Tiburones a flote
Tu amama se puso supercontenta cuando le dijiste que ibas a estudiar para ser bióloga, y te empezó a contar historias de aquel Comandante Cousteau que salía en aquellos documentales tan bonitos sobre el fondo del mar los sábados por la tarde.

Sonríes con todo el cariño que puedes, pero con un poco de condescendencia, porque a ti lo que te ponen son las mitocondrias, no las medusas. Y como eres una chica de matrículas, responsable y tal, llevas a clase impresa la hoja de problemas antes de que te hayan empezado a dar la teoría. Vaya truño, es el tema de fluidos y ahí se ven dibujos de bloques flotando sobre un líquido anodino.
De repente tu profesora te empieza a contar una batalla. Cualquiera se fía de ella, dicen los repetidores que este año se le ha ido la pinza y ¡cuenta ejemplos de la vida real!
Escuchas a continuación que la turbulencia (wtf?) mantiene en suspensión a los animales de tamaño inferior a la décima de milímetro, pero que los animales más grandes tienen que desarrollar adaptaciones evolutivas para poder flotar, por ejemplo como las aletas de los atunes o los tiburones, que actúan como hidroalas; o acaso como la vejiga natatoria, un depósito de gas que poseen muchos peces óseos. Los tiburones (y otros peces) también consiguen un efecto parecido gracias a sus hígados con alto contenido oleico (el aceite flota sobre el agua).
Y ya para rematar la jugada y tirarse el moco, la que está encima de la tarima te cuenta que, sin embargo, hay recientes estudios según los cuales se han descubierto especies de tiburones a los que no les cuesta flotar, ¡sino que les cuesta hundirse! De nuevo, por motivos evolutivos, encaminados en este caso a una mayor capacidad depredadora.
Vamos, que acabas pensando que aquellos reportajes del tal Costeau que veía tu amama igual molarían, pero hoy en día esto te lo cuentan hasta en youtube.
Eso sí, sospechas que para poder entender mejor el tema vas a tener que recurrir a esto:

