Visitas de medianoche

rimero aparecen como esas sombras blancas que reflejan la luz de luna que entra por la ventana, pero saben que pertenecen a otra dimensión, a otro nivel de realidad y por tanto esperan pacientemente a que yo esté en ese estado somnoliento, a medio camino entre dormido y despierto, cuando el cuerpo entra en total estado de reposo pero la mente, esa que es la última que queda despierta siempre y se encarga de apagar las luces de la conciencia, se duerme finalmente.

En ese momento es que las sombras empiezan a hacer lo suyo. Se transforman lentamente y lo que antes era un pequeño triángulo va cambiando y en segundos es un duende en espera. Un pequeño de barba larga y gris, gordo con un gorro de pico. Pareciera un ayudante de Santa Claus de no ser por esos dientes afilados, como un lobo, listos para desgarrar la carne de una víctima.

Aquel pantalón que dejé sobre la puerta es ahora el pelo largo de una princesa, o bruja, que me observa detenidamente mientras conversa algo con el duende, algo que no alcanzo a escuchar. Extremadamente delgada, con un vestido blanco de luz y sombra y tez suave, pero con ese característico color verdusco de los muertos.

La luz roja del stand by del televisor se va haciendo cada vez más brillante hasta ser el punto de fuga de un arco iris de tonalidades sangre. Mi conciencia se altera y trata de avisar inútilmente a los músculos que se pongan en guardia, que hay peligro, pero invariablemente fallan en la misión ya que toda esa parte de mi cerebro que controla tales áreas están apagadas.

Logro sentir una corriente eléctrica en mi espalda y trato de moverme pero no puedo. Sigo semidormido y sólo la conciencia continúa alerta a las transformaciones en mi cuarto.

El enano se acerca lentamente al intuir que estoy desprotegido y la princesa-bruja va tras él. Se acercan mucho hasta que ya puedo ver claramente sus facciones y percibir su presencia. Veo que una de mis camisas, tirada sobre una silla, transmuta en un fantasma sin forma pero que puedo ver flotar. Mi respiración se agita y sigo sin poder moverme. De hecho estoy paralizado y no sé si es por terror o porque pasé a esa realidad alterna donde viven mis pesadillas y ya no tengo un cuerpo. Mis párpados se cierran y mi subconsciente trata por todos los medios de dejar esa ventana abierta para poder así vigilar a los espectros.

Enfoco la esquina opuesta del cuarto y la veo de nuevo. El epicentro de mis pesadillas. Negra, delgada y sosteniendo su báculo inseparable. Nunca he podido verle la cara pero sé que es ella, la muerte. Está ahí y puedo sentir su mirada de curiosidad desde unos ojos vacíos. No se mueve pero la túnica ondea en el claroscuro. Observa y calla, nunca dice nada.

Un peso en mi pecho comienza asfixiarme, me cuesta respirar y puedo notar mi corazón latiendo desbocado mientras lucho por bocanadas esenciales de aire. El duende ya está al pie de mi cama puedo notar que se interesa en algo que cuelga cercano. Es mi mano fuera de la sábana y ahora no puedo mandar la orden para que se retraiga a un lugar seguro. Esa sensación de gritos internos para que mi cuerpo inerte se mueva me sobrecoge, siento la desesperación apoderarse y me oigo a mí mismo gemir. Mi mano desnuda está ahí, a unos centímetros del duende y este la ve fijamente como si debatiera entre tocarla o arrancarla de cuajo con sus dientes babeados y filosos.

Necesito despertar, conciencia, tenés que hacer algo, lo que sea…

La muerte en la esquina da un paso adelante y queda en medio de la habitación. Sabe que no me puedo mover y sonríe. No puedo verla pero de alguna manera lo sé. Sonríe y estira su brazo con el báculo hasta donde estoy clavándome en las costillas. Siento el dolor a un costado. No puedo pensar, ni respirar. Sólo puedo esperar el desenlace. Una docena de gritos se agolpan en mi garganta pero no encuentran la salida. Mi garganta quiere explotar pero no sabe cómo y es apenas un gruñido desesperado lo que sale.

Con un imperceptible gesto, la muerte da una orden a la bruja y al duende. La princesa se retira a su puerta mientras el duende desaparece como por arte de magia. La muerte se sienta en mi pecho y el peso ahora es insoportable. Ya no puedo verla pero la siento ahí, encima, sin ánimo de moverse. El aire me falta y ya no puedo más, voy cayendo en un sopor ahogado y poco a poco pierdo noción de mí mismo, hasta que finalmente, sin poder evitarlo, me doy por vencido y caigo profundamente dormido.

“The Nightmare” — Henry Fuseli