Un grito inolvidable

Supongamos que naces en Córdoba, a fines de la década del 70, el año en que hay dos cambios de Papa. Elvis ya había, supuestamente, muerto. Inglaterra todavía no lo sabía, pero en poco tiempo tendría su primera mujer como Primer Ministra. Argentina tampoco lo sabía. No se había inventado el walkman, pero los chicos más pudientes ya jugaban con el Atari 2600.

Hagamos el esfuerzo de creer que al tiempo te vas a vivir a Santa Fe, a la ciudad de Firmat. De a poco vas creciendo y te empieza a gustar el fútbol. No te sentís un virtuoso, pero te gusta. Le pegas con la izquierda, con la derecha te cuesta hasta pararla. En los primeros picados intentas jugar arriba, pero se te hace difícil destacarte. Asumamos que sos muy tímido, que cada palabra tuya la guardas con recelo. A medida que vas creciendo te vas dando cuenta que lo que mejor se te da es jugar abajo, que tenés condiciones, que sos duro, que los delanteros a los que les toca enfrentarte no se salen con la suya tan fácil. Te vas a probar a un club, humilde, de barrio, y quedas. Materialicemos que empezás a jugar al fútbol en serio. Ya sabes, y no hay lugar a duda, que tu puesto es central. Segundo zaguero central, como les gusta decir a los relatores. Especulemos con que ya en esa época te empieza a gustar ir a cabecear en cada córner a favor. No vas a hacer muchos goles. La cantidad se ve minimizada, ridiculizada muchas veces con la calidad o peor aún con la relevancia, pero ganás de arriba, en las dos áreas. Ves una veta clave ahí, y creés que debes explotarla.

Supongamos que te das cuenta que la pelota pesa más que los libros, que ves un futuro en el deporte, y no es de vago, no, es porque realmente te gusta, y creés que tenés condiciones. Los que te conocen bien saben que no es falsa modestia. Así como hablas poco, tampoco te gusta andar alardeando de más, pero apostás por eso. Demos por sentado que logras, a través de un contacto del club donde venís jugando, entrar en un equipo grande de la provincia. En Rosario, esa ciudad que queda adentro del fútbol, donde todo lo que pasa, tiene que ver con ese maravilloso juego. Donde hay dos opciones, y vos tomás una.

Consideremos que tenés un nombre, y un apellido, y que ese apellido remite a una ciudad, a un emblema a nivel país de una religión que mueve masas. No le das importancia a eso, a vos solo te importa jugar al fútbol, es lo único que te mantiene alerta, que te alimenta una ilusión que es cada vez más grande, cada vez más real. Tan real es que un día, a tus dieciocho años, debutás en Primera. Dentro de tu humildad, tu sumisión, y tu adolescencia, crees que vas a pasar desapercibido, y eso te tranquiliza. Supongamos que desde la época de inferiores hay un hombre, un señor formador, que se ha fijado en vos. Le pasaron el dato, ese nombre y ese apellido, así como el de otros miles de chicos, pero en vos vio algo. Por suerte no estabas ni enterado, y eso te permitía dar tus primeros pasos con tranquilidad. Y es gracias a esa tranquilidad, a esa seguridad que siempre te caracterizaría, que ese hombre decide contar con vos para los seleccionados juveniles.

Imaginemos por un momento, que ese palpito no era tan errado. Que te afianzas rápido en Primera, y que el puesto en la selección juvenil, ese mismo de segundo central, es tuyo, y que al año siguiente se juega el Mundial. Tomémonos el trabajo de pensar en un Mundial, sea la categoría que fuera, en el que Argentina volvía a ir como favorito, a tener que revalidar lo hecho solo dos años antes. En otro momento, en otro país, con otros jugadores, pero con la misma idea, con la misa cabeza de grupo, con un mismo proyecto.

Supongamos ahora, que en la camiseta, arriba del tres que te tocó en suerte ya no figura el nombre de la ciudad. En un acto de grandeza, de reconocimiento puro que te pinta de cuerpo entero, elegís que el apellido sea otro. Llamativamente, por esas particularidades del destino, ese apellido hace una reminiscencia directa hacia otra religión, que nada tiene que ver con la ciudad ni con el emblema anterior. Pero esas cosas no pasan por tu cabeza. Estas pensando en el único objetivo posible.

