Un tiempo

Es una hermosa mañana. Se tienden sobre el césped, tan solo a contemplarse. Él, generosamente la recibe sobre su pecho. Ella lo abraza. Es su tercer año de novios.

Él juega con su pelo. Sueña con llevarla a París. Al Jardin des Tuileries; ése es el lugar: caminarían despacio, entre los árboles, viendo la puesta del sol. Después tomarían café en la Place de la Concorde: un vienés, por supuesto —el favorito de ella—. Cenarían en Le Meurice: su famoso cordero con alcachofas y limón; con un buen vino de Borgoña. Terminarían en L’Astrance, ¡¿cómo perderse su tarta de Moras?! Allí, precisamente en L’Astrance —piensa él—, le dirá que la quiere, que no concibe su vida sin ella. Que la ama, que la necesita. Le pedirá su mano.

¿Dirá que sí? —se cuestiona— ¡Por supuesto! Ella me ama. Lo sé.

Entonces sonríe, por lo mucho que lo ha pensado. ¡Y lo mucho que le ha costado! Ha sido un año de trabajo y esfuerzo; pero ya tiene todo preparado, hace unos meses compró los boletos y, desde luego, tiene ya las reservas. Ahora solo debe decirlo.

¿Y cómo lo haré? —se pregunta— ¡Debo ser sutil! Quiero que para ella todo sea inesperado. ¡Será una gran sorpresa!

Así es él. Un romántico que busca siempre la mejor forma, el mejor momento, el mejor lugar. Ella ha sido su único amor. Por eso tanto reparo, tanto cuidado al detalle. Todo debe ser perfecto.

Pasan los minutos, él sigue pensando, ella guarda silencio. Es el momento —lo entiende—, es ahora o nunca. La mira entonces, con sus ojos profundos. La toma del rostro, con ambas manos, la mira fijamente, la mira y sonríe; ella, antes inmóvil, comienza a desprenderse, a un ritmo lento, imperceptible. Él no lo nota. Está nervioso; pero está decidido. Se resuelve entonces y la abraza fuerte. La cubre con sus brazos. La besa. ¡Está a punto de decirlo! Pero ella se adelanta:

Tengo que pedirte algo —susurra. —Démonos un tiempo.


2014

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