La tercera es la vencida.

A quince días de haber abierto Foodssy me di cuenta que necesitaría un horno más grande al que tenía para dar abasto a la demanda. La mayor parte del menú que ofrezco involucra en su proceso de preparación el uso del horno. Entonces, medí espacios en la cocina y me dirigí al mejor lugar que hay en la ciudad para comprar equipo industrial para restaurantes. Me decidí por una chulada de horno de convección hecho de acero aluminizado, con interiores porcelanizados, y puertas con doble cristal templado. Todo era bello, hasta que un viernes a mediodía el horno llegó a las puertas del restaurante.

No entraba por la puerta principal. Ni siquiera por la de emergencia. Los chicos repartidores se quisieron dar por vencidos en ese momento, e intentaron dejarme el horno en la banqueta, pero los regresé bajo la consigna de que si se iban pasaría la queja con su supervisor (después de todo, el servicio por el que había pagado incluía todas las maniobras necesarias para acomodar el equipo en su destino final). La primera idea fue tratar de desmontar la puerta principal, pero las herramientas que traían no eran suficientes. Y el Sol no ayudaba.

Entonces pensé en Harry, y fui a buscarlo a Hedbanger (que me queda a 10 pasos de distancia), para preguntarle si tenía alguna herramienta que nos pudiera servir para lograr quitar la puerta. No solamente sí tenía las herramientas sino que bajó a tratar de ayudar inmediatamente.

Y lo logró.

El sentimiento de victoria se saboreaba entre todos. Después de casi cuarenta minutos, por fin habíamos logrado eliminar el obstáculo que impedía que el horno llegara a su destino. Entre los tres se organizaron para levantarlo, y facilitar el paso por el escalón de la entrada.

Y todo parecía indicar que ya nada podría salir mal. Pero lo que alguna vez me enorgullecía haber diseñado, ahora me causaba dolor de cabeza. La maceta de cemento del recibidor del restaurante reducía el ancho del pasillo del mismo de manera considerable.

Intentaron girarlo, para ver si la otra cara del aparato era más angosta, pero no funcionó. No quedó de otra más que levantarlo y llevarlo al vuelo por casi dos metros de camino para lograr brincar la maceta.

Después de esto, vimos el panorama que nos faltaba cruzar. El problema no era moverlo a través del área del restaurante, sino lograr que saltara la barra y después que entrara por el pasillo de cocina. Se tomaron medidas, y la respuesta fue negativa: el super increíble horno que había comprado con las medidas perfectas para cocina, no tenía las medidas perfectas para atravesar todos los obstáculos que estaban en el camino hacia la cocina.

IMAGEN IZQUIERDA: El horno está en el recibidor del restaurante. IMAGEN DERECHA: El horno está a un costado de la barra.

No había manera de que el horno entrara completo. Empecé a cabildear la alternativa de desarmarlo, meterlo por partes, y volverlo a ensamblar dentro de cocina. Pero esos conocimientos estaban fuera del rango de habilidades tanto de Harry como de los chicos repartidores. Decepcionada, después de casi hora y media de labores y maniobras, tomé asiento en la barra y le pedí a Kali que me preparara algo que me animara (en cocina habíamos acordado preparar un pastel de celebración ese día por la llegada del nuevo horno, pero tuvimos que posponerlo). Ya se había adelantado a mi petición, y tenía listo un old fashioned servido con mi Bulleit favorito. Contemplando el horno en medio del restaurante, y después de un par de llamadas con el almacén industrial, acordaron enviar un especialista que evaluara la situación.

Pero el especialista no podía llegar ese mismo día; el hombre tenía sus visitas programadas en otros establecimientos. Así que tuve que esperar a la manana del sábado a que llegara. Diez minutos midiendo y observando el embalaje del horno le fueron suficientes para aprobar mi idea de desarmarlo, cruzarlo por partes y armarlo nuevamente dentro de la cocina. Pero como seguramente se estarán imaginando en este momento, el hombre no cargaba las herramientas necesarias para hacerlo. Por lo que tuve que esperar hasta el lunes por su visita. El aparato se quedó ahí, tres días, desde el viernes hasta el lunes, como objeto de utilería ostentoso que estorba, sin ningún otro fin más que el de recordarme una de mis peores compras hechas hasta ahora.

Esperaba con ansias el lunes. Realmente hacer que cruzara la barra no era el problema: podía solucionarse levantándolo como se hizo para que pasara la maceta del recibidor. El verdadero obstáculo era el pasillo de la cocina, que era demasiado angosto. Cuando llegó el momento de empezar a desarmarlo, se necesitó desmontar casi el 50% de las partes para lograr que pasara.

Dicen que la tercera es la vencida. Y sí.

Todas en Foodssy celebramos que por fin el horno había entrado a cocina, y ya solamente fue cuestión de volverlo a armar.

Et voilà!

OH HELL YEAH!