Una oda a vivir en el extranjero… y volver a casa

Traducción de Cristina Juesas

La Torre Eiffel el Día de la Bastilla

En esta época del año, el sur de Francia se congela cuando se pone el sol. El clima solo es como el de California para los que se van antes del Día del Trabajo, que aquí no existe. Los sicomoros gigantes que bordean la calle de entrada a nuestro pueblo cambian de color cada año a la vez que mis queridos Cardinals de San Luis son eliminados de los playoffs. Durante toda la primavera y el verano se mantienen fuertes y hermosos y, de repente, se marchitan hasta que caen ignominiosamente rompiéndome el corazón. También pasa con las hojas.

Cuando atrasamos aquí la hora, un día distinto al que se hace en Estados Unidos, temporalmente me quedo fuera de juego. ¿Los partidos de la NFL empiezan a las 7 o a las 6 de la tarde? ¿Aún puedo llamar a mi madre a Los Ángeles a primera hora de mi mañana? ¿Invitamos a los Husson a tomar algo a las 5:30 (inquietantemente pronto para el aperitivo) y así poder ver la puesta de sol desde el patio? ¿Cambio de forma manual el reloj del coche o lo dejo así seis meses? Las decisiones que tomamos hace tiempo regresan y debo lidiar con la ansiedad de volver a decidir. Nunca me acostumbro.

Cuando cada otoño se arrastra hacia el invierno, me enfrento con una vida que avanza y que se siente menos estadounidense que mis sueños. Aquí Halloween es un asunto macabro carente de ingenio, dominado por brujas de aspecto barato y demonios de cara blanca. El sentido del humor no es el mismo tampoco. El año pasado me disfracé de payaso malvado y deambulé por mi calle arrastrando una guadaña oxidada; me pareció divertido hasta que aparecieron ocho policías.

Mis hijos — mayormente rubios y con ojos claros, no con el aspecto mediterráneo más oscuro y común aquí — envían Snapchats a sus amigos en una macarrónica mezcla de francés e inglés indescifrable para un adulto. Mi hijo mayor es seguidor de la Premier League inglesa y lleva una camiseta del Bayern de Munich, aunque yo preferiría que fuera seguidor de la National League y llevara una de los Stanford Cardinal. Mi hija pequeña farfulla todo el día en francés, pero evita ver la televisión, excepto programas americanos en Netflix. Se encierra en su habitación diez horas seguidas a devorar capítulos de Friends. Escucho su risa desde el pasillo.

Si me dieran un dólar por cada día festivo en Francia, tendría más dinero inmerecido que Bobby Bonilla. En noviembre la única fiesta es el Día del Armisticio y encontrar pavo se convierte en una pesadilla. Nadie entiende la importancia cultural de los Detroit Lions en Acción de Gracias y el Black Friday aquí solo es un día más: hacer grandes rebajas es ilegal salvo en las épocas concretas que especifica el gobierno.

Pero la peor parte de que asome el final del año es la sensación de que he hecho muchas menos cosas de las que estaba seguro que iba a hacer en enero. Y que me estoy quedando sin tiempo.

El trabajo continúa pero va peor de lo que trato de convencerme de que iría si me hubiera quedado en Estados Unidos. Nunca voy a ser el CEO de Slack. No hemos ido a Italia este año y todavía no hemos estado en Praga. El Festival de Cine de Cannes está a un paso, pero solo veo películas en los aviones. Estoy perdiendo la esperanza de volver a estar en tan buena forma como estaba en 2010. No vi Coeur de Pirate la última vez que estuvo en París, me he perdido muchos de los partidos de fútbol de mis hijos y no le he dicho a mis hijas lo inteligentes que son con la suficiente frecuencia.

Por noveno año consecutivo estaré durmiendo a la hora en la que mis padres se sientan a la mesa por Acción de Gracias. Echaré de menos las empanadas de mi madre, que pone a enfriar sobre la encimera; y a mi padre reuniendo a todos en el comedor para pronunciar una oración larga y sentida que hace que los nietos se muestren inquietos. Él ahora está encorvado y mi madre tiene artritis reumatoide.

Según empieza mi jornada laboral, mi hermana manda por iMessage selfies de la estampida a medianoche del Black Friday en un centro comercial de Phoenix y luego vuelve a su casa a comer con mis hermanos, a las 2:30 de la mañana, mientras ríen y recuerdan buenos tiempos. Cuando se acerca la navidad y la lluvia incesante de diciembre cae sobre Mougins, mis hermanos rodean el enorme árbol de navidad de mis padres mientras sus hijos, fuera, saltan en la cama elástica al sol. Estas hermosas imágenes de América me parten el corazón.

