Visión romántica del recuerdo

Antigua Tijuana.

Tenía (o quizá tengo) un libro para coleccionar estampillas de fotografías viejas de Tijuana que me regaló mi abuelo, no tenía mucho chiste porque venían dentro las láminas listas para recortarlas y pegarlas. Aunque me lo regaló cuando era niña, empecé a armarlo hasta después de que murió, mucho después, a mis 16 o 17.

Contaba siempre que antes, el río estaba bordeado por árboles de fruta y no por concreto, como ahora. Los árboles eran de membrillo, durazno, naranja, limón, manzana… Y se nutrían del agua que corría cerca de sus raíces. Ahora ellos ya no existen, pero aunque jamás los vi florecen cada vez que los recuerdo, igual que mi abuelo.

No recuerdo exactamente cómo conocí el concepto de la muerte, ni de la cesión de los episodios agradables que ensalzan la vida, en realidad para mí funciona distinto y es que puedo soltar sin desprestigiar el recuerdo.

No sé si tengo la capacidad de odiar.

Mis recuerdos funcionan como un papel que se dobla y permite vivir todas sus caras en el mismo plano.

Por toda la ciudad hay burbujas suspendidas que revientan con solo mirarlas. Ahí están, otras Rosies y otras personas que ahora ya no existen, que me da gusto y nostalgia que ya no estén. Siento bonito recordar a mis viejos amigos, las alegrías compartidas y la cercanía tan palpable entonces; qué extraño volver a la realidad.

C’est la vie.

Por mi afán de querer el escrito perfecto me he oxidado, quiero prometerme escribir diario, o bueno, al menos en horario de oficina, será interesante ver a dónde me lleva esto.