Un prisionero agonizando

I

Son apenas las siete de la tarde-noche. A mí alrededor la oscuridad se apropió de casas, jardines, calles y rincones, a no ser que pase algún auto con las luces altas encendidas, el colectivo o la policía con sus luces giratorias. Me gustaría sacarle una foto al panorama cuando no hay luz y que todo sea captado de la misma forma en la que lo veo a través de mis ojos.

II

La luna alumbra a mi derecha alejada de la ventana. Pienso que de acercarse un poco más me serviría para seguir leyendo ese libro que compré hace poco y apenas leí 40 páginas. Un vecino para su auto en la esquina, apaga las luces y pone música a todo volumen. Otro grita “Volvió la luz”. Como una tonta levanto la cabeza, para ver si el servicio se está reestableciendo por etapas, como dijo Edenor. Lo único que logro ver es que todo se convirtió una sombra inerte. En el cielo no hay estrellas, una fina capa de nubes lo deja blanco, con un leve resplandor anaranjado que comunica que del otro lado de Panamericana hay luz.

III

El barrio está en silencio, a no ser por las cumbias del auto de la esquina y el ruido de los autos que pasan por la ruta a más de 120 km/h. Salvo por esas dos excepciones todo lo demás está en silencio, apagado, desenchufado. Es como si todos fuéramos robots y nos hubieran sacado la batería ¿Acaso la luz eléctrica es lo que nos da vida y nos permite dar curso libre a nuestra ansiedad? ¿No será mejor que nos vayamos a dormir ahora y nos levantemos temprano? No, seguro que no, porque aún quedan muchas cosas por hacer sumidos en la luz de las velas bajo un manto de oscuridad, pero lo fundamental es intentar no convertirnos en robots con batería baja.

IV

Es inconmensurable la sensación de incomodidad que me provocó, me provoca y me seguirá provocando la falta de suministro eléctrico. Esa sensación de que me sobran cables y no hay un puto enchufe donde conectarlos, porque estoy dentro de una caverna o rodeada por un desierto.

Siempre me termino enojando cuando no hay luz. Todas las cosas que pienso en hacer son imposibles, porque necesito electricidad para hacerlo y cuando no puedo hacer nada me aburro más que una nena de ocho años. Necesito electricidad para hacerme un licuado, jugar a la play, leer comics en la tablet (que esa noche casualmente no tiene batería), encontrar el encendedor para prender un cigarrillo y un sinfín de cosas que uno hace cuando está aburrido. Ni siquiera me puedo hacer una paja, porque el enojo me anula la inspiración.

V

Me siento como Chappie sin una mente. Un pedazo de hojalata sin razón de ser. Una caja desarmada tirada en un volquete. Bane sin su máscara. Hawkeye ciego, sin su arco y ni una pistola cerca. Flash congelado. La electricidad me da vida y su ausencia me perturba.

Me perturba como cuando descubrí que una canción fue creada treinta años antes en una escena postpunk y originalmente sonaba como un prisionero agonizando en su calabozo.

VI

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