Ford del 73.

Jesica era la que sostenía el arma mientras Mila le ataba las muñecas a una tubería a metros de la dueña del hotel (Mila había tapado previamente el cuerpo de Silvia con unas sabanas para evitar cualquier sorpresa). No puedo culpar a Jesica por no reconocerlo. Como le dije antes, Silvia tenía unas dimensiones aproximadas a las de un calentador de pileta olímpica.

No quiero ni imaginarme la cara que habrá puesto Norberto cuando su hermana le ordenó que se desvista. Sé que al menos tuvieron la decencia de dejarle los calzoncillos puestos, pero hasta las medias le sacaron. El pobre Norberto se encontraba encadenado a una tubería mientras dos mujeres le sacaban la ropa. Sé que a más de uno le puede sonar llamativa la propuesta, pero le aseguro que para Norberto no lo fue. Verá usted, por si aun no lo captó aquí se lo canto. El plan delirante de las dos mujeres se balanceaba en el parecido que los dos gemelos compartían.

En la mente de estas dos mujeres, le recuerdo que estamos hablando de una jovencita y una sociópata (ambas ex convictas), bastaba solamente con hacerse pasar por Norberto a la hora de firmar los papeles para de alguna forma quedarse con la plata. ¿Y sabe lo peor de todo? Que si el plan no fuese tan ridículamente delirante, sin siquiera considerar los tecnicismos legales que yo no manejo, toda la tramoya podría haber funcionado. Y le digo más. Jesica y Norberto eran tan, pero tan parecidos que la misma Mila se sorprendió al ver a la mujer disfrazada de hombre a pesar de que se había cambiado frente a sus ojos.

Quizás en esos momentos Mila se calmó un poco. Después de todo… habían dos planes diferentes en marcha, pero si jugaba bien sus cartas, al menos uno de ellos saldría bien y podría fugarse con el dinero.

—¿Cómo me veo? —le preguntó con un tono travieso Jesica mientras se anudaba la corbata.

—Como un millón y medio de pesos —le respondió sonriendo la chiquilina.


Y así en caliente, se fueron nomás las dos mujeres directo a la oficina de Don Raúl a seguir con la más delirante de todas las estafas en la historia de nuestro humilde pueblito. Lo encontraron, imagino yo, ya rondando la segunda o tercera botella de whiskey. ¿Sabe usted cómo son varios gordos? No se trata que les gusta la comida, sino que cuando agarran un vicio le dan y le dan y le dan. Bueno, Raúl le daba al whisky.

Era todo un espectáculo verlo en pedo a Don Raúl. Si bien su señora lo tenía agarrado de los huevos con el tema del chupi, en veintipico de años de relación más de una vez se le escabulló a lo de Don Fermín para escuchar el partido y tomar unos vermuts con el resto de los borrachos del pueblo. O en su caso, unos whiskisitos.

Ya cuando agarraba envión, Raúl era impresentable. Era uno de esos borrachos que se tambalean, babean y hablan incoherencias, ¿Me comprende usted?

Recuerdo que una noche que tenía una kurda de aquellas, me puse a estudiarlo cuidadosamente desde esta misma mesa donde está usted sentado. Verá, descubrí que el Raúl cuando chupaba se volvía otra persona. El momento exacto se podía determinar fácilmente. Generalmente pasaba cuando rondaba el 4 o 5 vaso. Ya para cuando se terminaba el sexto, su respiración se detenía repentinamente y Raúl permanecía así, todo durito. Le digo que pueden pasar un par de segundos y nada, sigue así con los ojos clavados en la botella. Es entonces, cuando larga un bufido laaaaaaargooooo, un sonido raro, animal. Como una cruza entre eructo y un alarido sonaba, como si por la boca se le escapase el alma. Y siempre lo sostiene por varios segundos. Lo sostiene y lo sostiene hasta el punto que varios temieron que se nos iba ahí, sentadito en la mesa nomás. Cuando termina con el bramido se transforma entonces en otra persona. Ya no es Don Raúl, el esposo mediocre y huraño de Silvia, sino el Gordo Raúl. Un ser malayo, agresivo, físicamente imponente. Capaz de tirarle un sopapo a un pibe, o patear al primer perro que tenga a mano por razones que solo el conoce.

Cuestión que las dos mujeres, o bueno mejor dicho solamente Jesica porque Mila estaba escondida con el oído pegado a la puerta, debían enfrentarse al gordo Raúl. Sin siquiera tocar la puerta, Jesica entró con la ropa de su hermano puesta y golpeo el maletín contra el escritorio. El gordo levantó la cabeza con esa expresión pesumbrosa que se le pega a la cara cuando chupa. No sé quien habrá hablado primero, pero la cuestión es que Jesica le dijo que debía volver inmediatamente a Buenos Aires y tenía ordenes de aprobar el pago. Raúl se habrá tenido que contener para no saltar de alegría Aparentemente, todo le estaba saliendo al pelo. Su mujer agonizaba en el sótano, mientras él estaba apunto de cobrar la plata. Luego de eso, no sería más que huir al Paraguay con Mila y quien sabe… quizás hasta formar una familia.

Imagino que el primer problema surgió cuando Jesica abrió el maletín de su hermano y volcó el contenido en el escritorio. No había allí más que diarios viejos y revistas Playboy del año 70. Ningún documento. ¡Era todo verso! Bah, no todo, la póliza existía pero la posibilidad real de pagarla nunca había estado en la mesa. Los guachos esos de Buenos Aires ni habían aceptado como posible la idea de pagar la plata. Lo mandaron a Norberto, solamente para que convenza a Tomás a cambiar su testimonio.

