Una crónica para los que aspiran a vivir.

Del Dolor a la belleza, en una pequeña historia.

Según la mitología griega, las amazonas se mutilaba uno de sus senos para usar con mayor facilidad el arco y la flecha, símbolo del poder de un pueblo guerrero como el suyo. En otras palabras, ofrendaban su feminidad y su cuerpo para ser más certeras, mortales y poderosas, para luchar con mayor libertad. Era una costumbre venerada y celebrada por todas las mujeres descendientes de Ares, que se sometían gustosas al sacrificio. Sobrevivían al dolor como una celebración a la fuerza espiritual. Un ritual que las enaltecía no sólo como guerreras sino como sabias en el poder del sufrimiento.

Pensé en la vieja leyenda mientras acompañaba a mi amiga Luisa a su consulta médica. Luisa fue diagnóstica de cáncer de mama hace seis meses y recibió seis sesiones de Quimioterapia. También debió someterse a una masectomía radical, de la que se está recuperando con esfuerzo. En un país como el nuestro, donde las medicinas escasean y además, la crisis sanitaria a reducido a su mínima expresión cualquier cuidado médico, la odisea de Luisa ha sido incluso más dolorosa de la que cabría esperar para cualquiera que sufre su cuadro médico. Sentadas juntas en la pequeña sala de espera del consultorio de su médico, miro su perfil, delgado y huesudo con preocupación.

— ¿Cómo vas? — le pregunto sin poder contenerme. Eso, a pesar que sé que detesta le pregunte como se encuentra, que cualquiera se preocupe por su salud. Aprieta los labios, me dedica una mirada de soslayo, con las mejillas enjutas tensas. Ah, sí, la he disgustado.

— He tenido días peores y lo sabes.

No lo sé. Pero puedo imaginarmelo. Luisa no me dijo sobre su cuadro médico hasta que no pudo evitarlo: lo ocultó de hecho a todos quienes la conocemos durante meses. Vivió el drama del diagnóstico, la incertidumbre de la salud que se deterioraba con la única compañía de su padre y su hermano menor. Finalmente, decidió contarnos a sus amigos más cercanos que ocurría. En un correo electrónico de seis lineas en donde resumía con durísima y directa franqueza lo esencial: “Fui diagnosticada de cáncer de mama, debo someterme a sesiones de quimioterapia y una masectomia. No hay medicamentos en el país para mi caso. Necesito su ayuda”.

Leí el correo paralizada de horror. Había conocido a Luisa en la Universidad y desde entonces, habíamos sido amigas cercanas. Fuerte, voluntariosa, extrañamente visceral, es de ese tipo de personas cuya fortaleza te intimida pero también te resulta admirable. Luego de la muerte de su madre, se había hecho cargo de su hermano menor y un padre deprimido aplastado por el luto inesperado. Todo eso, aún con apenas los veinte cumplidos, confusa y sin saber muy bien que se esperaba de ella. Con ese estilo suyo, directo y resuelto, había luchado contra el pequeño caos cotidiano hasta lograr vencerlo. En una ocasión describí su experiencia con esas exactas palabras y soltó una carcajada. “Eres una cursi Berlutti” bromeó “por eso te quiero”.

Cuando la llamé por primera vez luego de recibir su correo, no habló del tema ni yo lo mencioné. Hablamos de los otros: de su padre que había vuelto a deprimirse pero que en esta ocasión, sabía como lidiar con el dolor sin sucumbir a él. De su hermano que estaba aterrorizado por la noticia y no hacia otra cosa que preguntarle si iba a morir. Del trabajo, donde tenía que acudir a pesar del malestar, los dolores y el agotamiento. No me dijo nada sobre sus noches en vela, sobre el llanto anónimo, sobre el lento goteo de la quimioterapia, sobre el terror que le producía la cercana operación. Lo intuí, lo imaginé muy claro y conciso. Me tragué mis lágrimas y seguí escuchándola hablar, malhumorada e irritada, como siempre. Cuando finalmente se cayó, suspiré. Aquí viene lo bueno.

— Quiero acompañarte — le dije. Muy tranquila.

— ¿Para qué?

— Porque quiero hacerlo.