Tomemos el hecho que se te da. No solo a vos, lógicamente, sino a todo ese grupo, en el que el alma futbolística, el capitán, el dueño de la pelota, es uno sólo, y juega en un club grande de Buenos Aires. Para esa época, ni él, ni los millones de hinchas tienen noción del romance que vivirán en poco tiempo, son como dos enamorados que se conocen, pero que todavía no han caído rendidos a la involuntaria sensación de haberse encontrado. Pensemos en la posibilidad de que ese mismo club se encuentre viviendo una etapa de refundación después de algunos años en que los éxitos escasearon, y sobraron las compras de feria. Creamos posible que uno de los primeros nombres que suenan para encarar ese proyecto, no es otro que el tuyo, que te volvés sin saberlo una de las primeras cartas con que ese monstruo empieza a barajar de nuevo, en busca de una mejor mano.

Supongamos que el ciclo cambia y el proyecto empieza a tomar forma. Que lo que te habían prometido empieza a cumplirse, que de a poco vas jugando cada vez más y que logras cierta comodidad, en el club, en el equipo y en el puesto. Fantaseemos con la idea de que comenzás a desarrollarte y a consolidarte como un jugador de Primera División. Que una tarde de domingo y tras un centro extraño, como fallido, te anticipas al arquero y por primera vez en tu carrera profesional, gritas un gol propio. Tengamos la certeza de que ese, sin que abunden, no sería el último.

Demos por cierto que asoma desde el vestuario el germen de un grupo que se vislumbrará capaz de torcer una historia esquiva. Imaginemos entonces, que unos meses más tarde, a pesar de un empate aburrido, denso, se vuelve a escuchar campeón por la zona sur de la ciudad. Por esa República rebelde, irreverente, la alegría vuelve a dar un paseo, a reencontrarse con esas calles históricas, a teñir de colores ese Caminito eterno. Y que ese campeonato, ratificado seis meses más tarde, imprime los pasajes para conocer y darse a conocer en el continente y en el mundo entero. Pero vayamos despacio, que el trayecto es largo. Viajemos a Bolivia, a disfrutar de la falta de perfección en las obras de arte. A revivir el traspié, el arranque incómodo, el miedo. Comparemos ese viaje con el de dos meses después, a Uruguay, y contemplemos la evolución. Sellemos el pasaporte en la salida, y armemos las valijas, porque tal vez no volvamos jamás al lugar del que partimos.

Demos por sentado, sin ningún dejo de soberbia, que lo de Ecuador no es más que una escala y volvamos a Buenos Aires. Otra vez el paso en falso, como si fuera el combustible necesario para explotar todo por los aires una semana más tarde. Usemos esa derrota monumental como inyección anímica, y descarguemos en la ribera lo que no respondimos con la boca. Dejemos las muletas en el vestuario, a las estatuas en los museos y recibamos al héroe como se merece. Pongamos tu nombre en las sombras, tras el muro, solo por unas semanas más.

Agreguémosle como condimento un cambio al recorrido, para no cometer la herejía de acostumbrarnos. Un comienzo cómodo en casa, para ir a definir tranquilo al Norte, bien lejos. Conjeturemos que sin saberlo, ahí desemboca de forma inequívoca nuestro destino. Dejemos el decoro de lado, y atrevámonos a revisar la historia, a jugar con ella y a creer que el viaje de Colón fue un simple cuento, y que América todavía no había sido conquistada.

Supongamos que a unos poco más de dos mil kilómetros de donde abrazó las costas el genovés, te ubica la historia a vos, quinientos años más tarde. A ese joven al que nada parecía inmutarlo, a ese central inquebrantable, a esa sobriedad hecha carne. Imaginemos un comienzo ligeramente tranquilo, hasta que el barco recibe el primer cimbronazo. Un 0–1 a los doce minutos, con un estadio repleto, que amenaza con hacer valer oro español aquel gol de visitante que parecía tan olvidable.

Esperemos un andar pausado luego de ese primer golpe, hasta bien entrada la segunda parte, esas que según cuentan, no suelen ser buenas. Ubiquemonos en la idea de que falten veinte minutos, la ventaja sea todavía de dos goles en el global, y compremos los espejitos de colores. Preparemonos con la premura suficiente para soportar una nueva embestida, y ajustémonos los cinturones, porque faltando nada más que nueve minutos para disfrutar del espectáculo reinante, un argentino, aquel hombre que había dicho presente para empañar la fiesta del bicampeonato, parece ensañarse con vos, con tus compañeros, con tu gente.

