El Killer, el perrito french poodle minitoy, me sigue a todas partes. Si salgo de la oficina y bajo por un vaso de agua, se levanta de su cama y se asoma para ver a dónde voy. Si voy al baño, él me espera afuera, olisqueando por el borde de la puerta. Algunas veces paseamos de un lado a otro, por toda la casa, él siempre atrás de mí, imitando el camino. Quisiera poder explicarle que no tiene por qué hacerlo, que puede tirarse a dormir, como el otro perro, e ignorarme.
Me pregunto por qué me sigue. Un amigo me ha dicho que porque ha creado cierta afinidad conmigo y que, gracias al beneficio-premio, Killer espera buenas cosas por ir atrás de mí. Quizás un pedazo de queso o una tortilla. Yo, personalmente, creo que está vigilándome para que no me robe algo. Me sigue porque soy su propiedad y no quiere que me pierda, o que me vaya, o que lo abandone definitivamente. Otras veces, pienso engalanado, que Killer me ve como un macho alfa y que él, como el segundo al comando, debe estar atento a misiones importantísimas, como que no me pierda en el camino al baño.
Recuerdo nuestros primeros paseos, recién me mudé a Puebla, a Momoxpan tan vacío y pleno. Pocos perros tan felices como nosotros.
Lo subí a mi regazo para acariciarle el lomo. Nico, la basset hound, no es tan cariñosa ni atenta conmigo. Ella es más independiente. Me abandona durante largas horas. No teme que la olvide, sabe que nos necesitamos mutuamente. Pero el Killer, ese es otra cosa. Es un gato orgulloso, un perrito necesario. Ya tiene 12 años y pienso, a menudo, que cuando muera, lo lloraré más que si perdiera a muchas otras personas.
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