Una selección de novelas de aventuras con animales como protagonistas

En distinto grado, en las novelas de aventuras donde los animales son los principales protagonistas y no unos simples compañeros de los hombres, se suman factores como la información sobre costumbres animales y sobre la vida en la naturaleza, con el aprendizaje de actitudes más sabias para la vida — de los mismos animales o de los hombres que los observan — . En ocasiones, el interés de sus autores en establecer paralelismos con la vida humana, y la constatación de que hay vidas humanas que distan mucho de ser ejemplares, puede ir más lejos de lo razonable cuando se presenta el comportamiento de los animales como moralmente superior al de los hombres, olvidando que una vida instintiva no es una vida moral. En los párrafos siguientes, tomados muchos de una sección de Itinerarios lectores, hablo de varias novelas de este tipo por orden cronológico.

Tal vez sea el primer relato con un perro como protagonista o coprotagonista: The Dog Crusoe and his Master. A Tale of the Western Prairies (1861), de Robert Ballantyne. Es una narración que tiene lugar en una Norteamérica donde se inician los contactos entre blancos e indios con distinta suerte. El joven Dick Varley, que vive en el Mustang Valley, cerca del río Missouri, rescata un cachorro de perro de Terranova y lo llama Crusoe. A partir de ahí, Crusoe le acompaña en todo tipo de aventuras, a las que más tarde se unirá un extraordinario caballo mustang.

Cazadores de osos (1880), todo un alarde de conocimientos del prolífico Mayne Reid, un manual informativo sobre toda clase de osos y una buena muestra de un espíritu deportivo-cazador que puede calificarse de aristocrático.

A Ernest Seton se le ha de atribuir el mérito de ser de los primeros escritores en escribir sobre los animales con atención a los detalles de sus comportamientos y con cuidado para evitar el sentimentalismo. También, el de ser un extraordinario dibujante: sus historias llevan ilustraciones propias, unos dibujos precisos de gran calidad. Además, igual que los libros de Verne trajeron detrás multitud de vocaciones científicas, los de Seton provocaron muchas vocaciones de naturalistas. En La vida de un oso gris (1900) y en El Gran Oso de Tallac (1904), dos relatos de los muchos que escribió sobre animales de toda clase, cuenta las peripecias vitales de dos osos, desde que nacen hasta que mueren. En Two Little Savages (1903), un libro parcialmente autobiográfico que tiene mucho de guía de aprendizaje, habla de un chico que aprende a reconocer animales y adquiere habilidades para la supervivencia en la naturaleza. En él se incluyen ilustraciones al margen, de plantas, animales y objetos — del cuaderno de dibujo que lleva consigo a todas partes el protagonista — , ilustraciones de página completa que son escenas de la novela, y anexos con dibujos e instrucciones para explicar destrezas concretas.

La vida natural presentada de modo épico corrió a cargo de Jack London en obras como Colmillo blanco y La llamada de lo salvaje (1907 y 1903), relatos duros que hablan de lucha contra o en la naturaleza. La primera es el relato de un largo viaje que realiza Colmillo Blanco, un cruce de lobo y perra, y que acaba conociendo al hombre, a veces para su desgracia. En La llamada de lo salvaje las cosas ocurren al revés: un perro doméstico se convierte en un superperro.

Red-Fox (1905), del canadiense Charles Roberts, sigue la vida de un zorro: crecimiento, aprendizaje, encuentros con animales y con hombres, emparejamiento, zorritos, etc. Como logra vencer a todos sus rivales y evadir, una y otra vez, las trampas que se le tienden, se acaba convirtiendo en un animal legendario al que se atribuyen toda clase de proezas. La identificación del lector con la historia se acentúa porque, frente al zorro, el narrador nos habla de un chaval y un trabajador de una granja, que hacen todo lo posible por capturarlo, pero que lo miran y lo tratan como un rival que merece admiración.

Sir James Percy Fitzpatrick, surafricano, fue autor de Jock of the Bushveld (1907), relato basado en sus propias experiencias con Jock, un perro que lo acompañó en los viajes que hizo a partir de 1880 en una época de fiebre del oro. Cada capítulo narra un episodio de caza o de peligro: un leopardo, un viejo cocodrilo, un incendio, un encuentro con perros salvajes, etc. Como tantos clásicos, es un libro compuesto a partir de relatos que el autor contaba a sus cuatro hijos a la hora de dormir. Está bien escrito, tiene descripciones precisas y vivas de la naturaleza, y contiene mucha información.