Inventemos que a los ochenta y un minutos ese hombre pone el partido 0–3, que iguala la serie dejando en ridículo a una defensa sorprendida, ilusiona a medio país del norte y otro casi medio del sur, y deja endeble a ese trasatlántico, que en el afán de no naufragar parece alejarse de la orilla cual velero en una noche de tormenta. Tratemos de entender cómo una defensa que te tiene como protagonista pasa de la seguridad a la fragilidad sin puerto intermedio. Caigamos en la cuenta de la tensa calma en la que navegan esos muchachos entre los que te movés desorientado. Evoquemos, sin embargo, a alguien que encarrile el barco nuevamente hacia el horizonte, como si tuviera todo controlado.

Creamos posible que en medio de ese escenario, aquel referente del Mundial juvenil, camina hacia el córner con la tranquilidad de los grandes, a días de cumplir tan solo veintidós años. Como si supiera que el enemigo no es tan fuerte como amenaza, como si el ruido ensordecedor de un estadio en llamas no lastimara sus oídos, como si recordara que en ese mismo lugar, catorce años antes, ante una multitud similar, un hombre de un metro sesenta y cinco de altura tocó el cielo con las manos. Imaginemos que tira un córner a simple vista pasado, un centro extraño, como fallido, que supera la vista de todos y entrega una tranquilidad tan engañosa como efímera.

Detengamos el tiempo un instante. Enfoquemos esa milésima de segundo en que la pelota cruza el área y te encuentra a contrapierna. Pensemos en el cobarde alivio de los otros, en la infame decepción de los tuyos, pero creamos que no en todos. Porque sos vos el que ve bajar la pelota hacia donde estas, sos vos el que no se va a dar por vencido, el que no la va a dejar caer. Sos vos el que se apoya en esa pierna derecha, el que pega el salto y cierra los ojos antes de darle con el parietal mandándola, otra vez, hacia arriba. Cerremos también nosotros los ojos. Y soñemos.

Soñemos que la pelota vuelve a subir, vuelve a sobrevolar las cabezas de los casi veintidós hombres que pueblan el área, tan alto que las miles y miles de almas que desde ese mismo lugar o desde el otro rincón del mapa miran también para arriba, sienten que las leyes de la física no valen nada. Que ni la gravedad, ni la inercia, ni el tiempo, supieron ni sabrán explicar jamás la eternidad que enfrentamos aquellos que miramos ese punto blanco moverse en el aire. Inflemos el pecho, aspiremos bien profundo y volvamos a abrir los ojos.

Imaginemos que esa pelota baja, lenta y suavemente. Fantaseemos con que esos defensores no saltan, con que ese arquero no alza las manos, con que esos penales no llegan. Burlemos a la suerte y vayamos hacia ese lugar, hacia ese momento único e inolvidable en el que cambia la mano, en el que vos cambias la historia, en el que ese apellido, tal como lo elegiste, brilla en lo más alto, en el que corres desaforado y yo te dejo de mirar, no porque quiera, sino porque no puedo. Tengo la boca tan abierta, la garganta tan ardiente, los ojos tan rebalsados, que no puedo mirarte, no tengo lugar para hacerlo. Solo grito, lanzo insultos al aire, sonrío entre lágrimas. El mundo se detiene para mí en uno de esos instantes que dividen un antes de un después, y el fútbol escribe una hoja imborrable en mi vida. Mantengo los brazos rígidos cargados de una tensión de la que me cuesta desprenderme. Me desahogo de una angustia contenida, de un miedo horrible a una derrota inesperada, de aquel gol que no pude gritar unas semanas atrás por culpa de un amigo de mi hermano, de los años de niñez vacíos de éxitos deportivos propios, plagados de victorias ajenas, de una espera inagotable por conocer la gloria. Grito sabiendo que algún día, de alguna manera, me encargaría de pagar mi deuda. Grito siendo consciente que el fútbol me regalará muchas más y mayores alegrías, pero grito, gracias a vos, con la certeza de que nunca, por más que lo intente, volveré a gritar un gol así.

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