Ya descubrí qué siento por Star Wars
[AVISO: Esta nota contiene adelantos (spoilers) de la película Star Wars Episodio VII: El despertar de la Fuerza.]
Hace unos días escribí un artículo sobre la serie de Star Wars (o La guerra de las galaxias, como se le conoció primero en México) a pedido de David Maclean, de la revista Asymptote Journal. El artículo apareció allí, en inglés, y en español en el sitio de la revista Letras Libres. Lo escribí antes de ver El despertar de la Fuerza, episodio séptimo de la serie fílmica, dirigido por J. J. Abrams y producido sin intervención de George Lucas, quien creó Star Wars en los años setenta pero vendió a la Disney su compañía productora, LucasFilm, en 2012.
El texto trata de cómo la serie formó alrededor de las tres películas originales (1977–1983) un cuerpo creciente de historias interrelacionadas en cine, televisión, libros, videojuegos y más que creció durante décadas: una especie de moderna mitología transmedia. Mi conclusión es que con la nueva película, que viene aparejada con la decisión de «desechar» la casi totalidad de las obras aledañas publicadas desde 1983,
Lucasfilm ya no está apuntando a producir materiales para los fans originales de la película, que pueden tener gran fidelidad a las historias que ya consumieron pero no vivirán para siempre. Disney quiere la fidelidad de una generación nueva y más joven. Los mitos solían tener un final, y éste era parte esencial de su sentido, pero la idea de un final […] se opone a la ambición de explotación continua y eterna de las empresas del pop. [Con el estreno de El despertar de la fuerza] empezaremos a ver si el objetivo de la Disney se puede lograr. En sí mismo tiene algo de operático o de mitológico: crear un reino eterno.


Ya vi la película. De una vez digo que me parece entretenida, de superficie perfecta y muchos momentos de lo más agradable, pero con un pésimo guión, lleno de inconsistencias incluso más allá de los «enigmas» planteados claramente para incitar al público a ver las continuaciones ya programadas para 2017 y 2019. Sus conflictos son poco creíbles, sus villanos decepcionantes y su visión del mundo —de éste— blanda y a la vez preocupante. (Diré algo más sobre esto más adelante.)
Lo mejor debe ser su reparto, que —sea por corrección política o por una postura sinceramente progresista— es más diverso que el de las películas anteriores. Además de más partes habladas para actrices, y más actores secundarios y extras no caucásicos, la protagonista es una mujer: la muy buena actriz inglesa Daisy Ridley en el papel de Rey, en vez de los hombres que fueron el centro de todas las entregas anteriores. Además, acompañan a Ridley un actor de origen nigeriano y otro de origen guatemalteco: John Boyega como Finn y Oscar Isaac como Poe Dameron. Pero los tres se encuentran en una trama que se limita a reciclar momentos reconocibles de las películas anteriores, y en especial de las primeras, y que sólo cumple una vez la promesa implícita en una narración que supuestamente imita mitos ancestrales del pasado: al matar a Han Solo (Harrison Ford), uno de los protagonistas de la trilogía original. Éste —en una secuencia que quiere ser trágica, aunque no lo logra del todo— es asesinado por su propio hijo, que se ha unido a las fuerzas del mal y ha tomado el nombre de Kylo Ren (Adam Driver). El momento, como mínimo, cierra la historia de un personaje importante en una serie que se ha anunciado como abierta, (re)creada para mantenerse en las pantallas por tanto tiempo y tantas entregas como sea posible.
Desde luego, entre las aspiraciones de Disney/LucasFilm probablemente no está, ni estuvo nunca, hacer lo que un crítico llamaría «buen cine». Los logros cinematográficos de las seis películas de Star Wars controladas por Lucas, desde la edición y los efectos visuales hasta la música o las coreografías de artes marciales —que son probablemente lo más rescatable de la segunda trilogía (1999–2005)— nunca han sido consistentes porque son obra, desde el principio, de los colaboradores de Lucas y no de él mismo. Lucas es un cineasta mediocre pero un gran creador de conceptos, productor y, sobre todo, empresario. Su legado será haber iniciado la hipercomercialización actual de Hollywood, y en esto la Disney, como todas las otras grandes corporaciones de medios, sigue su ejemplo, aunque actualmente haya rebasado (y en cierto mod0 se haya comido) a su maestro.