Quizás si Mila hubiese sido la que hablaba en lugar de Jesica todo podría haber terminado en buen puerto. O al menos no tan mal como terminó. Pero como el destino es jodido, era Jesica la que tenía que explicarle al gordo Raúl porque no había ningún contrato en el maletín. Jesica era muy rápida a la hora de dar un manotazo o desenfundar el facón, pero la verdad es que para hablar era medio lerda. Desde chiquita se atragantaba cada vez que alguna profesora le preguntaba la tabla del 4 o las vocales abiertas y cerradas. Una vez una maestra suplente, tuvo la mala idea de hacerla recitar frente a todas sus compañeras el abecedario. A la mañana siguiente, el coche de la profesora apareció con bosta hasta en el cenicero.

Imagínense la cara de Jesica, pobrecita lo único que la separaba del gordo que ahora comenzaba a caer en la estafa eran un montón de revistas amarillentas con las hojas pegadas. Como ninguno de los dos no era particularmente brillante, no puedo decirle bien cuanto se habrán demorado en sumar dos y dos. Pero cuando lo hicieron, casi al mismo tiempo los dos saltaron al frente con los tapones de punta.

—¿Vos me estás jodiendo pelotudo? —preguntó el Gordo Raúl— ¿Qué es toda esta mierda? ¿Donde están los papeles?

—Gordo careta, borracho y estafador —imagino que le dijo Jesica.

No pasó mucho tiempo hasta que el asunto se volvió físico, seguramente gracias a algún sopapo de Jesica. Mila, mientras tanto, escuchaba a través de la puerta, rezando en vano para que todo salga bien. Imagínense la sorpresa del gordo, cuando le dio un empujón al abogado y sus manos calludas no sintieron el pecho huesudo y flacuchento de Norberto sino las (discretas) tetas de su hermana.

—¿Qué está pasando acá? Vos…. ¡Vos sos la otra! —gritó finalmente.

Su rostro grasoso palideció al resolver el misterio. Probablemente, hubiese preferido no hacerlo. Estaba, después de todo, delante de Jesica Zachiari, lo peor que Arrollo Chico tenía para ofrecerle. Y imagínense usted como estaba Jesica. Su plan había fallado, no iba a poder conseguir la guita, y además se sentía bastante ridícula por haberlo siquiera intentado. Jesica odiaba sentirse estúpida. Y siempre que pasaba, generalmente alguien terminaba con la nariz rota.

—Bueno, a la mierda con todo entonces —dijo la mujer mientras desenfundaba el revolver del 38 que tenía escondido en el bolsillo interior del saco.

Con la misma velocidad con la que había sido urdido, el plan se desmoronó. Jesica llamó a los gritos a Mila que no paró de maldecir su suerte. Casi que me parte el alma pensar en Raúl cuando la vio entrar. Así que su esposa tenía razón. Mila solamente lo estaba usando.

—Cambio de planes, nena, ¡vamos por la caja nomás!

Mila no sabía a quien mirar. Le digo que la chica no era completamente mala. Solo tomó malas decisiones. Estoy seguro que si usted le preguntaba en ese momento como se sentía, la chica le hubiese dicho que todo ese asunto la avergonzaba.

—¿Dónde esta la caja? ¡¿Dónde?! ¡gordo puto! ¡O te vuelo el marulo ahora mismo!

Raúl no le respondió, quizás por rebeldía o por miedo, difícil saberlo. De todas formas, Mila le hizo evidente de que lado estaba, cuando descolgó el cuadro de la virgen de Luján y le mostró la caja fuerte. Ahí, baj´p la bendita ametralladora que el gordo tenía colgada.

Fue en ese momento que la luz se corto y todo se fue al diablo.

38

Verá, paralelamente a todo esto (en el sótano de la pileta), Silvia recuperaba la conciencia. Estaba hecha una loca seguramente, dispuesta a comerse vivo a su marido. Si la mina no toleraba ni que le llevase la contra a la hora de elegir el sabor de las empanadas, imagine usted cómo estaba después de que su marido le reviente una llave inglesa en la cabeza.

Ni bien Norberto la vio erguirse, le indicó que lo desate. Tenía en mente un plan para que los liberen. ¿Se acuerda que yo le comenté atrás que ademas del calentador, en el cuartito estaba también el generador del hotel? Bueno, el plan de Norberto era cortar la luz del hotel y obligar a Raúl a bajar a arreglarla. Una vez dentro, tendrían una chance de huir y pedir ayuda. Como ninguno tenía conocimientos de electrónica, ni sabía donde estaba la palanca, optaron por la peor decisión de todas: un cortocircuito.

El plan lo llevaron acabo con la botella de Coca-Cola que Mila le había dejado a Silvia. La abrieron y volcaron todo el contenido dentro de los circuitos del generador. Este chispeó y se sobrecargo cortando el poder. Pero no solo eso, le digo que en esta historia hubo una fuerza sobrenatural, porque la suba brusca de tensión reactivó el calentador que llevaba meses descompuesto. Yo no soy ingeniero ni mucho menos, no soy más que un pobre peón, pero entiendo que las posibilidades de que eso suceda son todavía menores que las de tener dos gemelos en Arrollo Chico. El calentador se reactivó y comenzó a calentar y calentar y calentar.

Ya sabe usted que tipo de personas eran Raúl y Silvia así que me imagino que no se sorprenderá al ver que no cumplieron con las medidas mínimas de seguridad. Todo el cuartito estaba repleto de cajas de madera, papeles administrativos y baldes de pintura vieja . En cuestión de minutos, el abogado inepto y la esposa insufrible se vieron rodeados por unas llamas verdes que crecían, crecían y no dejaban de crecer.

Ya pueden leer la parte final: