Celeste Mendoza: El guaguancó es su reino (perfil)

La película, en muy mal estado, enseña imágenes de un solar. Un par de mujeres conversan apoyadas a una baranda, la llama de un fogón de queroseno ondea silenciosa en el interior de un cuarto. Poco a poco se va introduciendo el tá, tá…tá…tá, tá de la clave de guaguancó. «Aeeeé» suena el coro. «Yo quisiera haber nacido cuando nació Micaela» canta una voz masculina al tiempo que la cámara muestra a una señora tendiendo ropa, unas antenas de televisión, un niño jugando con una gallina que tiene atada a un cordel. Vuelve el coro, dialoga con el cantador. Un hombre camina por un estrecho callejón que desemboca en el solar. Desde los balcones, los habitantes de este pequeño universo le escuchan decir: «Ave María, morena, quién lo baila, quién lo goza».

«¡Ey, que llegó la que más goza!» dice una mulata de treinta y tantos años, con una boca desbordante de gracia y los ojos llenos de asombro. La mujer tantea el suelo con su paso, eleva los brazos al tiempo que gira zalamera. Pasea su mirada embaucadora por los músicos, y mientras se inclina tragicómica se mueve ante el cantador y comenta «¡qué sabor hay en este solar esta noche!».

«Oye Joseíto», grita la mulata, «vamos a meterle a la última ronda». Aparece una pared. En ella hay escrito un texto poco legible:

CELESTE MENDOZA
Gr____________ OL_LÓRICO
con Embale y E. de la,
CARUSITO

«No, no me da la gana de empezar ahora. Espérate… espérate un momento… No me aguante… espe… voy», dice mientras se contonea al ritmo de la música, de espaldas a la cámara. Se vira de pronto y comienza cantar. Una muchacha la mira recostada a la baranda, quizá sueña con poder seguir sus pasos y convertirse en una estrella de Tropicana y salir de aquel sitio.


Pudiera parecer un cliché, pero nacer en el barrio de Los Hoyos tiene sus consecuencias rítmicas. Es imposible crecer en un ambiente de tanto jolgorio, de tanto baile y música desenfrenada y que un poco de todo eso no vaya a la sangre, a los músculos, a la voz. Algo de eso le sucedió a Celeste Mendoza, que nació un 6 de abril de 1930 y hasta los trece años vivió entre congas y tambores. Cuando su familia se traslada a La Habana en 1943, pronto se cuela, a fuerza de ganas y carácter, en el mundo del cabaret.

Los afortunados admiradores de Celeste en los años cincuenta hablan de una mulata de cuerpo escultural que baila la rumba como pocas y que pasó de los clubes playeros de Marianao al mítico Tropicana en breve tiempo. Allí demuestra ser no solo una excelente bailarina sino una cantante que imita tan bien a Josephine Baker y Carmen Miranda que estas, al escuchar a su doble, no se lo pueden creer.

«Fue allí donde se impuso con su manera única de interpretar los ritmos cubanos», dice el periodista Alfonso Quiñones, «acentuando determinadas vocales, como si transmitiera una furia ancestral, una ira de dioses que la acompañaron hasta su último suspiro». Buena definición para una mujer que era toda pasión.

Con 21 años ya baila en el cabaret más famoso del mundo, bajo la tutela del legendario Roderico «Rodney» Neyra. Con 21 años se une a Omara Portuondo, Gladys León e Isaura Mendoza para formar un cuarteto en el que, al influjo de Portuondo y León, su voz alcanza algo parecido a la madurez. Sin dudas 1951 es su año de despegue.

Hay cierta gracia, una picardía contagiosa que emana de los ojos y movimientos de Celeste. Síntesis de la rumba, en ella se une el cantador y el bailador. Verla actuar es uno de esos placeres supremos del arte, la comprobación de que hay seres dotados de una partícula extra en su anatomía.