Al modo de London, pero con un talante más cordial, James Oliver Curwood cuenta en Kazan, perro lobo (1917) la historia de un perro de trineo que se hace salvaje, y en Nómadas del Norte (1919) el viaje que hacen juntos un osezno y un perro. Otro relato importante del autor fue El oso (1916), o El rey de los osos en otras ediciones, acerca de cómo un joven cazador en las Montañas Rocosas del Canadá persiguen a un enorme oso, y a un osito que lo sigue, hasta un final inesperado. Este último libro tiene un prólogo en el que su autor confiesa que publica sus libros acerca de los animales con una cierta intención de reparación por su pasado como cazador y con la esperanza de transmitir su visión entusiasta de la naturaleza.

Un libro históricamente importante fue Lad, un perro (1919), de Albert Payson Terhune. Es una colección de relatos protagonizados por Lad, un collie, que captura ladrones, vence a serpientes venenosas, lucha con otros perros, salva la vida de niños, etc. Están bien contados, tienen episodios divertidos y, sobre todo, son convincentes al mostrar muchos rasgos del comportamiento animal. Por otro lado, siguen normalmente unos esquemas fijos, por momentos son en exceso dulzones, y el autor enfatiza demasiado que los perros son más civilizados que los hombres.

Entre los libros que hablan del ciclo de la vida y de la muerte a los niños ha de ser destacado El despertar (1939), de Marjorie Kinnan Rawlins. En él se describe la vida de una familia de colonos de Florida y el dolor del pequeño Jody Baxter cuando debe sacrificar el cervatillo Banderín que tenía como mascota.

Lassie vuelve a casa (1940), de Eric Knight, ha quedado como un hito en el subgénero de amistad entre «niño y perro». Joe Carraclough, doce años, debe vender su perra ovejera Lassie al Duque de Redling, que la envía a sus posesiones en Escocia, a quinientas millas. El relato tiene un fuerte gancho melodramático pero contiene mucha información, nada sentimental en este caso, sobre las duras condiciones de vida de la gente de la comarca. Cuenta con personajes bien dibujados y, en particular, con una figura de padre íntegro que resulta notable.

La captura de caballos salvajes y la doma de un potro es el tema de Misty de Chincoteague (1947), de Marguerite Henry, autora norteamericana experta en obras basadas en hechos reales de amistad entre chicos y caballos.

Mi compañero Gruñón (1956), de Fred Gipson, trata sobre la gran amistad que llegan a tener el joven Travis Coates y un perro vagabundo en un pueblo del Oeste, hasta que los acontecimientos les obligarán a un duro final semejante al de El despertar.

Una obra divertida es Más que un perro (1957), del canadiense Farley Mowat. El narrador habla de su perro Mutt, un cachorro de raza indeterminada que su madre compró cuando él tenía ocho años. Mutt tenía un porte altivo pero un aspecto grotesco y un comportamiento testarudo que causaron situaciones tragicómicas pero que, poco a poco, le convirtieron en toda una leyenda local.

Si Seton presentó la formación de un joven naturalista en Two Little Savages, la norteamericana Jean Craighead George acentuó, en su primera novela, Mi rincón en la montaña (1959), lo que tiene de aventura para un niño el hecho de vivir en los bosques.

Otras historias que no están centradas en los animales sino en alguien cuya vida está en estrecho contacto con ellos son las de Pequeño Zorro, el Gran cazador (1961) y su continuación, Pequeño Zorro, el Último jefe (1962), del alemán Hanns Radau. Tratan sobre un simpático trampero esquimal con un tono más parecido a Curwood que al del bronco London, aunque también con menor vigor.

A la gran tradición de relatos canadienses sobre animales pertenece Viaje increíble (1961), de Sheila Burnford, un relato de supervivencia varias veces llevado al cine. Es una expedición larguísima de dos perros y un gato siamés, unos animales a quienes su instinto empuja en busca de sus dueños. Su verosimilitud nace de los años en que su autora observó a sus propios animales domésticos, y la originalidad de su argumento procede de convertirlos a ellos en héroes. Un poco parecida en su planteamiento a Lassie, la narración tiene agilidad, describe bien cada incidente, y mantiene la tensión hasta el emotivo reencuentro de los animales con sus jóvenes dueños.

Rafael Morales cuenta el afecto de un chico por un caballo rebelde en Dardo, el caballo del bosque (1961). Dardo es un potro que un ganadero regala a su hijo. Éste, después de tomarle un gran afecto, sufre una gran decepción cuando, al ser separado de su madre, el potro huye al bosque. La historia no es nueva, pero la prosa excelente de Rafael Morales le da categoría y comunica un gran vigor a los combates entre animales, un elemento común a estos relatos.

