Familias enteras embarcan en autobuses para ser llevados a un centro de refugiados en Berlín a principios de mes. Rusul Alrubail dice: «Lloro cada vez que les veo porque, a pesar de que mi pesadilla ha terminado, la suya apenas está comenzando». Foto de Fabrizio Bensch/Reuters

Yo fui una refugiada

Y estoy obsesionada con las imágenes de los niños refugiados de hoy

Nací en Bagdad. Éramos una familia acomodada y vivíamos en una preciosa y gran casa con un bonito jardín. Allí también vivían mis tres tías, mis abuelos y mis primos. La casa era tan grande que todos cabíamos en ella. Además, en el jardín habíamos construido una casa pequeña para mi tía y su marido. Entonces, recuerdo que un día nos dijeron que no podíamos volver al colegio, porque estábamos en guerra.

Me enteré de que un hogar de acogida había sido bombardeado. Lo sacaron en las noticias. Muchos niños murieron aquel día, almas sin nadie que les fuera a recordar. ¿Eran reales para alguien? ¿Existían? Recuerdo haber llorado al escuchar esta noticia. Yo tenía 6 años.

Las voces de fondo interminables de la BBC Radio me han venido persiguiendo hasta hoy. Nos quedamos sin electricidad. Mi familia vivía pegada a la radio para tratar de enterarse de lo que pasaba: ¿cuál será el siguiente objetivo? ¿Cuántos morirán? Habitualmente la electricidad se iba por la noche, para atemorizar el corazón de la gente.

Recuerdo dormir y escuchar las bombas y los cohetes a lo lejos, despertarme por la noche y decirle a mi madre que tenía miedo. Ella me decía, no te preocupes, no están cerca, no se nos van a acercar. Pero ella se equivocaba.

Bombardearon la casa de mi amigo Yassir. Cayó directamente en su jardín. Ahora Bagdad era oficialmente un objetivo. ¿Cómo podíamos quedarnos aquí? ¿A dónde íbamos a ir? Mi abuelo tenía que pensar cómo solucionarlo, así que nos trasladamos a la casa de mi tía que estaba en el jardín. Era nueva y tenía sólidos cimientos. Decidimos quedarnos allí los siguientes días hasta que se nos ocurriera dónde refugiarnos. La gente huía, los vecinos se habían ido. Todo estaba tranquilo. Sólo el sonido de las sirenas de los ataques aéreos y las explosiones de cohetes lejanos nos traían de vuelta a la pesadilla de nuestra realidad.

Huimos. Mi madre nos despertó a las 5 aquella mañana para viajar a la ciudad de Najaf. Aparentemente, esta era la ciudad más segura en aquel momento. Teníamos allí unos parientes lejanos y nos quedamos en su casa. Era invierno. ¿Sabes? Cuando eres tan joven, el concepto del tiempo se distorsiona. No estoy segura de cuánto tiempo nos quedamos en Najaf. Pero sí recuerdo las horribles condiciones en que vivíamos. No había agua ni gas, por lo que el calor en invierno brillaba por su ausencia. Mi abuelo acarreaba galones de agua con la ayuda de mi tío y la traía para que nos pudiéramos bañar, usarla para la comida y también para beber.


La guerra destrozó casas, mentes y corazones. Se llevó los sueños y realidades y la felicidad se convirtió en algo secundario. Los iraquíes estaban físicamente rotos y mentalmente conmovidos. La guerra del Golfo nos sacudió hasta la médula; sacudió a mi familia entera hasta la médula. Huimos, uno a uno. Hasta que las únicas personas que quedaron en nuestra gran casa con un hermoso jardín fuimos mamá, mi hermana, mi abuelo y yo.

La guerra del Golfo terminó y un año después decidimos huir de Irak. Irak estaba sufriendo sanciones: no se podían importar o exportar comida ni bienes, ni tampoco las personas podíamos movernos. Nos escabullimos una noche y nos dirigimos a Jordania. La guerra había terminado, pero el desierto entre Irak y Jordania era un lugar muy peligroso. Todavía recuerdo el cielo azul marino con sus estrellas centelleando. Las miré y me pregunté: ¿cómo me puedo sentirme tan asustada con esas estrellas encima de mí? Y sin embargo lo estaba.

Después de la guerra del Golfo había muchos refugiados que huían a Jordania, así que había mucha discriminación y se maltrataba a los ciudadanos iraquíes. Aunque ahora es totalmente diferente ya que aquellos refugiados de hace 20 años, han construido sus hogares y están criando a sus familias allí desde entonces.

A mi hermana y a mí no se nos permitió ir al colegio porque éramos iraquíes. Así que perdimos un curso escolar completo.

Nos quedamos un año en Jordania a la espera de nuestra ayuda y del papeleo que nos llevaría a Canadá. Mi tía nos ayudó a venir a Toronto y poder empezar una nueva vida.

Dicen que una vez que te estableces y que estás viviendo una vida buena, debes seguir hacia adelante. Pero, ¿puede alguien realmente pasar página de una angustia tan trágica? ¿Se puede alguna vez pasar página del desplazamiento, de la violencia sin sentido, de las sirenas de ataques aéreos?


Cuando ahora veo las imágenes de los niños refugiados, siento cómo me persiguen. Lo que más me atormenta es que estos niños crecerán y serán adultos que llevarán en los recuerdos su realidad convertida en pesadilla. Lloro cada vez que les veo, porque a pesar de que mi pesadilla ha terminado, la suya apenas está comenzando. Estoy desconsolada porque están sufriendo y porque no tienen hogar. Tengo el corazón roto porque cuando, por fin, lleguen a su nuevo hogar, si es que lo consiguen, podrían no ser bienvenidos allí. Y eso me aterra, porque el sentimiento de no pertenencia es uno de los peores que un ser humano puede soportar.


Un artículo de Rusul Alrubail, publicado originalmente en www.pbs.org el 2 de octubre de 2015, y traducido por Cristina Juesas.