La mirada presidencial

Si yo montara una start-up, sería para resolver alguno de los grandes problemas de la humanidad y no las tonterías esas en las que malgastan el tiempo y el dinero las cabezas de Silicon Valley. Escogería a un puñado de frikis con ganas de cambiar el mundo; alquilaría unas oficinas inmensas (preferiblemente con dos plantas para poder instalar un tobogán); las llenaría de mesas de ping-pong, futbolines, pufs (muchos y de muchos colores), surtidores de cerveza de mantequilla y barras de ensalada; y, juntos, codo con codo, pocos y felices como una banda de hermanos, diseñaríamos la herramienta definitiva para encontrar retretes.

Sí, sí, retretes. No me miréis así. Con tanto gurú hablando de pasión se nos ha olvidado que la pasión, la pasión verdadera, nace en las tripas, es súbita y atronadora y no hay quien la detenga. Ya me entienden. Esa, y no otra, es la verdadera naturaleza del hombre, que diría Spinoza. Esa, y no otra, es la que desde la base de la fraudulenta pirámide de Maslow mueve el mundo.

A veces, la situación es solo levemente comprometida y la estrategia habitual ante un brote agudo de pasión, una vez descartado el ponerse en cuclillas entre dos coches mientras una amiga mira por si pasa alguien, consiste en entrar a un bar, consumir algo y sentir esa leve y sutil sensación que llamamos felicidad. Tiene sus riesgos, el baño del bar puede ser una recreación de un plató de Quentin Tarantino un día de huelga de limpiadoras, pero hay que correrlos.

Otras veces, la situación puede ser dramática. Uno de mis tíos tuvo tal descomposición durante un día de playa, que alquiló un hidropedal, se internó en el mar y el resultado, según sus propias palabras, fue “indistinguible del chapapote” (perdonen la imagen).

Con mi aplicación, scapptology, desaparecerían esos problemas. Perderíamos en historias, pero ganaríamos en tranquilidad de espíritu. Podríamos ver los baños que tenemos cerca, conocer críticas de anteriores usuarios o compartir nuestra experiencia en las redes sociales. Pero, en fin, supongo que Dios da absurdas cantidades pan a quien no tiene dientes con los que picar código.

Aquel día, el día que nos ocupa porque esto — al fin y al cabo — es Evidencia Anécdotica, yo me estaba meando desde que era chiquitito. Existe la no-del-todo-infundada creencia de que mear, para los hombres, es algo sencillo. Pero lo cierto es que si llevas a un grupo de invitados de tu jefe y eres algo así como un “guía turístico” improvisado, todo — y digo todo — tiende a complicarse. Por eso, tras lo que parecían décadas de abstinencia urinaria, aproveché un descuido y entré en los servicios del Parque de las Ciencias de Granada.

Conmigo, entró un abuelo. Yo ocupé un urinario y él se metió en uno de los cubículos. 30 segundos más tarde, entró otro tipo alto, trajeado y con barba.

Ahí empezaron los problemas. Había seis urinarios libres. S-E-I-S. Pero el señor alto, trajeado y con barba se fue a poner justo mi lado.

No sé si alguna vez habéis sido hombres en esa situación, pero, creedme, es una situación bastante incómoda. No incómoda tipo el-ISIS-ha-secuestrado-a-toda-mi-familia-y-me-la-está-devolviendo-trocito-a-trocito-pero-ha-dejado-a-mi-suegra-para-que-la-disfrute, o no tanto; pero incómoda al fin y al cabo.

Por eso, me giré para, con mi sonrisa más forzada, insinuar al señor alto, trajeado y con barba que, en fin, la única cosa que en un lugar tan grande se pega a otro cuerpo es la basura espacial. Me giré, digo, pero… quicir: era Jose Antonio Griñán. El de la tele, el presidente de la Junta de Andalucía, el de antes de Susana y después de Griñán. Volví a mirar hacia los azulejos como un rayo. ¿Griñán? O sea, ¿Aquí? O sea, ¿A mi lado? O sea, ¿Jodiéndome la meada? No puede ser. Me estoy confundido.

Como soy un hombre de ciencia, me volví a girar disimuladamente para certificarme de que, de hecho, estaba meando al lado del Excmo. Sr. Presidente de la Junta de Andalucía. Y él, agarraos que vienen curvas, me estaba mirando el cayetano.

Me quedé muy muy parado. Bueno, no ‘parado’ que eso puede llevar a equívoco. Me quedé de piedra. Shit. Vamos, que tenía al Presidente de la Junta de Andalucía mirándome todo el mandao.

El anciano salió del cubículo y yo estaba flipándolo en colores chachi pirula juan pelotilla. Juro por Dios que, ante el surrealismo de la situación, me repetía a mi mismo que debía ser un tema de perspectiva o, todo lo más, que ésta era una de esa ocasiones en que te quedas pensando en cualquier cosa con tan mala pata que te sorprendes mirando — inconscientemente — a un sitio ‘comprometido’.

Pero acabó, se lavó las manos y salió sin decir ni ojos verdes tienes. Y mientras se cerraba la puerta del baño, yo me iba calentando y el señor mayor se lavaba las manos, solo acerté a decir “Vaya con las miraditas, ¿Qué pollas se habrá creído?”

A lo que el anciano, poniéndome la mano en el hombro, contestó: “La tuya, hijo, la tuya”.