Cualquier cosa, excepto brownies.

Hay de terapias a terapias. Mientras algunos consideran recreativo o liberador hacer ejercicio, yo prefiero hornear. El amor de mi vida es el que más sale ganando, en especial cuando preparo sus recetas favoritas (básicamente cualquier cosa, excepto brownies). La primera vez que lo invité a cenar a mi entonces casa de soltera, supongo que pensó que sería algo elaborado o por lo menos pasta, porque llegó puntual esa noche con una botella de vino en las manos. Fue muy divertido ver su cara de asombro cuando me vio servirle una simple sopa de fideos en la mejor de las vajillas de mi madre. Escondió una risa, y cenamos mientras le explicaba mi obsesión por esa sopa. Le conté como durante casi toda la carrera fue lo que religiosamente cenaba todos los días, la olla completa yo sola, sin importar el calor que hiciera. Le expliqué también cómo me había costado perfeccionar la receta, haciendo énfasis en los diferentes sabores y consistencias que la sopa tenía dependiendo de si licuabas los tomates en frío, o en caliente, o con cáscara o sin ella. Inclusive le revelé el ingrediente secreto que uso para darle sabor. Recuerdo que nos reíamos mucho. Él suele contar la anécdota agregando que cuando se casó conmigo, meses después, lo hizo creyendo que sopa de fideos sería lo único que comería por el resto de su vida. Ja, ja.

Los días han pasado, y se ha dado cuenta que no solamente puedo cocinar recetas diferentes a la sopa, sino que también disfruto pasar el tiempo horneando. Hago un postre por semana, más o menos, además de las recetas tradicionales. Pero si voy a preparar brownies, es obligado pensar en una alternativa para él, como el panqué de plátano o pretzels suaves de cerveza (en lo personal, soy fan de los brownies que saben mejor calientes que fríos, y si están acompañados de nieve, mucho mejor). Hay muchas recetas en internet circulando, pero mi favorita es la siguiente:

  • 200 gramos de mantequilla sin sal
  • 200 gramos de chocolate semi-amargo en trozos
  • 1 cucharada de cocoa
  • 200 gramos de azúcar granulada
  • 4 huevos
  • 100 gramos de harina
  • media cucharadita de extracto de vainilla
  • cuarto de cucharadita de sal

La receta es sumamente sencilla de preparar. El primer paso es poner a baño maría el chocolate y la mantequilla hasta que se integren completamente (si es necesario puedes revolver con una cuchara de madera, pero no de acero inoxidable porque le dejará un sabor amargo); una vez derretidos, separar del fuego y dejar enfriar por unos minutos. En un tazón aparte, batir huevos y azúcar muy rápido hasta que tome un color ligeramente blanco (puede tomarte algunos minutos lograrlo, no hay razón para desesperarse); mientras sucede, agregas el extracto de vainilla. Una vez terminado, agregas harina, sal, cocoa y el chocolate derretido; continuas batiendo por algunos minutos más hasta que quede todo perfectamente incorporado. No debe llevarte más de 10 minutos hacer todo el proceso. Viertes la mezcla final en un molde previamente engrasado y enharinado, y lo dejas en el horno de 25 a 30 minutos a 200 grados Celsius (sin olvidar haber precalentado por lo menos 15 minutos a la misma temperatura).

PRO TIP: el molde ideal para hornear brownies es rectangular y extendido; no olvides que la mezcla debe llegar hasta la mitad de altura del molde. Si es delgado, cubre la base y las paredes con papel encerado para evitar que los brownies se quemen.

La ventaja de esta receta es que aunque no te los acabes, los puedes refrigerar sin ningún problema, e ir devorando uno por uno el resto de la semana con tan solo meterlos al micro 30 segundos envueltos en una toalla de tela. Vale la pena intentar probarlos con nieves de sabores diferentes a la tradicional vainilla, como plátano, nuez o dulce de leche.