Un proyecto grandioso y abrumador

Un libro de historia con el que pasé horas de lectura y con el que aprendí mucho: Un camino entre dos mares. La creación del canal de Panamá, de David McCullough.

Es una historia extensa, bien contada, organizada en tres libros: «La visión» (1870–1894), «Barras y estrellas para siempre» (1890–1904), y «Los constructores» (1904–1914). El autor hace hincapié, según el momento, en los aspectos político, económico, ingenieril, médico o social. Dedica especial atención a los protagonistas principales: primero a los promotores franceses, sobre todo Ferdinand de Lesseps y más adelante Philippe Bunau-Varilla; y luego a los ingenieros norteamericanos al frente del canal, John Stevens y George Goethals, y al médico William Gorgas.

A De Lesseps lo describe como un mago para un siglo, como el XIX, deslumbrado por los nuevos poderes de la ciencia. Después de haber impulsado y terminado el canal de Suez, gozó, «como él mismo dijo en cierta ocasión, del “privilegio de ser creído sin necesidad de probar lo que se afirma”. Eso fue lo que le convirtió en una fuerza tan popular y un hombre tan peligroso». La suya no era la fe que podía mover montañas. «No. La suya era la fe de que a las montañas las podía mover la tecnología. Estaba tan deslumbrado por el impulso del progreso como por sus pasados triunfos». Y es abrumador el engaño colectivo, también autoengaño, que puso en marcha y que, con la contribución de los poderes de su tiempo, arruinó a miles de familias.

El gran esfuerzo médico que se hizo para erradicar las enfermedades e infecciones de todo tipo fue un logro de gran magnitud aunque, señala el autor, fue un éxito tan incuestionable como relativo: dependía del sector de la mano de obra del que se hablase pues, ya en la época norteamericana del canal, «sin duda, a los trabajadores blancos y a sus familias les iba muy bien; en cambio, para la inmensa mayoría negra, el cuadro era alarmante». Los hospitales que se pusieron en marcha, los mejores para la época, atendían a cualquiera de los trabajadores sin distinción de color — y, en ese sentido, igual que en el salarial, los negros que trabajaban en el Canal estaban en mejores condiciones que, por ejemplo, los negros que trabajaban en la industria estadounidense — , pero, en cualquier caso, mientras que a los trabajadores blancos se les daba alojamiento no así a los trabajadores negros. En conjunto, al blanco se le trataba unas quince veces mejor en cuestión de servicios sociales. El balance final fue de 500 muertos por cada kilómetro de canal aunque fueron los primeros años cuando el número de muertos fue abrumador.

Por supuesto, es sensacional la historia de los logros técnicos. En particular, las grandes esclusas son una proeza de la ingeniería: hubo que diseñar, sin modelos previos, todos los mecanismos que las abrían y cerraban herméticamente, y luego fabricarlas en Pittsburg, donde funcionaban cincuenta fábricas para todo lo que necesitaba el canal. También entonces, la General Electric, una empresa joven, obtuvo su primer gran contrato y preparó un sistema de control, semejante al de los ferrocarriles pero mucho más complejo, que nunca se había usado antes y que, medio siglo después, seguía en funcionamiento.

Pero, a pesar de todos los logros, a pesar de que se puede decir que la generosidad de los Estados Unidos en muchos sentidos fue extraordinaria, indica el autor, comenzó entonces el gran resentimiento de América Latina hacia ellos, por haber favorecido el golpe de estado de un grupo de panameños contra Colombia y por haber incumplido los acuerdos firmados. También, las decisiones que provocaron grandes desplazamientos de poblaciones indígenas, y luego el comportamiento de la mayoría de los norteamericanos en la zona del Canal — «los estadounidenses eran gritones, arrogantes, maleducados y bebedores» — , junto con la condescendencia de muchos hacia los nativos, se convirtieron en fuentes de resentimiento permanente.

Por último, un párrafo aleccionador. El autor explica cómo, entre los hombres clave para la construcción del Canal de Panamá, uno fue George Goethals, ingeniero civil y oficial del ejército norteamericano al frente de las obras desde 1907 hasta su apertura en 1913, y luego gobernador hasta 1916. Al final, al hacer balance de su trabajo y hacer notar su tenacidad, habilidad y valor, McCullough dice:

«Asimismo, el hecho de que una obra tan enorme y costosa se llevara a cabo sin sobornos, comisiones encubiertas, nóminas engordadas ni ninguna de las muchas formas de corrupción endémicas en tales empresas parecía casi inconcebible al comienzo y no deja de ser menos notable visto en retrospectiva. Pero el canal, entre otras muchas cosas, era un proyecto limpio. Ninguna de las miles de empresas diferentes que negociaron con la Comisión del Canal del Itsmo obtuvo ganancias exorbitantes. No hubo ni el más leve indicio de escándalo desde el momento en que Goethals obtuvo el mando, ni hay pruebas de corrupción de ningún tipo en todos los años sucesivos».