Una mirada a la distancia: ¿Quién seré en la década siguiente de mi vida?

En una ocasión, una amiga me dijo que cumplir cuarenta años la hizo comprender que podía morir. Un pensamiento aparentemente simple pero que sin duda no lo es. Me explicó que al llegar a la tercera década de vida, comenzó a analizar el hecho que probablemente viviría la misma cantidad de tiempo o o incluso unos cuantos años después, pero no mucho más de eso. Una idea espeluznante que parece dividir la vida en el antes y después de una frontera invisible. Cuando le pregunté como lidiaba con una noción tan escalofriante, para mi sorpresa, sonrío.

— Viviendo.

Ah, esa fue una bonita respuesta, pero que por supuesto no me resultó suficientemente esclarecedora. Por días enteros, continúe pensando en que ocurriría conmigo — o mi manera de ver el mundo — al llegar a los cuarenta años. Sobre todo, en un mundo obsesionado con la juventud y con la finitud transformada en una noción sobre la vulnerabilidad de quien somos muy distorsionada. Me pregunté si sufriría la habitual crisis de los cuarenta — que puede traducirse como cualquier cosa — o algo más elaborado. O si quizás, caería en un existencialismo puro, comenzaría a pensar que nada tiene sentido y me desplomaría en la depresión. O quizás — esta posibilidad me asustó en particular — correría detrás de la juventud, imitándola, insistiendo en vivir una especie de adolescencia perpetúa, absurda y sobre todo, a fragmentos. Más de una vez, me cuestioné sobre cómo asumo el paso del tiempo y que significaría para mi ese paso tan significativo, tan elemental y más allá de eso, tan propio de la cultura donde vengo. Y no obtuve respuesta.

Aún no tengo cuarenta años, pero los tendré. En siete años, estaré analizando en voz alta mi vida y mis expectativas a partir de mi edad, de las posibilidades que construiré a partir de esa razón sobre la mortalidad — o asumir que la inmortalidad es un sueño de la juventud inocente — y probablemente, me miraré en el espejo de mis dudas y terrores para comenzar a comprenderme de una manera más clara. Pero ahora mismo, tengo varias ideas sobre el tema que me obsesionan o mejor dicho, me permiten asumir que llegar a la frontera de mi identidad atemporal — como suelo pensar sobre mi misma — no necesariamente será una ruptura de mi identidad sino una forma de construir y crear una manera por completo nueva de mirarme. Y esa noción transformadora, será quizás mi primer gran proyecto a construir, una idea formal para construir el mundo que aspiro vivir a partir del día en que asuma, no soy tan joven como creí lo sería para siempre.

¿Y cuales son esas ideas que probablemente creo necesarias recordar en ese venidero y crítico onomástico? Las siguientes:

  • No intentaré disimular ni tampoco ocultar que llegué a la cuarta década de mi vida:

En una ocasión, mi madre me dijo que el primer impulso que tuvo al llegar a los cuarenta fue disimularlo. Comenzó a vestirse de manera muy juvenil, a usar mucho más maquillaje y a preocuparse por ocultar cualquier vestigio que le recordará que ya no era — o al menos, así le parecía — tan joven como se imaginaba así misma. Pero después, encontró que esa huida hacia adelante, esa sensación de correr en dirección contraria a su historia cronológica, la lastimaba más de lo que podía consolarla. Una especie de reflejo distorsionado de su identidad.

— De pronto, encontré que estaba no sólo ignorando el hecho irrefutable de mi edad, sino también toda la historia que suponía lo que había vivido hasta entonces — me dijo — así que dejé de insistir en verme “igual que siempre” y decidí comprenderme “como era”. Fue una decisión complicada, porque nadie quiere pensar en sí mismo a través del tiempo o como te afecta eso, pero al final lo hice y fue renovador.

