«Vive la vida, mi amor»

Habían pasado semanas desde nuestro encuentro entre sábanas. Me escribió sobre medianoche, cuando los búhos sacan las garras para cazar ratones. Vi el mensaje y supe hacer la pausa táctica suficiente para digerirlo: «Te dejaste el aroma». Sí, estaba de caza. ¿Qué debía hacer: mantenerme oculto o aparecer en la noche? Dejé cazarme: dos horas de WhatsApp para, al final, acabar en su cama a las tres de la mañana.

Sí, fue solo diversión, como siempre nos decíamos. Pero unas horas después de risas, condones y jadeos, volví a notar esa extraña sensación de perderme. Complacido, sí, retorcido en la confusión de cuándo sería la próxima vez. Si por ella fuera, esa misma noche, y la siguiente, y la siguiente. Si por ella fuera, la felicidad consistiría en abandonarse a la morfina que nos endiñamos mutuamente. Resulta siempre tentador. Agazaparme en sus brazos me colma de ignorancia: aunque el mundo sea una mierda, aunque no lo sea, o aunque mis seres queridos recorran mar y tierra para encontrarme. Perder la conciencia de quien sospeché ser para ir agonizando en su piel.

«Si todo está tan mal, ¿qué podemos hacer nosotros? Vive la vida, mi amor».

Nos embargarán, nos hallarían muertos entre restos de naftalina. Llenarán vasos canopes con nuestras vísceras, engrosaríamos el censo de «una vida mejor». Pasar a mejor vida, como acostumbro a replicarla. Porque, claro, ¿quién se iba a ocupar de mis margaritas, de mis lilas y de mis geranios? Eso no le importa. Ni de qué íbamos a vivir. Acaso es un plan suicida que me sirve en bandeja de plata para deshacerse de mí, pero lo vende como si ella también fuera en el lote mortuorio. No, no es aquello de «primero, yo mesmo yo hundo mi puñal en ti, y luego, tú mesma tú hundes tu puñal en mí», que le sugería Don Mendo a su amada Azofaifa. O quizá sí y hay algo que se me escapa. Eso o está loca. No lo sé, pero cada vez que la abrazo vuelvo a caer. Y entonces el loco soy yo.

A ver, que es verdad que nadie puede salvar al mundo, o nadie por separado. Si lo sé, pero es que no se trata de eso; solo trato de salvar mi vida. Lo cual incluye hacerla lo más extensa y satisfactoria posible. No sé si es consciente de eso o le da igual, pues suele resolverlo con un «¿y con quién vas a estar mejor…?». Para ella no existen mi gente ni mis inquietudes ni mis expectativas. Sé que es irracional, pero a veces me pregunto si tiene sentido. ¿Por qué no va a tener sentido dejarme llevar por ella? Sin preocuparme por apenas nada más. Al fin y al cabo, podría adaptar mi vida a la suya; prescindiendo de cosas, pero ¿y si tiene razón y no necesito apenas nada más que a ella? De todas formas, puede que no sea una senda irreversible; si sale mal, estaré criando malvas o podré comenzar mi vida donde sea. El problema, sin embargo, radica en cómo me habituaré a superar la ansiedad de separación de los asuntos que ahora realmente me importan. Son muchos más que mis plantas. ¿Podré tomarme unas cañas con mis amigos cuando me plazca? ¿Seguiré interesándome por ayudar a otras personas? ¿Continuaré preocupándome por un entorno mejor, al menos para mí? Supongo que todas estas preguntas carecerán de sentido una vez me sienta a gusto con ella. Solo debo preocuparme por sus designios, lo que ella diga.

¡Un momento! ¿Y si alguna vez decido hacer algo y ella se opone? No, eso no puede ser, ahora mismo conectamos a las mil maravillas; la gente no cambia tanto. A no ser… ¿Y si se cansa de mí? No lo creo, pues no hay día que pase en que me repita que no quiere separarse de mí. Pero ¿qué dirán de mí? ¿Que soy un calzonazos, un simplón, que no tengo personalidad? Seguro que me importa un pimiento lo que piensen de mí.

Vale. Esta tarde me mudo a su casa. ¡Hala! ¡A vivir la vida!