— Ni se te ocurra pedirme que te deje fotografiarme.

— No lo haré, quiero ir contigo.

Silencio. El tiempo pareció alargarse indefinidamente, hacerse átono, quebradizo. Escuché la voz de su padre al otro lado del teléfono, ¿“Comiste Lulu”? y después el ladrido de su perro, el pequeño Pug que Luisa ama y odia por partes iguales. Pero entre nosotras, sólo silencio. Un dolor claro, elemental, que se extendió entre ambas hasta que se hizo insoportable. Abrasador.

— Lo único: No cuentes esto hasta que triunfe o muera.

Me sobresaltó su voz diciendo eso. Me sobresaltó que Luisa pensara realmente en la muerte, en la posibilidad de morir. Luego me taché de ingenua, de inocente. Probablemente Luisa no hacia otra cosa que pensar en la muerte, que analizar la idea desde todos los ángulos. De temer, aterrorizarte, intentar calmarse. Y además, ocuparse de mantener su mundo en equilibrio, como antes, como siempre. La vi con los ojos de mi mente en esos lejanos años de Universidad, huérfana de madre y con un padre ausente, madre de un hermano aterrorizado y díscolo. Nunca la vi llorar, solo enfurecerse, solo sentir una rabia dura y cruda contra el mundo, contra sí misma. ¿Cómo no podía pensar en la muerte? Ah sí, Berlutti, eres una cursi.

— Esta bien — acepté. Se me hizo un nudo en la garganta. Sentí la presión de todo el miedo — mi miedo egoísta y complejo — abrumándome. Quise llorar por ella, por mi, todas los enfermos que padecen el agobio de lo vulnerable, por todos quienes les amamos y queremos consolarlos sin lograrlo. Pero no lo hice, desde luego. Me limite a preguntarle cuando sería su próxima consulta y asegurarle que estaría allí. Ella me respondió, cansada, a regañadientes, como arrepintiéndose de todo aquello en primer lugar.

— Te puedes quedar en tu casa si quieres — me dijo por último — nadie te lo reprocha.

— Lo sé, pero quiero ir.

Y fui, claro. Cabizbaja, torpe, aturdida. Sin saber que decir o que hacer. Juntas, sentadas en la habitación con vista a un jardín un poco descuidado de la clínica privada donde recibe el tratamiento. La miro, con el brazo extendido, los labios apretados. ¿Duele Luisa? ¿Que sensación te produce el lento goteo? ¿Que sientes en este silencio tan frágil? No le pregunto nada. Sólo le leo párrafos de mis libros favoritos, algunas noticias. Luego hablamos en voz baja de los medicamentos que escasean, de la preocupación llegue el momento en que no pueda encontrarlos. Le aseguro que la ayudaré. Ella sacude la cabeza.

— Deja la pendejada, ni que fueras tu contra el mundo.

O tu, pienso. La veo tan frágil, la cabeza calva, las mejillas hinchadas, las bolsas oscuras bajos los ojos. Los labios apretados. Que agotamiento, que tristeza tan dolorosa y sinuosa. Le hablo sobre tonterías: sobre la película de Wes Anderson que tanto me gustó, sobre una de mis conocidas que está empeñada en aprender a saltar salsa, sin el talento y sin la gracia. Reímos, nos callamos. Una mujer al otro lado de la habitación, con la cabeza rapada y los ojos hundidos nos mira escandalizada cuando nos escucha reír. Encorvo los hombros, asustada y preocupada. Aquí no se debe reír, aquí la risa está desterrada. Al menos por ahora.

Cuando llega su padre, me saluda con cariño. Seguramente me agradece el haber venido hoy. Es un hombre de expresión dura con grandes ojos verdes, profesor de inglés recién jubilado. La enfermedad de Luisa le ha dejado una expresión de desazón y unos cuantos kilos menos. Pero cuando su hija comienza a hacerle preguntas — en un tono firme y práctico que me sorprende, que no le escuchado durante la larga jornada del tratamiento en que la acompañé — se entusiasma. Le cuenta sobre la maraña de tráfico de Caracas, de la lluvia de la tarde que colapsó la ciudad, del hermano que no quiso venir. Escucho todo sintiéndome con una extraña, mientras guardo las revistas y el suéter de Luisa en un bolso enorme de lona y aguardo que la enfermera termine de limpiar la herida de la intravenosa.