Me cuenta que comenzó a aceptar el hecho de sus pocas arrugas y de lo que podía significar para ella esa historia en la piel y en su forma de mirarse así misma. De asumir que su cuerpo y su mente se estaban transformando — y sobre todo, re elaborando — a través de toda una percepción elemental sobre cómo transcurre el tiempo y afecta — o no — tu identidad. Para cuando celebró su siguiente cumpleaños, mi mamá se sentía cómoda en esa nueva percepción sobre su imagen y su forma de pensar y sobre todo, su reflejo en el espejo de sus debates personales.

— Fue como un renacer, discreto y sutil — me contó con una sonrisa — doloroso, pero al final de todo, vivificante.

Te manera que al llegar a los cuarenta años, quiero aceptarlo. No aterrorizarme por el hecho de llegar a una frontera mítica sobre lo que la sociedad considera la juventud, sino disfrutar de ese mínimo paso de conciencia que quizás podrá definirme de una manera por completo nueva. O así lo espero, al menos.

  • No le temeré a los cambios de mi cuerpo:

Más de una vez, me he cuestionado en voz alta por qué la cuarta década de la vida de cualquier mujer — e incluso, algunos hombres — supone cierta ruptura con la idea que hasta entonces tenían de sus cuerpos. O así lo supongo por el pánico que genera la aparición de alguna que otra arruga, canas e incluso, el hecho mismo que tu cuerpo realmente se transforma, debido a cambios naturales y en cierta medida inevitables de la biología. La respuesta parece ser mucho más simple de lo que podría suponerse: un miedo muy poco elaborado hacia esa percepción sobre nuestra propia mortalidad.

O así parece sugerirlo esa nada disimulada obsesión con respecto a las arrugas, los cambios corporales naturales y también esa visión del cuerpo como elemento que define nuestra personalidad. Una de mis amigas, me contó que el mismo día en que cumplió cuarenta años, visitó a un cirujano estético y en medio de lo que parecía un acceso de pánico, insistió en que quería conservar “su rostro como lo era”. Me contó que el médico le escuchó un poco sorprendido y finalmente, le pidió tomarse unos meses antes de tomar cualquier decisión.

— Que fue lo mejor que pude hacer. Luego que perdí un poco el miedo a la idea de los cuarenta años, me miré con muchísima más amabilidad y menos espíritu crítico — me contó después — y aunque después decidí que quizás podría realizarme algunos “retoques” , no fue esencialmente por el pánico de como podría transformarse mi cuerpo a los cuarenta, sino como una manera de renovar mi imagen.

Por supuesto, no se trata sólo de cómo nos vemos, sino cómo nos concebimos a través de las transformaciones. Porque los cambios físicos ocurren y son reales y diferentes momentos de nuestras vidas. En una ocasión, una amiga comparó los cuarenta con la adolescencia, pero en “vias contrarias”. “En lugar de crecer y hacerte más bello, te encojes y te haces más feo”, bromeo. Pero en realidad pareció resumir esa percepción esencial que se tiene sobre las transformaciones que suelen ocurrir con el paso del tiempo. ¿Por qué los cuarenta y no cualquier otra edad? Supongo que los cuarenta es un punto medio entre la percepción de la juventud contemporánea y ese otro terreno desconocido que parece definir lo que podría ser la vejez.

Así que, mi gran deseo para mis futuros cuarenta, es mirar mis arrugas y canas con la sensación de pequeñas singularidades físicas y no la simple consecuencia de un trayecto aterrador hacia una percepción desconocida sobre mi misma.

  • Seré mucho más libre de lo que fui en la primera mitad de mi vida:

En una ocasión leí que muchos psiquiatras están convencidos que la sociedad nos ha convertido en “autómatas programados para producir y consumir en forma mecánica” o lo que es lo mismo, una repetición incesante de un ciclo único: Educación, matrimonio, maternidad, muerte. La verdad, nunca me sentí especialmente identificada con esa concepción simplista de la vida, pero sé que de alguna forma, la presión cultural por esa única percepción de lo que debemos ser, en ocasiones construye una idea incierta de lo que puede ser nuestra vida y como la asumimos. Por ese motivo, espero que al llegar a los cuarenta, pueda reafirmar mi decisión de siempre tomar la vía menos transitada y crear un mundo de ideas a mi medida.

