A veces piensas que has tenido una idea feliz que no recuerdas haber leído antes. Eso me pasó cuando, hace años, escribí en Lujo y necesidad cómo el carácter rompedor de muchos personajes infantiles de los que han durado en el tiempo se puede comprobar en su oposición frontal a estereotipos nacionales que tantas veces damos por supuestos.

Así, en Alemania, el teórico país del orden y la disciplina, nacieron los primeros niños rebeldes y maleducados, unos verdaderos revolucionarios en la literatura infantil: Max y Moritz (Busch, 1865), fueron dos chicos díscolos sin deseo de enmienda que están en el origen de todos los Zipi y Zape (Escobar, 1948) posteriores.

Alicia (Carroll, 1865) y sus amigos, los personajes más libres y los ambientes más caóticos de la literatura, nacieron en la Inglaterra victoriana.

Heidi (Spyri, 1880), la campeona de los sentimentales, es la más conocida representante de Suiza, el país de la contención y la exactitud.

Bélgica, un país con fama de anodino, es la patria de Tintín (Hergé, 1929), el aventurero por excelencia.

Charlie Brown (1950), del norteamericano Charles Schulz, es todo un elogio del perdedor en el país que ha hecho de la competitividad una religión.

Italia no sólo produjo a un muñeco inconstante y mentiroso como Pinocho (Collodi, 1883), sino a los chicos heroicos y rectos de Corazón (Amicis, 1886).

Los personajes infantiles más conocidos del país de Descartes y del amor por la razón, (y también de Pascal, es cierto), son Babar (Brunhoff, 1931) y El Principito (Saint-Exupery, 1943), dos obras que van directas al corazón. Y si Francia es la patria del chovinismo, lo es también de su mayor sátira: Astérix (Goscinny-Uderzo, 1959).

La heroína infantil, que no héroe, más intelectual no es europea sino argentina: Mafalda (Quino, 1964).

La chica más traviesa y activa no es latina, sino nórdica: Pippi Calzaslargas (Lindgren, 1945).

Y un país que se supone vitalista, como España, aporta uno de los escasos grandes relatos infantiles que terminan con la muerte del protagonista… y el que mejor consigue, a pesar de ser triste, mostrar la muerte no como una puerta que se cierra sino como una puerta que se abre: Marcelino, pan y vino (Sánchez Silva, 1952).

Pues bien, unos años después de haber escrito lo anterior encontré un texto de Borges — en Borges oral — en el cual, a propósito de la idea de que cada país viene representado más que por un libro por un autor, dice lo siguiente:

«Es curioso — no creo que esto haya sido observado hasta ahora — que los países hayan elegido individuos que no se parecen demasiado a ellos. Uno piensa, por ejemplo, que Inglaterra hubiera elegido al doctor Johnson como representante; pero no, Inglaterra ha elegido a Shakespeare, y Shakespeare es — digámoslo así — , el menos inglés de los escritores ingleses. Lo típico de Inglaterra es el understatement, es el decir un poco menos las cosas. En cambio, Shakespeare tendía a la hipérbole en la metáfora, y no nos sorprendería nada que Shakespeare hubiera sido italiano, o judío, por ejemplo.

Otro caso es del de Alemania; un país admirable, tan fácilmente fanático, elige precisamente a un hombre tolerante, que no es fanático, y a quien no le importa demasiado el concepto de patria; elige a Goethe. Alemania está representada por Goethe.

En Francia no se ha elegido un autor, pero se tiende a Hugo. Desde luego, siento una gran admiración por Hugo, pero Hugo no es típicamente francés. Hugo es extranjero en Francia; Hugo, con esas grandes decoraciones, con esas vastas metáforas, no es típico de Francia.

Otro caso aún más curioso es el de España. España podría haber sido representada por Lope, por Calderón, por Quevedo. Pues no. España está representada por Miguel de Cervantes. Cervantes es un hombre contemporáneo de la Inquisición, pero es tolerante, es un hombre que no tiene ni las virtudes ni los vicios españoles.

Es como si cada país pensara que tiene que ser representado por alguien distinto, por alguien que puede ser, un poco, una suerte de remedio, de triaca, una suerte de contraveneno de sus defectos. Nosotros hubiéramos podido elegir el Facundo, de Sarmiento, que es nuestro libro, pero no; nosotros, con nuestra historia militar, nuestra historia de espada, hemos elegido como libro la crónica de un desertor, hemos elegido el Martín Fierro, que si bien merece ser elegido como libro, ¿cómo pensar que nuestra historia está representada por un desertor de la conquista del desierto? Sin embargo, es así; como si cada país sintiera esa necesidad».

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Luis Daniel González

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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