El Macy’s del centro comercial de Sunland Park, en Texas —lunes 6 de febrero de 2017

Venta de liquidación

De regreso de Nuevo México, tras una visita a mis tíos que resultó tan divertida que ni el triunfo de los Patriotas la pudo arruinar, mi familia y yo decidimos parar en El Paso, Texas, para realizar unas últimas compras. Teníamos casi un año sin venir a Estados Unidos, así que por primera vez en mucho tiempo sentí que extrañaba ver esos anaqueles de tiendas de gasolinera llenos de cosas extra grandes y cubiertas de queso y chocolate, esos dulces y botanas con sabor a otros dulces y botanas —me encontré una bolsa de frituras de trigo sabor brownie, no miento—, y en general toda la exuberancia mercadotécnica que son los comercios gringos. Ustedes disculparán mi desvergonzada burguesía, pero venir a comprar Al Paso es lo que hace la clase media en Chihuahua cuando se aburre.

O hacía.

Una de nuestras paradas de costumbre es el centro comercial de Sunland Park. Nos gusta ir ahí porque tiene una decente selección de tiendas y, más que nada, porque queda cerca del cruce internacional de Santa Teresa —una de las mejores invenciones de las autoridades fronterizas, puesto que te evita tener que atravesar Ciudad Juárez—. También está cerca de un Buffalo Wild Wings, así que no tiene pierde. Llegamos ahí como a la una de la tarde, durante el lunes festivo que en México se asigna a la conmemoración de la proclamación de la Constitución de 1917 y que algunos de nosotros asignamos a revivir después de reunirnos a ver el Superbowl y las comidas y bebidas subsecuentes a ello.

El panorama era un poco desalentador adentro del mall: estaba vacío. No vacío bonito, del que te da alegría porque no tendrás que hacer muchas filas; vacío feo, frío e incómodo, de ese que claramente te dice que algo está mal. Déjenme recordarles: lunes festivo, a la una de la tarde, un centro comercial de la frontera, vacío.

Llegamos a Perfumanía, un local de perfumes en el que siempre habíamos encontrado buenas ofertas. El hombre que atendía —el dueño de la tienda, a quien ya conocíamos de visitas previas— lo hacía de muy mala gana. Afuera de su tienda, un letrero que rezaba «¡Venta de liquidación, toda la mercancía debe irse!». Yo supuse que el letrero había sido colocado hace poco y que era la razón del mal humor de aquel sujeto; siempre se había mostrado atento y servicial y ese día rayaba en lo grosero. Yo estuve a punto de decirle a mi mamá que nos fuéramos de ahí, que si él no quería vender no era nuestro problema y que no teníamos por qué aguantarle su berrinche. Decidí mejor no hacerlo e ir a buscar a mi hermana a otra parte del centro comercial, pues habíamos olvidado el nombre del perfume que ella quería. «Era algo así como de Jennifer Lopez», le dijimos al vendedor. «Pues hay muchos, no se cuál sea», se limitó a contestarnos, sin siquiera ofrecerse a mostrarnos las botellas para ver si así nos acordábamos.

No tuve éxito en la expedición, así que regresé unos minutos después. Mi madre estaba finalizando una conversación con el hombre. «Esperemos que mejore pronto, con el favor de Dios», dijo ella. «Sí, ojalá», respondió él, sin mucho ánimo. Yo supuse que, haciendo gala de sus poderes interrogativos, mi mamá le había sacado la historia detrás de su fastidio. En efecto, así era:

Me dijo el señor de la tienda que está muy preocupado. Van a tener que cerrar y no sabe de dónde va a sacar dinero. Dice que ya no viene nadie, que los que compran aquí son los mexicanos. Que la situación de México tiene que mejorar o quien sabe que pueda pasar.

Claro, nuestro país tiene que mejorar para poder hacerle el gasto a un perfumero, pensé, aún un poco molesto. Después pensé más fríamente y concluí que un hombre desesperado, al que probablemente le acababan de notificar que perdería la manera de dar sustento a su familia, no sería capaz de hacer una reflexión grandilocuente y bien argumentada sobre la compleja situación política y económica de nuestros países —al menos no como suelen hacerse desde posiciones más cómodas— y que por ende no merecía ser el blanco de mi enojo.

Algunos celebrarán: «¡Qué bueno! Pinches gringos, que ellos también sientan que les apretamos el pescuezo». Desgraciadamente —y como suele suceder—, el pescuezo que están apretando es el de la gente equivocada. Las pequeñas empresas serán maltratadas. La clase media —constituida por aquellos a quienes aún se les puede exprimir algo— va a ser golpeada de los dos lados del muro. Los grandes no nos van a defender. Nosotros llevaremos un buen rato bajo el agua para cuando a ellos les llegue al cuello. No podemos ser tan irresponsables como para despertar un nacionalismo necio y salvaje, que busca al primer culpable entre aquellos que son fáciles de identificar y de odiar, y que nuestras relaciones con otros países y culturas son absolutamente dañinas.

Es hora de replantear objetivos y estrategias, definitivamente, pero no cegados por el coraje. Es hora de involucrarse en el destino de nuestros pueblos de manera activa, pero no bajo aquellos que enarbolan la bandera de la venganza irracional. Es hora de recordar que las historias de los países tienen personas; personas cuyos derechos fueron atropellados, cuyas oportunidades fueron cortadas, cuyas vidas fueron destruidas. Es hora de recordar también que muchas veces esas personas somos tú y yo.

Cuando salimos del centro comercial, me di cuenta que los letreros que estaban afuera del Macy’s no eran de una promoción especial. También anunciaban una venta de liquidación.