Y es que los Cuarenta, además de una época de ruptura, parece ser para la mayoría de la gente, un momento de análisis y reflexión de cómo hemos vivido hasta entonces. O así parece sugerir esa percepción que mucha gente insiste en sentir sobre el hecho que revisar su vida desde otro cariz. Una de mis tias, me dijo en una oportunidad que para ella, llegar a los cuarenta años, fue una oportunidad idónea para mirar sobre el hombro y analizar lo que había vivido hasta entonces y por qué lo había hecho.

— Me pregunté en voz alta si tomaría las mismas decisiones y si lidiaría con las consecuencias de la misma manera — me explicó — y llegué a la conclusión que sí. O mejor, que quizás era inevitable que hiciera todo lo que hice. Y aceptar mi vida desde ese punto de vista, me hizo sentir mucho más madura, feliz y sobre todo, consciente de como se transforma mi identidad a medida que me hago mayor. Una idea que no siempre es sencilla pero que termina siendo necesaria analizar.

De manera que para mis venideros cuarenta años, deseo muchas preguntas sin respuesta sobre mi vida. Analizarme desde lo incómodo y asumir que el trayecto que he atravesado ha valido la pena como para seguir haciéndolo bajo la misma percepción. O quizás no, pero que esa mirada analítica sobre la mujer que fui me permita comprender mejor — y de manera más profunda — a la mujer que seré.

  • Diré mi edad en voz alta:

Cuando cumplí los treinta años, alguien me envío una tarjeta donde escribió “Bienvenida a la edad a partir de la cual dejas de cumplir años”. Una idea un tanto cínica y que parece basada en esa tradicional noción que al llegar a cierto momento de nuestra vida, la edad debe ocultarse, disimularse o en el peor de los casos, incluso tomarse como un elemento agresivo contra el cual luchar. En esa ocasión me pregunté si terminaría haciéndolo, aunque en ese momento me parecía muy improbable o que la mera idea cultural sobre la madurez — o lo que es lo mismo, envejecer — me obligaría quizás a replantearme ideas que en ese momento me parecían absolutas.

Hasta ahora, no ha ocurrido. Sigo admitiendo en voz alta mi edad siempre que puedo y la utilizo no sólo para demostrar que la vejez es un hecho que forma parte de la vida y también, una manera de comprender mi historia personal. Tal vez se deba a que nací en una familia donde las mujeres encanecen y envejecen, lo cual no es muy común actualmente. O al hecho que la edad me parece una versión social sobre nuestra vida, pero no la que puede definirnos y mucho menos construir una percepción sobre quien somos. Y admito que quizás se trate de una percepción idealizada en un mundo que cuestiona y castiga el mero hecho de envejecer sin intentar disimularlo, pero aún así, continúo creyendo que mi edad no sólo es el reflejo de quien soy a partir de mi experiencia sino además, de la forma como me comprendo y asumo mi propia identidad. No sé si en siete años cambiaré de percepción sobre el tema o tendré una opinión por completo distinta, pero el caso es que por ahora, mi edad es más que un valor numérico, un reflejo de mi individualidad.

  • Viviré todos los días de mi vida:

Hace unos años, leí un libro que analizaba la llamada “crisis de los cuarenta” desde el punto de vista del momento de ruptura que representan. Teorizaba que la mayoría de las veces, llegar a la cuarta década de la vida supone un “despertar de la consciencia”, que pone en perspectiva lo que hemos vivido y sobre todo, cómo queremos seguir viviendo. Y esa es una percepción muy singular sobre el tiempo y como afecta nuestra identidad, porque el hecho es que con frecuencia, la edad parece definir una idea muy concreta sobre cómo hemos vivido y sobre todo, cómo deseamos seguir viviendo. Y llegar a los cuarenta, parecen ser uno de esos momentos claves que construyen una idea por completo nueva sobre que aspiramos alcanzar en los siguientes años de nuestra vida.