Para lograr una explotación comercial intensa e infinita (o al menos muy prolongada) de la «franquicia» que compró, la Disney necesitaba crear un producto que pudiera representar una experiencia tan significativa para los espectadores de hoy como lo fue La guerra de las galaxias en el año de su estreno. La tarea es imposible, en realidad, porque no estamos en 1977 y porque una de las principales diferencias entre el cine de entonces y el de ahora es precisamente el hábito de las películas con la influencia de Star Wars: entretenimiento técnicamente sofisticado, simple en el fondo, que permita la comercialización de mercancías aledañas (todavía más importantes que continuaciones, precuelas o spin-offs) y la creación de un sentimiento de comunidad entre sus aficionados.
Así que repetir, literalmente, el efecto de 1977 era una ilusión absurda. Lo siguiente mejor era fingirlo: convencer a los posibles espectadores de que se les iba a dar una experiencia igual o siquiera análoga a la de aquel tiempo. Esto ha funcionado maravillosamente, al menos, con el público adulto y ya devoto de las películas desde sus estrenos en el siglo pasado. No tengo claro qué pensarán los jóvenes de ahora cuando no estén cerca esos adultos —y no hayan aprendido de ellos ni el interés ni las minucias de la serie— pero en cualquier caso millones de personas repiten los conceptos clave que flotan en la publicidad y también la idea de Star Wars como épica y mitología.
Sin embargo, la mayoría de los elogios de la película pasan también por esta palabra crucial: nostalgia. Al contrario del resto de la serie, El despertar de la Fuerza mira exclusivamente hacia atrás, apuesta todo por recordar a sus espectadores los buenos momentos de otras películas que ya vieron, y por eso a sus creadores (empezando por sus guionistas: Lawrence Kasdan y el propio J. J. Abrams, trabajando a partir de un primer tratamiento de Michael Arndt) les importó poco cuidar los detalles de su argumento y no completar una historia que dijera algo nuevo sobre su mundo narrado. De hecho, la conclusión de la historia es hasta cierto punto una refutación de todo lo sucedido hasta El regreso del Jedi (1983), en la que la Alianza Rebelde (los buenos) triunfaba en su lucha contra el Imperio Galáctico (los malos) y la justicia se restauraba en la galaxia. Como para reflejar que la cultura del occidente —y en especial la de los Estados Unidos— parece haber perdido casi toda capacidad de mirar hacia el futuro, en el que sólo percibe incertidumbre y amenazas de destrucción, El despertar de la Fuerza devuelve la situación a como estaba al principio, con un nuevo imperio (la Primera Orden) y una nueva rebelión (la Resistencia), como si las luchas de los personajes no hubieran servido de nada. Sus promesas de más acción suenan falsas porque tienen, en vez que el ánimo utópico de la primera trilogía de Lucas, únicamente el deseo de seguir y seguir para siempre, manteniendo todo tan inmóvil como sea posible para no correr el riesgo de una modificación que disminuya la popularidad de la propiedad intelectual. Como en el cómic industrial o la comedia de situaciones, la serie de Star Wars aspira ahora a presentar una ilusión constante de cambio sin que en realidad cambie nada.
Esta idea puede parecer terrible. Lo es. Por desgracia parece marcar mucho de lo que producen los medios de nuestra época. La mediocridad de mucho de lo que se produce y se elogia, de hecho, ni siquiera está pidiendo nuestro fervor sino nuestra dependencia o nuestro hábito. El espectador ideal de Disney/Lucasfilm no es el fan entusiasta y devoto sino la persona común y resignada: que sabe que hay otro estreno, que no le interesa demasiado, pero que va de todas formas, porque es lo que hay y se debe verlo.


Un día o dos después de ver El despertar de la fuerza vi otra película en video, que por casualidad tenía a la mano: una versión restaurada de La Puerta del Cielo (Heaven’s Gate, 1980) de Michael Cimino. De muchas formas, esta película era (y es, hoy) totalmente lo contrario de la de Abrams.