Tal vez sea La leyenda del helecho rojo (1961), de Wilson Rawls, una de las historias más cautivadoras de este tipo de relatos. En las montañas Ozark de Oklahoma, Billy Colman, a sus diez años, sueña con dos perros cazadores de mapaches que ha visto anunciados en una revista. Durante dos años ahorra para poder comprarlos. Los llama Viejo Dan y Pequeña Ann, los prepara y, más adelante, sale de caza con ellos. Poco a poco, la destreza y la tenacidad de Billy y sus perros ganan una enorme fama. Relato lleno de calidez y con una descripción detallista de paisajes, animales y de las escenas de caza que llevan a cabo los protagonistas. La primera persona de un narrador que recuerda su infancia comunica tensión: el lector sabe cuáles son los pensamientos de Billy y cómo van y vienen sus emociones.

Rascal, mi tremendo mapache (1963), una obra basada en recuerdos autobiográficos del norteamericano Sterling North, habla de lo que sucede si crías en casa a un mapache cuando sólo tienes diez años.

En Ben: el oso dócil (1965) y Kavik, el perro lobo (1968), el norteamericano Walt Morey fabricó dos relatos que tocan las mismas teclas argumentales y emocionales. En un lado, una familia formada por un padre trabajador y responsable, una madre lista y perspicaz, y un adolescente que entabla una relación especial con un animal, que es el verdadero protagonista. En el otro, unos antagonistas parecidos: un hombre que trata mal a los animales y un propietario rico pero al final de buen corazón. Las dos inciden en la idea de la curación y el descubrimiento de uno mismo gracias a la cercanía a los animales y la naturaleza.

Al modo en que lo hacía Red Fox, de Charles Roberts, El gato salvaje (1968), del norteamericano Allan W. Eckert, sigue todas las peripecias vitales del protagonista, un animal que es un cruce entre un lince y una gata.

Jean Craighead George marcó un nuevo estándar en este tipo de novelas, por su enfoque y su rigor, en Julie y los lobos (1972). Esta novela de crecimiento de la pequeña Julie, una chica esquimal que huye de su casa cuando su familia quiere casarla, contiene cuidadas descripciones de la vida de los lobos que son deudoras del trabajo de la escritora como naturalista en un laboratorio de Alaska. La narración tiene ritmo, escenas de gran belleza visual, y un desenlace que no es común y hace pensar.

Acentos de lucha con una naturaleza hostil tienen los relatos del canadiense James Houston acerca de la vida entre los esquimales: en Fuego helado: una historia de coraje (1977), un jovencito estadounidense y un chico esquimal se pierden en las extensiones árticas; y en Garras largas: una aventura ártica (1981), dos hermanos esquimales han de competir con un oso por la comida que necesita su familia.

Un libro subyugante para primeros lectores es Stone Fox y la carrera de trineos (1980), de John Reynolds Gardiner. El pequeño Willy, de diez años, decide competir en una carrera de trineos con su perro contra el mítico indio Stone Fox, que nunca habla. Es una historia con un paso narrativo perfecto, que consigue transmitir emoción, que contiene algunas escenas magníficas, que atrapa por completo al lector y tiene un desenlace impactante que no es artificial. Es también un libro de los que hacen descubrir a un lector primerizo el placer de una lectura completamente absorbente.

Peña Grande (1982) y Pabluras (1983), de Miguel Martín Fernández de Velasco, son historias de amistad entre hombres y animales, un oso en Peña Grande, un lobo en Pabluras. Son relatos cautivadores por las sobresalientes cualidades narrativas del autor, divertidos y emotivos, exactos en las descripciones de los comportamientos animales y de la vida en los pueblos de Castilla. Peña Grande, que narra la relación entre Vitines, un campesino y montañero solitario, y el oso Grandullón, es uno de los relatos sobre animales más veraces, consistentes y divertidos que se han escrito nunca, un libro adictivo, de los que siempre apetece releer, con un calor humano extraordinario y con anécdotas que arrancan la carcajada.

Es una historia emocionante y tensa Estrella Negra, Brillante Amanecer (1988), de Scott O’Dell, sobre una chica esquimal (Brillante Amanecer) que ha de competir, en lugar de su padre, en la famosa carrera de Iditarod con un trineo encabezado por Estrella Negra. El estilo es lacónico, preciso y, cuando hace falta, informativo, sobre costumbres y modos de vida, o sobre animales y el tiempo inclemente de Alaska. La narradora es atractiva por por su sensatez reflexiva y su valentía sin aspavientos. Se dibuja bien el choque cultural entre el mundo esquimal y el mundo «blanco». Los incidentes de la carrera están bien descritos y se suceden con toda verosimilitud.