Deseo entonces para mis futuros cuarenta años, comprender lo que he vivido como una serie de necesarias circunstancias que me brindaron un inestimable aprendizaje. Una cartografía de errores y experiencias que dibujaron mi mundo y que construirán quizás, una nueva frontera hacia donde dirigirme. Quiero vivir con enorme pasión esa nueva comprensión sobre mi identidad y sobre mi cuerpo, asumir los riesgos, disfrutar de la noción que he triunfado y me han derrotado pero que entre ambas cosas, encontré una forma por completo nueva de mirarme y asumir mi rostro privado. Una manera de soñar.

Deseo por tanto, vivir cada día. A plenitud, con esa percepción recién construida de quien soy y por supuesto de quién quiero ser. Una historia nueva que contar de la mujer a medio construir que siempre seré.

  • Dejaré atrás la Presión social:

En una ocasión, leí que a los cuarenta años, edad mucha gente ha vivido el tiempo suficiente como para hacer todo lo que la sociedad les exigió, y también para haber tenido todo lo que esta sociedad les ha dicho que tuvieran. De manera que alcanzar la cuarta década, era una especie de reinvención de lo que hasta entonces habían sido y más allá de eso, un replanteamiento de ideas que hasta entonces asumieron como absolutas.

No es una idea que me resulte novedosa. Durante buena parte de mis veinte años, me dediqué a enfrentarme a lo que la sociedad y la cultura donde nací esperaba de mí y no en un acto de rebeldía, sino como método de supervivencia. Una y otra vez, re definí mis límites y reconstruí mi identidad para elaborar una idea novedosa sobre cómo quiero vivir y crear que me resultara mucho más poderosa y significativa que con la que se suponía debía conformarme. De alguna manera fue una carrera de obstáculos, un trayecto en ocasiones muy agotador, pero que finalmente, le brindó una nueva perspectiva a lo que asumo debe ser mi manera de vivir.

De manera, que deseo continuar haciéndolo a los cuarenta. Deseo que esa coyuntura cronológica no sólo me brinde la oportunidad de analizar mi forma de vivir de nuevo sino que además, asumir que mis opciones siempre se transformarán en una percepción fresca sobre lo que me espera en el futuro. Una mirada asombrada hacia lo que deseo y lo que aspiro lograr una vez que atraviese esa aparente frontera entre la juventud y la madurez.

  • Seguiré haciéndome preguntas:

Soy autorretratista, lo que equivale a decir que me he visto madurar y crecer a través del lente de la cámara. Ha sido un proceso laborioso, en ocasiones inquietante, pero siempre asombroso. Porque esa visión de la auto imagen — y sobre todo del autodocumento — parece provenir de una percepción muy compleja de la identidad que se construye a través de cualquier medio artístico. De modo que además de una fotografía, un autorretrato es un espejo donde puedes mirarte con enorme atención. Y en mi caso, ha sido una forma de asumir el paso del tiempo como un concepto flexible y más allá de eso, creativamente enriquecedor.

Así deseo que a los cuarenta, mi fotografías reflejen esa idea sobre mi misma: Que lo hagan de manera muy evidente y profunda, que me muestren esa transformación y ruptura como un concepto original sobre quién soy. Deseo que mi arte madure conmigo y sobre todo, me brinde la oportunidad de crear y construir una percepción desconocida sobre mi mundo interior. Una profunda idea que me lleve a averiguar de donde vengo y sobre todo, las motivaciones que me permitieron llegar a donde me encontraré. Una idea más allá del juicio y la victimización, que me transforme en una imagen en eterna transformación de mi identidad más privada.

A veces, me lleva esfuerzo imaginarme a la mujer que seré. Y en otras, su imagen es tan clara que me hace sonreír lo que nos une a ella y a mi, ese eco incesante de ideas y pensamientos que nos vinculan a la distancia. Y me pregunto con una sonrisa emocionada pero sobre todo, impaciente, que encontraré cuando me mire en el espejo para descubrirla a ella, a quien seré, al motivo de mis aspiraciones y a mi noción de futuro. Como será esa mujer posible, ese espíritu libre que siempre aspira a crear y que de alguna manera construyo desde que recuerde. Una aspiración sobre mi propia necesidad de soñar.

C’est la vie.

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