En la historiografía de la música cubana, la victrola no ocupa aún el lugar que merece. Los años cincuenta fueron dorados para la música por los programas de radio, por el intercambio Cuba-EE.UU. y por el circuito cabaretero. Y por la victrola. Junto a Lino Borges, Fernando Álvarez, Blanca Rosa Gil y tantos otros, Celeste Mendoza regó su voz por los bares y cantinas de campos y ciudades del país gracias a estos gramófonos públicos. Temas como Que te castigue Dios llegaron a ser auténticos hits por esa simbiosis aún no explicada de melodrama, alcoholismo y musicalidad que recorre Latinoamérica y que alcanza su mejor definición en el bolero, la ranchera y el tango.

Tras el éxito de 1951, se inicia un año más tarde como cantante solista en el programa Alegrías de Hatuey transmitido por Radio Progreso, con el acompañamiento de la orquesta conducida por el Maestro Ernesto Duarte. Poco después, las luces de Esta noche, programa televisivo en CMQ, fueron testigos de su debut en las pantallas domésticas.

No importa si el tiempo original de la canción es una guaracha, o si actúa junto a Benny Moré o la Orquesta Aragón. Sin importar el género primario de las canciones ni el estilo de sus acompañantes, Celeste las transforma en guaguancós pegajosos que interpreta junto a una lista interminable de músicos y agrupaciones.

Como tantos otros, Mendoza se beneficia de la intensa vida nocturna de la capital y logra diversos contratos en cabarets habaneros en los que acudía un público fiel, encantado con aquella mujer que al final de sus números solía enzarzarse en divertidos intercambios con la audiencia y los músicos que la acompañaban.

Con veinticinco años graba su primer disco con Gema Record, un disco que si alguien tiene la suerte de haber salvado del tiempo y lo escucha hoy día podrá disfrutar de la potencia de aquella voz criolla que aplasta la ampulosa orquestación jazzband de la época y la somete como somete el paso de las décadas, como solo sabe hacerlo la música que tiene origen en otra parte que no es la garganta sino esa zona anatómicamente imprecisa que llamamos corazón.

La década del cincuenta fue magnífica para estos músicos que como Celeste lograron regar sus éxitos en victrolas, cabarets y programas de radio. La propia Mendoza contaba cómo caminar La Rampa era encontrarse con Roberto Faz, y una cuadra más tarde chocar con José Antonio Méndez y un poco más allá estaba Benny Moré con quien se iba tomar y comer, y los cogía la mañana descargando, viviendo el mejor de los tiempos posibles en una ciudad hecha para ellos.

Escuchar a Celeste Mendoza es leer al mejor Cabrera Infante, y viceversa, es adentrarse en la mitología profunda de la noche habanera, con sus templos (Tropicana, Las Vegas, El Chori) y sus dioses (Arsenio Rodríguez, Rodney, La Lupe). Tal vez la nostalgia ha hinchado demasiado la dimensión real de esta época, pero en el imaginario colectivo ningún otro tiempo ha sido mejor.

La Revolución Cubana, cuando triunfó, no cambió esencialmente el semblante de La Habana nocturna. Mientras los barbudos se hospedaban en el hotel Habana Hilton, y comenzaba el intercambio de golpes entre el joven gobierno y los sectores afectados por sus progresistas medidas, miles de personas seguían despreocupadamente su deambular por las calles de la ciudad saltando de un bolero a una guaracha a una descarga de jazz, sin pensar siquiera que aquellas noches eran el último estertor de una época.

Escuchar a Celeste Mendoza es leer al mejor Cabrera Infante, y viceversa

Pero aquella Revolución demasiado entusiasta, confundió base con superestructura, arte con ideología y arrasó con buena parte de aquel mundo habanero. Muchos de sus protagonistas, amargados, prefirieron probar suerte en otras plazas, convencidos de que aquí no había nada para ellos. Otros, Celeste Mendoza entre ellos, escogieron quedarse, probar a ver qué les deparaba la suerte en aquella marea social.