Pero estar aquí cada año también tiene sus recompensas. En abril, mi amigo Saad nos lleva a su finca a las afueras de Amman, donde está construyendo su casa. A cincuenta millas de las bombas que están destruyendo Siria, veo Israel del otro lado del valle y escucho las cabras balar llamando a sus madres entre los achaparrados robles y la luz brillante. Unos días más tarde, cuando nos preparamos para bajar por el estrecho cañón que nos lleva al tesoro de Petra para fotografiar el 20º aniversario de nuestra boda, un mercader sale al paso para ofrecerle un pañuelo tradicional a mi esposa. «Pon esto bajo tu transporte para no mancharte el vestido», dice en árabe, mientras rechaza cobrar por su amabilidad. Los franceses de ambos sexos parecen desvanecerse diariamente con mi áspero acento americano. Ahora entiendo el Ramadán y el Aïd y lo que se siente cuando alguien te dice «vuelve al sitio de donde provienes». Mi hermano pequeño, en sus momentos de gran duda, envía mensajes de texto a las 3 de la mañana y siempre estoy despierto para contestarle. Los amigos de mis hijos provienen de doce entornos culturales diferentes y la mayor parte de la gente aquí habla dos idiomas, lo que quiere decir que ellos inherentemente comprenden que el American Way puede no ser el camino en absoluto. Las parejas realmente practican el mirar para otro lado, pero la mayoría encuentran la forma de sobrellevarlo, sin temor a que Dios les juzgue o sin necesidad de un armero. Y esta primavera, nuestro Pierre de Ronsard floreció de una forma imposiblemente bella, con cientos de perfectos capullos blanco-rosados escalando por la pared de piedra de nuestra casa.

El sábado pasado transformamos nuestra antigua mesa de comedor en una isla de cocina y, para mi deleite, mejoró la habitación más que la alfombra en Gran Lebowski. Aquella noche, corté cebollas en ella y usé las gafas de ski naranjas que mi hijo pequeño me dio para que protegiera mis ojos del picor. Cuando le dije lo útiles que me habían resultado, su cara resplandeció de orgullo.

Hace unas semanas, vino un fotógrafo y sacó fotos de los seis, en el casco antiguo y en la playa. Era el mismo fotógrafo al que llamamos hace ocho años cuando éramos nuevos aquí, sacando fotos en los mismos sitios. Para ver cómo crecen mis hijos y cómo mi mujer es más adorable ahora de lo que era entonces, me recordó que el tiempo puede ser amable, del mismo modo que es cruel. Y en mayo, cuando vi por primera vez en nueve meses a mi hija mayor en San Francisco — para traerla de vuelta de un año de instituto en Arizona — rompí a llorar al abrazarnos. Vivir tan lejos de los que más te importan te ayuda a darte cuenta de que el amor transciende la distancia y el tiempo, reafirmando que puede ser eterno. Creo que todos necesitamos eso.

En la playa en Cannes.

Las leyes laborales de Francia están matando al país, los aviones no tienen internet y los supermercados parecen abastecidos por un lanzador de pelotas de tenis. Pero los trenes y las rotondas son para morirse, la sanidad es increíble y nadie llama «candidato» a Donald Trump. Incluso sospecho que están empezando a comprender Halloween.

Estas son las pequeñas cosas que destacan más que lo mágico o lo increíble que está tan de moda en América. Aquí hay, quizás, más tranquilidad, más paz, casi imperceptible. No sé si agradezco estas cosas porque me estoy convirtiendo en un cursi de mediana edad o porque he estado fuera demasiado tiempo.

La ausencia hace crecer el cariño.

Trabajo en París con frecuencia, así que alquilo una pequeña habitación en el primer piso de un edificio que no tiene luz solar; como si en París hubiera luz solar que recibir. Nunca he conocido a los vecinos. Un día de junio me quedé encerrado por accidente, pero hacía tan buen tiempo que decidí pasar la noche en la azotea. Mientras subía por una ventana abierta del sexto piso, la vista, literalmente me dejó sin aliento: allí estaba la Torre Eiffel, más grande y más bella que en un atardecer desde el Trocadero. En tres años de trabajo en este apartamento no me había enterado de que tenía estas vistas.

Unas semanas más tarde volví al mismo lugar, solo, en el Día de la Bastilla, el 14 de julio. Al caer la noche escuché fuegos artificiales en el Campo de Marte y salí de nuevo a la azotea. Desde la Torre Eiffel explotaban los fuegos artificiales más bellos que jamás he visto, con música, colores y formas imposibles de describir. Francia celebrando su independencia.

Mientras estaba allí, a cien pies del suelo sobre una repisa de cuatro pulgadas, volví a un 4 de julio de 1988: con diecisiete años y contemplando un espectáculo parecido en el Monumento a Washington. Todos aplaudíamos cuando las bombas explotaban en el aire mientras escuchábamos Pink Houses de John Mellencamp.

«¿No es eso América?», cantó. «Algo que hay que ver». El futuro se abrió.

Casi treinta años después, vi los dos eventos a la vez, mientras me aferraba con los nudillos al alféizar. Ahora el futuro es más estrecho y soy algo más que un extraño en tierra extraña. Puede que siempre vaya a ser así, aunque vuelva a casa de nuevo. Así que aún perdiendo mucho, quizá yo también he aportado mucho que recordar.

La muchedumbre que estaba abajo aplaudió. «Feliz cumpleaños, América», susurré.

Fue como casi todo aquí: un poco tarde, un poco silencioso, pero mereció la pena haber estado allí. No puedo decir que me arrepienta.