Éste es un director que se ha especializado en mantener franquicias, realizar imitaciones y apropiaciones y trabajar «en equipo» con los estudios, más que impulsar propuestas personales o un estilo inmediatamente reconocible; de hecho, se le conoce tanto por su filmografía como por la manera en que la promueve. La que él llama la estrategia de la «caja del misterio» (Mystery Box) es un uso ingenioso de la publicidad para retener información sobre sus películas, para mantener el interés de los aficionados desde mucho antes del estreno y manipular positivamente la percepción pública de sus diferentes proyectos.
Por su parte, Cimino (1939) es un cineasta que tuvo su mejor momento en los años setenta, a la par de Martin Scorsese, Brian de Palma, Steven Spielberg, Francis Ford Coppola o el mismo George Lucas; como todos ellos se pretendió un director-autor, dotado de una visión muy personal que procuró imponer al sistema de estudios de Hollywood, y de hecho lo hizo, brevemente: ganó varios premios Óscar con su segunda película, El francotirador (1978), un drama sobre la guerra de Vietnam que además fue muy popular en su momento. Sin embargo, los conflictos causados por sus exigencias al estudio United Artists durante el rodaje de La Puerta del Cielo, y el modo en que el presupuesto de la misma se disparó varias veces más allá de lo previsto, quedaron fuera de todo control y dañaron su reputación al tiempo que causaron una crisis catastrófica en el estudio. La película fue suprimida, recortada, vuelta a recortar y estrenada tímidamente entre críticas feroces contra Cimino, cuya carrera en Hollywood terminó allí y jamás se repuso del golpe. La Puerta del Cielo sigue siendo, para muchas cinéfilos, el epítome del fracaso cinematográfico: se le considera una película pésima, hundida por el ego de su director.
Y, sin embargo, la versión en Blu-Ray (2012) de la Criterion Collection, que restaura pietaje cortado antes del estreno catastrófico de 198o y deja la película muy cerca de como el director la hubiera querido presentar, es o está muy cerca de ser una obra maestra. Bellamente fotografiada, montada como una serie de episodios de ritmo extraño y violencia casi constante, concentrada en los detalles de la vida de los personajes y en cómo ciertas claves visuales sugieren una mayor profundidad de sus motivaciones y de sus actos en relación con la trama principal, es una versión muy libre de un hecho real: la «Guerra del Condado de Johnson», un conflicto ocurrido en los últimos años del siglo XIX entre pobladores del estado norteamericano de Wyoming, casi todos pobres y emigrados de Europa, y varios grandes ganaderos, que acusaban a aquéllos de robarles. El conflicto culminó cuando los ganaderos contrataron a 200 pistoleros —sicarios, diríamos ahora— para asesinar a cierto número de habitantes de un pueblo, y éstos se unieron —crearon un grupo de autodefensa— para enfrentarlos.
Vista ahora la película se ve claramente como una mirada hacia la historia de los Estados Unidos, y además muestra una ideología y una moral que en muchos sentidos es sumamente retrógrada e incorrecta. Sin embargo, sus temas podrían resonar mucho con preocupaciones del presente: migración, discriminación, desigualdad, impunidad. Y su conclusión desoladora, sumamente pesimista, me afectó mucho más que haber visto El despertar de la fuerza.
Ya en la sala de cine sospeché algo cuando no me conmoví ni lloré ni nada parecido, como sí dicen haber hecho otros espectadores, y como tanta publicidad oficial y extraoficial sugiere que debía hacer. No me afectó —más allá del deleite de ver una película divertida, competente, palomera— ver las palabras «Star Wars», escuchar el tema de John Williams ni reconocer ninguno de los guiños a los espectadores del siglo pasado de la serie (¡el Halcón Milenario!, ¡la princesa Leia envejecida!, ¡R2D2 y C3PO y Luke Skywalker!).
Pero en casa estuve seguro: tengo muchos motivos para sentir nostalgia, como cualquier persona que ha dejado de ser joven, pero ninguno está relacionado con Star Wars. Creo que está bien.
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