Y no le fue mal. En 1964 aparece en el filme Nosotros la música del realizador Rogelio París. Se convierte en una presencia habitual en festivales de música popular y participa en giras por México, Puerto Rico, Venezuela, Panamá, Estados Unidos, Francia, la Unión Soviética y Japón. En estos años compartió escenario con Bolá de Nieve, Beny Moré, Edith Piaf, Carmen Miranda, Josephine Baker y Pedro Infante. Quizá otros puedan hablar de una carrera enterrada, pero Celeste marchó en la cresta de aquella ola.

Lenta y majestuosamente se fue tejiendo la leyenda de la rumbera absoluta, una rumbera que a la altura de los años 80, nos vuelve a decir Alfonso Quiñones, a pesar de haber ahogado todas las curvas deliciosas en montañas de grasa, seguía paseándose con su turbante azul cielo –era hija de Yemayá, y tenía prohibido teñirse– por la calle Línea, aún inexpugnable de su trono en el guaguancó.

Negrito, el hijo de Victoria, la encargada del edificio de Línea y F, en el que vivió Celeste Mendoza desde que el legendario líder sindical Lázaro Peña le diera el apartamento 18, es un tipo muy cómico, amanerado, divertido y al parecer uno de los últimos compañeros de juerga de Celeste.

«Celeste era mucha Celeste», dice Negrito, «todo un espectáculo». Cuando los vecinos escuchaban unos gritos de «¡Qué pinga, este elevador no baja!» ya sabían que venía en nota. Una vez fue a Tropicana, en los noventa. Ella intentó entrar como si nada; decía que no necesitaba reservación, pero ya nadie la conocía.

«Era imprevisible, le gustaba sobresalir, dar de qué hablar, armar shows para ser el centro de la fiesta. Un día le soltó a Isolina Carrillo, que vivía en su mismo bloque de apartamentos: “Si yo muero primero, me cantas Dos gardenias en tiempo de guaguancó”».

«La soledad le daba por ser jodedora, se vestía con elementos de santería nada más que para asustar a los vecinos. En una de las fiestas por el aniversario de los CDR bajó con sus LP, pero el equipo en que estaban poniendo la música era de discos compactos. Ella no entendía por qué no podían poner su música. Mira muchacho, de repente agarró un vaso de cristal y todos los vecinos salieron corriendo a meterse en el edificio porque no sabían por qué le iba a dar. Muchos le tenían miedo».

«Celeste era mucha Celeste»

A la altura de los años noventa Celeste Mendoza era una estrella del pasado. Y si bien contó con algunos buenos momentos como fueron el premio Cubadisco en 1998 por el fonograma El reino de la rumba, junto a Los Papines, o un par de giras por Inglaterra y Japón, su tiempo había terminado; era una estrella, pero no era famosa. Y un famoso que deja de serlo y no tiene familia es un ex famoso solo.

Esos años noventa fueron para Celeste, y no precisamente por las mismas razones que para otros 10 millones de cubanos, los años de los golpes definitivos. Fueron los años de la muerte de su madre, un ser esencial en la vida de esta mujer que nunca estuvo preparada para la convivencia matrimonial, fueron los años en los que su hijo optó por exprimirle hasta el último centavo como estrategia para sobrevivir a ese chiste interminable conocido como Período Especial. Hay quienes dicen que no era su hijo biológico, sino adoptivo, pero eso a una madre le importa bien poco.

Lamentablemente la música no era suficiente para llenar los huecos de una soledad labrada pacientemente a través de los años, una soledad que solo era comparable a su afición por el ron. Una afición que no hizo otra cosa que crecer con el paso del tiempo. A su apartamento, el mismo apartamento que acogiera a gente tan variopinta como Beny Moré y el comandante Ordás (el del siquiátrico de Mazorra, el mismo), ya no subía nadie, excepto su amiga de alcoholes Daysi Granados –con la que podía tener la bronca más grande del mundo con ella y volver a la semana como si no hubiera pasado nada– y los borrachos que lograba captar para que le acompañaran a bajar la eterna botella (incluso los borrachos le temían, a veces los trancaba y no los dejaba salir de la casa).

