Un robo más,

un robo menos,

¿cuál es la diferencia?

Primera entrega de la serie «Una vida en Bastión»


—Párate ahí chuchad`tumadre. No me mires carad`laverga o te pego un tiro.

—Ya, no miro, pero déjenme los papeles.

—Bájate, bájate con todo. ¿Dónde tienes el celular?

—Ya lo tengo, vamos.

—No mires atrás pelaverga, no mires.

Luego de doce robos uno se acostumbra al discurso de los ladrones. Con el tiempo sus insultos ya no me intimidan, ¿será por eso que ahora necesitan mostrar el arma para que les crea que lo que están haciendo es robándome?

Puedo marcar un hito en cada lugar, cerca de este sector, donde me han asaltado.

—Bastión Popular es una ciudadela exclusiva.
— ¡Exclusiva para choros! — bromeamos entre amigos.

Pero, ¿por dónde empezar?

El Yuco, chapa, apodo o sobrenombre que adquirió mi mejor amigo (por razones afectivas y de seguridad omitiré su nombre real, ya saben, algún Paco podría estar leyendo esto) no mucho tiempo atrás, porque ahora que recuerdo, su chapa original, cuando ingresó a la pandilla de los “96”, era el Tazo.

—Mi primo es líder de la esta shoona, si nos metemos no vamos a pashar pruebas (las pruebas de ingreso a las pandillas de aquel entonces, 9 años atrás, consistían en palizas propinadas por cada uno de los miembros de la pandilla)

—¡Ya pues! — dije.

Ese Ya pues nunca prosperó. Él ingresó a la pandilla, como lo tenía previsto, y se desgració la vida; yo a la religión, de porque ambos terminados jodidos, como diría Vargas Llosa en Conversación en la Catedral, es otra historia.


En la esquina están todos ellos en grupo, el Yuco, el Nepe, Armando, la Negra y otros que no conozco, pero ellos sí a mí. Es incluso posible que alguno de ellos me haya robado en alguna ocasión. ¡Uno nunca sabe! Raras son las personas que al momento de estar siendo asaltadas toman tiempo para mirar y memorizar rasgos de los choros. Yo no soy uno de ellos. Puede que la persona que me robó minutos antes se pasee frente mío y yo no lo reconozca, pero eso no ocurre en la vida real, espero.

Al grupo se acercan las hijas del Yuco, dos pequeñitas de tres y siete, descalzas sobre las calles de tierra, que visten únicamente un calzón, a pedirle dinero para comprar golosinas en la tienda de la esquina. A lo lejos se escucha el sonido de un carro, a la distancia se observa un taxi bajando la calle. Todos se inquietan. Hablan entre ellos cosas que desde el lugar donde estoy no logro entender. Veo que se mueven. Bajo el árbol donde están ubicados hay muchas hojas secas, buscan algo bajo ellas. Desvío la mirada de ellos por un segundo, cuando la vuelvo, descubro armas en sus manos, armas que ahora esconden bajo sus pantalones, a la altura del cinturón. El Yuco les grita sus hijas.

— ¡Sáquensela a la casa!

Sus hijas se van corriendo, como previendo lo que se avecina.

— Entren, entren que esos muérganos ya van a comenzar con sus pendejadas — nos dice una de mis vecinas.

El taxi pasa frente a nosotros, lleva una pasajera en el asiento de atrás, la reconozco, no sé de dónde, pero la reconozco. El auto para en la siguiente esquina, la chica se baja, veo al grupo pasar frente a nosotros también, rumbo al taxi, casi corriendo.

— Vigila cabrón — grita el Nepe.


La Negra saca el arma de entre su cintura y aborda al conductor por la ventana, el Nepe hace lo mismo por la ventana del pasajero. La chica se ha quedado parada frente al taxi, sin saber qué hacer, más tarde me entero que ella era parte del plan. Unos minutos, dos para ser exactos, duró todo el proceso; 50 dólares de botín, y ahora corren, dispersos, por los callejones del sector. El taxista da la vuelta y avanza a la salida, como sabiendo que emprender una persecución en aquel lugar es peligroso. La chica pretende estar horrorizada. El taxista pasa frente a nosotros, se nota asustado, sus manos tiemblan sobre el volante. Una hora más tarde el grupo regresa. Las familias indignadas salen a reclamarles.

—¿Hay niños aquí, ¡maricones!, cómo se les ocurre hacer eso frente a ellos?

Los reclamos giran en torno a eso, ‘hay niños alrededor’ como diciendo, no me importa que sean ladrones, sólo no lo hagan frente a los niños. A nadie se le ocurre denunciarlos, menos increparles sobre su conducta.

A mí se me ocurre, pero todos saben que ir en contra de alguno de ellos no es una buena idea.



Artículo originalmente publicado como Crónica de un robo anunciado en Gkillcity