— Te portaste bien Berlutti — dice de pronto Luisa. Levanto la cabeza. Me dedica un guiño malicioso — no lloraste ni me dijiste alguna mariquera.

Quiero sonreír, de alivio, de alegría, de escucharla aún con fuerzas. El padre la mira, escandalizado y divertido. Cuando sacudo la cabeza y levanto el dedo medio, ambos ríen por lo bajo.

— Pendeja de mierda — dice cuando la doy un rápido abrazo — eres una pendejita.

La acompaño dos veces más. La tercera me pide que no lo haga. La operación está cerca. La telefoneo de vez en cuando. Nada ha cambiado, sólo que perdió el cabello, está cada vez más cansada y abrumada. “Gorda, Berlutti, estos malditos medicamentos”. Y asustada, claro. Pero eso no me lo dice. Eso no me lo dirá jamás: en lugar de eso nos ocupamos de cosas prácticas. Falta un medicamento y hay que buscarlo, buscando de clínica en clínica, de proveedor en proveedor. Lo hago y en el proceso, me entero de la rutina inevitable de todas los enfermos del país, de ese cenagal de incertidumbre que deben padecer para lograr. Con el padre de Luisa visitamos hospitales, esperamos en pasillos olorosos a detergentes y a algo más desagradable, solo para que la enfermera de turno nos informe que el medicamento “no está en inventario y que no sabe cuando lo estará”. Finalmente, uno de los primos Bogotanos de Luisa logra el milagro: consigue una buena provisión del medicamento. Pero ahora, enviarlo, es también un largo proceso. El gobierno Venezolano prohíbe el envío directo de medicamentos. Se hacen conexiones, el Padre de Luisa se ofrece a viajar. Ella se preocupa — por él y su salud, no por la suya — y finalmente, ocurre lo impensable: Una de las clínicas telefonea para informar que disponen del medicamento. Cuando nos enteramos, Luisa grita una palabrota de celebración en un restaurante donde compartimos galletas y un café desabrido. La gente a nuestro alrededor nos mira, se sobresalta. Pero cuando notan la cabeza calva de Luisa, su palidez verdosa, las mejillas hinchadas, miran hacia otro lado, avergonzados. Ella lo percibe todo, lo acepta todo. Cuando toma el café, sonríe con cierta irritación.

— Estos pendejos, se creen que la calvicie es lo peor — murmura.

El día de la operación me pide que no vaya. Y no lo hago. Llamo una docena de veces a su padre hasta que finalmente el hombre, fastidiado de mi, me asegura que apenas tenga noticias sobre Luisa, me llamará. Pero como es previsible, cuando Luisa abandona el quirófano lo olvida. Aterrada, espero por horas, hasta que el hermano me telefonea, llorando feliz.

— ¡Todo salió de maravilla! — me grita — ella está bien.

Cuando la visito, Luisa parece de todo menos bien, pero esta viva. Un vendaje enorme y apretado le recorre el hombro y se esconde en el pecho. Lleva una pequeña sonda plástica que ella toquetea de vez en cuando con nerviosismo. Me mira, aturdida aún por los calmantes, pálida y con la piel amarillenta. Sonríe con los labios cuarteados.

— Deja la lloriqueadera Berlutti. Tu y tu llantito.

Sólo entonces descubro que estoy llorando y no lo sabia. Me seco las lágrimas, me río de alivio y me quedo con ella hasta que se queda dormida, unos minutos después. Cuando me despido, el padre se disculpa por el olvido. Me abraza, me aprieta las manos. Solitario con su sonrisa cansada pero también, con su alegría simple.

— Sobrevivió y va a estar sana otra vez — me dice — lo sé.

Yo no lo tengo tan claro. Continúo preocupándome por Luisa las semanas siguientes. Ella insiste en que nadie la visite. Después me escribe un correo descubriéndome con dureza la enorme cicatriz en su pecho. “Me siento mutilada, herida y solitaria” me escribe. Y esa frase, más que ninguna otra, me aterroriza. Pienso en el peso y la importancia de nuestro cuerpo, en como lo olvidamos, en la manera en que sólo recordamos su simbolismo de vez en cuando, casi por accidente. La salud es un privilegio que pocos recordamos poseer.

