Una vuelta más al sol

Para Z y J, porque la vida es un pic-nic.

El daño está hecho. Mi cumpleaños terminó.

Siempre fui una grinch para esos eventos, en parte porque los nacidos en días festivos sabemos muy bien que los festejos son como los peces; los mayores se comen a los más pequeños. Competir contra uno de los días con más mercadotecnia del año es una lucha perdida a medias. Con los años, los amigos que antes iban a tus fiestas de disfraces sin mayor complicación en la vida crecen, se echan novio(a) y caen en las garras de San Valentín. De algún modo, los años fueron diluyendo el viejo gozo infantil de los festejos y el temor de ver mi cara estampada en el pastel. Ser mexicano está en pequeños detalles: como ese miedo innato al coro de «¡mordida!, ¡mordida!» con su predecible final. Así que en algún punto de mi vida le perdí el gusto a las celebraciones de cumpleaños, sin más.

Del otro lado de la ciudad, casi en una galaxia diferente, vivía alguien que festejaba cada cumpleaños con el gozo de un niño, incluso cuando era «adulto». Alguien que no tenía miedo de contratar un brincolín (o varios) para montar un reventón épico. Más o menos de mi edad, pero con muchas más heridas de batallas y responsabilidades adultas que yo. Jamás imaginé que nuestras existencias coincidirían y eso que yo soy «la de la imaginación infinita», según él. Existen pequeños momentos con el poder de cambiar toda una vida. Este año, al igual que el pasado, no habrá brincolines. Ni un día más para charlar.

«¿Por qué no festejas tu cumpleaños, Edna?», ninguna de mis razones le sonó convincente. Sus ojos claros se clavaron en mí. Ese era su súper poder, al mirarte te atravesaba el alma. Daba la impresión de poder cartografiarla entera en ese mismo momento. «Me parece que haber vivido un año más ya es un motivo para festejar». Su partida me hizo revaluar por completo muchas de mis creencias, entre ellas, claro, la de los cumpleaños. Le di vuelta a muchas cosas, por largo tiempo. El duelo es así. Todas esas discusiones a medias, la locura compartida de verte a través de los ojos del otro. Descubrir complejidades que ni tú sabías que tenías gracias a la mirada inquisitiva de tus amigos. El vacío. Lo agridulce de escuchar de nuevo «nuestra canción».

De entre las cenizas, mis ganas de festejar se volvieron un fénix. Me gustaría que él estuviese aquí para escuchar que al fin entendí lo que trataba de decirme. Para festejar con él. Mi mente lo devuelve a mí, me dice «cabezona» en ese tono de reproche fingido tan suyo.

Amanecer vivo cada día ya es un pequeño milagro, los humanos somos una especie mucho más frágil de lo que nos gusta admitir. El cumpleaños es un festejo de supervivencia, de valentía. Te recuerda que lo ocurrido en los años anteriores no ha podido contigo. Lo has superado todo hasta ahora. No se trata de un festejo por el nuevo año de vida, que aún no existe y no es, en absoluto una garantía. Al menos, a mí no me lo parece. Se trata de un momento para recordarte que, incluso cuando eres escéptico al respecto, tu tiempo transcurrido en este planeta ya cambió el continuo espacio-tiempo de maneras insospechadas. Tener al menos un día al año para recordar que somos los principales actores de nuestras vidas y lo que damos a nuestros seres amados es, de verdad, una buena razón para festejarnos y mimarnos un poquito.

Feliz cumpleaños a mí, pues.

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