No hay deberes
Es que no hay deberes. Punto. Hay tiempo de sobras en el colegio para aprender lo que pide el sistema educativo, y más.
Raíces cuadradas en un par de tardes, multiplicar en cuatro o cinco días, geografía mientras se hacen puzzles, el sistema circulatorio con crucigramas o presentaciones de alumnos… Cuando te interesa aprender algo todo va mucho más rápido que en un colegio tradicional.
Así que mis hijos hacen mucho más deporte. Gimnasia artística, pádel, natación sincronizada. Y música! Violín, piano, violonchelo.
Siempre hemos temido ser padres de esos que llenan el día de sus hijos y no les dejan disfrutar y jugar lo suficiente. Este año ha pasado algo extraordinario: ellos nos han pedido llenar sus tardes de cosas que hacer, porque salen del colegio relajados y contentos, con ganas de seguir haciendo cosas. Se cansan, se ensucian, juegan, aprenden porque quieren… y después quieren poder tocar su instrumento o hacer saltos mortales o bucear dos piscinas.
Al dejar nuestro antiguo colegio, Ágora International School, en el que estábamos la mar de contentos y con muy buenos “rendimientos académicos”, le pregunté a Aarón, el músico entonces del colegio si mis hijos podrían seguir aprendiendo a tocar su instrumento musical y a leer partituras, y él me preguntó:
Depende. Eso que dices les apetece hacerlo a ellos, ¿o a vosotros?
Touché. A Papi y a Mami les encanta que toquen un instrumento, sí.
Les preguntamos. Dijeron que dependía de cómo fuera el cole. Si era un palo (uf, parece que tenían asumido que ir al cole, cualquiera, es un palo) no querrían seguir.
Cuando llegó el momento dijeron que sí, y han estado todo el curso yendo a clases particulares en una academia de música en el pueblo, incluso tocando juntos y pasándoselo bien, siguiendo con la actitud de seguir aprendiendo mientras la cosa sea atractiva.
