Yo serví al Presidente da Xunta

Fue en 2004. Y podía tener unos 16 años.

Asistíamos a un conferencia en una de las sedes de la Xunta de Galicia (vamos que no era el Pazo de Raxoy). La sala estaba repleta de gente, el ambiente cargado y la luz — por lo que recuerdo — tenue. En un momento determinado, una muchacha se mareó y entre otro chaval y yo (que soy de natural fortachón) la sacamos al pasillo.

De repente, de una escalera aparecieron dos tipos vestidos de negro y, claro (digo, claro, porque por alguna razón a mi los guardaespaldas siempre me dicen lo mismo), nos dijeron que nos quitáramos de allí. Mientras les explicábamos que la muchacha estaba malilla, se abrió la puerta del ascensor y apareció Manuel Fraga, tachán.

Tras preocuparse por el estado de la enferma con esa dicción suya tan de estibador turco hasta las cejas de raki. Me miró y con un lenguaje increíblemente claro y preciso me explicó como llegar a la cafetería del edificio. Acabó diciendo: “Pide un vaso de agua y un par de azucarillos. Si alguien te dice algo di que te mando yo”. Ale.

En un primer momento, me dirigí a la cafetería. Pero conforme me iba acercando, atravesando habitaciones llenas de funcionarios, pensé “¿Dónde carallo voy yo a pedir agua y azúcar por orden de Fraga?”. Me imaginé al camarero descojonándose de la risa tras la barra mientras miraba donde habíamos colocado la cámara oculta. Pero, a la vez, claro, la cafetería ‘era suya’.

Al final no dije nada, conseguí las cosas con cara de niño bueno, la muchacha se lo tomó y no volví a ver a Fraga nunca más.

No es que sea una anécdota buena, ni nada de eso (mi lejanía ideológica, personal y geográfica con don Manuel no da para mucho más). Pero ¿qué mejor obituario que recordar los 7 minutos en los que yo serví al Presidente da Xunta? Lo demás (política, franquismo, pimientos de Padrón y tal), por aburrido y evidente, se lo dejo a los especialistas.