Vivir en un ambiente noble

Aunque frecuentar a los clásicos nos hace vivir en un ambiente noble, tal como dice Flaubert, es un hecho que, por distintas razones, algunos libros que llamamos clásicos tienen consideraciones que nos disgustan, por lo que, aunque les concedamos un valor histórico y todos los méritos que les correspondan, a veces nos resulta costoso concederles un valor universal y permanente.

Una buena respuesta a esa cuestión la encontré al leer a Wayne Booth en Las compañías que elegimos, un libro que he recomendado muchas veces. Así que, aunque ya he citado a Booth dos veces en estas notas — en Cómo nos modelan las ficciones (2) y en Respeto y atención — , vuelvo a recordar ideas suyas a propósito de unos comentarios extensos a Rabelais, Twain y Austen. En el que hace a los dos primeros señala cómo, desde un punto de vista ético, las preguntas cruciales tienen que ver con el tipo de risa que nos provocan o, si se quiere, con la complicidad que sus autores nos reclaman.

En concreto, indica cómo la risa que induce Rabelais va contra las mujeres porque rehúsan servir al mundo masculino del modo en que, según los hombres (como Rabelais y el público al que se dirige), deberían hacerlo; señala que, en Rabelais, no encontramos el más pequeño esfuerzo por imaginar el punto de vista de una mujer; y concluye que Rabelais «es injusto con las mujeres no únicamente en las formas superficiales que las tradiciones han afirmado, sino, en alguna medida, en gran parte de su acto imaginativo central».

En cuanto a Twain explica cómo, en las escenas finales de Huckleberry Finn comete un gran error artístico: después de la grandeza que alcanzó en las escenas de la huida de Huck y Jim en el río, dejó que, al final, la novela recayera en estereotipos cómicos ofensivos contra los negros. Esta es una objeción que tiene que ver con la incoherencia literaria, por supuesto, pero es algo que afecta de lleno a la categoría ética de la novela. Por eso, dice Booth, si el criterio implícito es que las grandes novelas sondean profundidades morales, el final moralmente frívolo de Huck Finn nos dificulta llamar grande al libro en su conjunto.

En cambio, Booth no pone ni una objeción a las obras de Jane Austen. Señala que no encontramos en sus novelas ningún signo de sexismo y que ni siquiera la crítica feminista más hostil encuentra en ella marcas de misoginia. Es notable que, frente a otras y otros escritores de su tiempo y posteriores, «Austen no dice ni insinúa jamás que las mujeres son inferiores a los hombres, de hecho nunca habla de “todas las mujeres” ni “todos los hombres”, y se burla de aquellos que piensan en grandes estereotipos».

En general, Booth propone que, al leer una novela, no miremos «a las proposiciones pronunciadas por este o aquel personaje o narrador, sino al poder formador de la obra mientras experimentamos su patrón de deseos y consumaciones». Y lo ejemplifica indicando cómo, al vivir con los personajes de Austen durante horas y días, «aprendo a anhelar lo que esos personajes anhelan (o, como en el caso de Emma Woodhouse, lo que el personaje debería anhelar, si supiera desde el principio lo que sólo aprende hacia el final). Aprendo cómo anhelar, de esa manera, esa clase particular de felicidad. Se me enseña al mismo tiempo cómo desear y qué desear».

Booth termina señalando que si uno prueba un determinado modo de vida en la vida misma puede, «como Eva en el Edén, descubrir demasiado tarde que quien se lo ha ofrecido es el diablo en persona». Sin embargo, las pruebas que hacemos en la narrativa, aunque presenten peligros — pues pueden pueden inculcarnos hábitos de deseo desastrosos en nuestra vida no-lectora — , nos ofrecen «tanto una relativa libertad de las consecuencias como, en su mera simplicidad, una rica provisión de antídotos. En un mes de lectura puedo probar más vidas de las que puedo ensayar en el resto de mi vida».

Esto quiere decir que podemos abrir nuestras puertas a los relatos que nos parecen indignos de confianza y, al mismo tiempo, «prepararnos para expulsarlos en cuanto, tras haber permanecido en su compañía, llegamos a la conclusión de que son potencialmente dañinos». Qué hacer en cada caso dependerá de uno mismo y del momento: el que ninguna narración pueda ser calificada de buena o de mala para todos los lectores en todas las circunstancias, «no tiene por qué impedir nuestro esfuerzo por descubrir lo que es bueno o malo para nosotros en nuestra condición aquí y ahora».