Para combatir el frío intenso que consume las estrellas cuando se van apagando, le daba por encender el tocadiscos de madrugada sin importar las quejas de los vecinos, sin importar que los escándalos la llevaran hasta la estación de policía donde declaraba con absoluta tranquilidad llamarse Celeste Almeida Bosque.


Las tumbadoras salen de su letargo, despiertan y resuenan con su ritmo contaminante. Celeste que suele bailar sola, grita: «¡Saca Joseíto que te quiero ver bailar, ahí!». Entra en cámara un viejo, muy negro, vestido con ropas sencillas, quizá uno de los tantos pobladores que habitan el solar. Se mueve como poseído, da un par de pasos apresurados hasta llegar a Celeste; le toca el hombro y esta se vira. Comienza la danza intensa del guaguancó, ese deseo en estado puro, esa sublimación danzaria de la persecución. Joseíto amaga, ataca, acosa, Celeste rehúye, o hace como que rehúye, pero en realidad tiende una trampa en la que Joseíto cae, sorprendido pero feliz. La cámara asciende, toma los balcones del solar repletos, se pierde en el cielo, mientras se apagan los instrumentos.


Dicen los entendidos que Celeste subvirtió el baile de guaguancó, que se baila en pareja, y trasformó el compañero individual por el compañero colectivo. Pero cuando se hace algo así- y esto quizá no lo entendió hasta que fue demasiado tarde- se tiene un compañero circunstancial, un compañero que dura lo que el espectáculo. Reina sin consorte, acabada la rumba, solo le quedaba la soledad.

Fiel a su estilo, Celeste bailó sola el último baile, un guaguancó silencioso que empezó el 16 de noviembre de 1998. Allí, en su apartamento fue encontrada días después, cuando el olor insoportable de la muerte la delató. En un costado de la cama, estaba una botella de ron vacía. En la casetera auto reversible sonaba, interminablemente su propia música.


Un visitante curioso que quiera saber dónde está enterrada Celeste Mendoza no lo va a tener fácil. Si le pregunta a Bigote, un trabajador de limpieza del Cementerio de Colón que conoce la ubicación de casi cualquier famoso, este le dirá que no sabe. El archivo se supone que esté abierto, pero casi nunca lo está, o casi nunca ofrece servicio. Si le pregunta a Luis, uno de los guías del cementerio, empieza a tener un poco más de suerte. Luis sabe que Celeste Mendoza está enterrada al SE en el cementerio, «pero ahí hay cientos de tumbas. Ahora mismo no sé cuál es, pero si me dejas consultar mi archivo esta noche, mañana te digo», le dirá al visitante curioso.

Al día siguiente, si el visitante curioso vuelve al cementerio, Luis le indicará que los huesos de Celeste Mendoza reposan en la zona 3ra, tras caminar 18 pasos y medio al norte y 3 pasos y medio al sur. Allí encontrará un panteón reutilizado («hecho con la colaboración de la asociación de cinematógrafos», se lee a duras penas en una inscripción), lleno de tumbas maltrechas y jardineras caídas. En una de las tumbas hay una cruz partida y una modesta jardinera que dice:

Celeste Mendoza Carrioso
__-__- 1935
__-11- 1998

Para muchos cubanos es una sombra, un recuerdo de otras épocas que a cada tanto aparece en viejos videos en la televisión, donde se le ve siempre rodeada de tambores. Pero esos erráticos retornos a los medios no son necesarios para notar su presencia. Ella vibra en cada repicar de las tumbadoras, en el golpe monótono de la clave, en los pies revoltosos de los bailadores. Ella es Celeste Mendoza, y el guaguancó es su reino.


Originally published at oncubamagazine.com.

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