Transcurren semanas, luego meses. Luisa sigue insistiendo en que nadie la visite. Pero me telefonea y escribe con frecuencia. Me dice que ya puede mirarse la cicatriz, que ya lo hace de vez en cuando. Me habla de su linea sinuosa, de la sensación inquietante de sentir el peso del seno perdido contra el pecho. “Es como un fantasma de un fantasma” me dice “ es como existir y no existir”. No puedo imaginarme eso. En otro correo me explica el dolor terrible que siente cuando levanta el brazo, en las terapias físicas que recibe luego de la amputación. “¿Quién comprende este dolor simple?” Nadie.

Tal vez solo Las amazonas. Lo pienso un día, sin venir a cuento, sin que sepa como encajó la idea en todo lo demás. Lo pienso por horas, repasando lo que conozco de la historia. Las mujeres extraordinarias y guerreras que se cercenaban el pecho para ser mejores arqueras. Las imagino, radiantes y maravillosamente bellas, recorriendo valles y montañas a caballo. Cuando compro el pequeño arco de metal en un joyería descuidada de segunda mano, me digo que lo hago por mera necedad, que nunca seré capaz de obsequiarle algo así a Luisa. La imagino enfurecida y con razón ¿Quién puede trivializar el dolor de esa forma? ¿quién puede metaforizarlo en un romanticismo tan evidente? Pero conservo el pequeño arco de plata. Es una replica torpe de un arco de guerra, con su cuerda tirante y una pequeña flecha cruzada. Me parece bonito a pesar de su tosquedad. Pero claro, jamás se lo obsequiaré a Luisa. Nunca podría obsequiarle algo así, un símbolo quizás simple para toda su batalla.

Pero llevo el arco en el bolsillo cuando acudimos al consultorio médico. Han transcurrido tres años desde el diagnostico y siete meses desde la operación. Hoy el médico le dirá que ocurre con su cuerpo, si debe tener esperanzas, si puede aspirar a la vida. Sentadas una junto a la otra, no nos miramos. Leo un periódico arrugado que encontré, miro por la ventana. Luisa suspira, mira por la ventana. Cuando el médico la atiende, entra con paso resuelto. Me quedo sola en la sala de espera.

Pasan algunos minutos, quizás horas. A mi me parecen lo mismo. La puerta se abre y Luisa se acerca, con su paso rápido, la cabeza envuelta en un bello chal de tela que según se, perteneció a su madre. Toma su cartera, se la cuelga al hombro. La miro con los ojos muy abiertos. Ella parpadea, aprieta los labios. Siento miedo, un miedo tan duro que no digo nada. Me pregunto que vendrá ahora, como podré consolarla.

— Esta en remisión — dice entonces. Como si no pudiera decir otra palabra. Aprieta aún más los labios. Se queda de pie. No sé que hacer. O sí, pero cuando lo hago, las manos me tiemblan: me saco el pequeño arco de plata del bolsillo, me levanto, se lo cuelgo en la blusa amplia que lleva. Ella me mira, no dice nada. Acaricia con las puntas de los dedos el objeto. Una súbita oleada de calor le colorea las mejillas. Aguardo lo que sea que tenga que decirme.

No espero que me abrace, claro. No de esa manera, entre temblores, con la respiración agitada. Yo la abrazo a mi manera torpe, un poco sobresaltada y luego río en voz alta. Ella también, porque ahora podemos reir. Porque la risa volvió y la luz del sol. La vida que espera, la promesa que renace. Esta aquí y es suya.

— Eres una cursi Berlutti — dice entre sollozos — eres una cursi.

Lo soy, sin duda. Y sin embargo, esta esperanza como de niña ingenua, que he aprendido a apreciar en medio de la turbulencia, aún me hace sonreír. Me hace creer y confiar. En este homenaje a los que sobreviven, a los que luchan, a los que se enfrentan, a los que lloran, a los que aspiran el futuro. A los que todos los días comprenden que siempre habrá razones para continuar.

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