El chiste del rey

Hablemos de cosas importantes. Hombre, ya.

Cuando era pequeño, en un exceso de optimismo fruto, supongo, de una sobredosis de plastilina, me apunté al coro de mi colegio. Justo después de empezar a cantar la tercera canción del primer ensayo, la profesora de música dijo que había algo que no cuadraba. Nos agrupó por parejas y nos puso a cantar, la mía era la última.

Pareja a pareja cantaban una buena parte de la canción y ella decía, ‘muy bien’, siempre muy bien. Cuando llegó mi turno, al escucharme cantar, dijo ‘hmmmm’ y me pidió que me sentara en las butacas (ensayábamos en el salón de actos) porque ‘íbamos a probar un momento sin mí’. El ‘momento’ se fue alargando hasta que tres meses y treintaytantos ensayos después decidí que igual no iba a cantar nunca más.

¿Por qué la Profesora no me lo aclaró cuando se hizo evidente que no lo había pillado y me tuvo tres meses sentado en una butaca? Es algo que nunca sabré. Un par de años después de aquello, la profesora apareció muerta en el Salón de Actos. Y aunque todo apuntaba que había sido un accidente (suelo mojado > caída aparatosa > San José), yo siempre he pensando que había sido un ajuste cuentas. Musical.

Pero como las divas frustadas nunca cejamos en nuestro empeño hasta que ya se hace demasiado tarde, en un renuncio logré formar parte de un coro que iba a cantar en una recepción que SM don Juan Carlos daba a la flor y nata de la diplomacia ibroamericana. Los detalles, por escabrosos, los reservo para otra ocasión.

He de reconocer, ¡Qué diablos!, que aquella ‘Bamba‘ en el Palacio del Pardo rodeados de altos dignatarios fue mi mejor actuación musical hasta la fecha. Fue tan buena que, pese a que no estaba previsto, Juan Carlos y Sofía se empeñaron en felicitarnos uno a uno.

El servicio de protocolo nos ordenó en cola y me colocaron detrás del chelista (un chaval muy majo de Cabrjas del Pinar). Y sí, tocábamos la Bamba con chelos y fagots (#molábamos). Cuando ya era nuestro turno el chelista saludó al Rey y al saludar a la Reina (amiga de toda la vida del Señor de Rostropóvich) ésta se puso a hacerle un montón de preguntas. El Rey y yo nos quedamos un enfrente del otro sin saber muy bien que hacer: si atender a la conversación o empezar una nosotros. Nos miramos varias veces. Y de repente, el Rey me dijo algo que no entendí. Y ¡comenzó a partirse el culo de risa! Y los dos ujieres que había detrás de él, también. Pero reírse de verdad, eh, a carcajada limpia. Claro, por no quedar mal, por compromiso y por si el CNI me hacía una visita más tarde, me puse a reírme también. Cuanto más fuerte se reía el Rey, más fuerte me reía yo. Y allí estábamos, Borbón y Jiménez, descojonándonos delante de todos los embajadores de América Latina. Se me acercó, me dio un abrazo y me dijo “Ala, qué chaval tan salao”.

Otra anécdota tonta que aprovecho para reivindicar algo que no he leído aun en ningún periódico. Que antes que nada y bajo mi punto de vista don Juan Carlos de Borbón ha sido y siempre será el mejor humorista de España; aunque no se le entienda una puta mierda. Lo demás (elefantes, república, corinnas y tal), por aburrido y evidente, se lo dejo como siempre a los especialistas.