DIEZ CANCIONES VARIADAS QUE ME GUSTAN

Si, ya sé que es un título estúpido, pero también, espero, de una subjetividad honrada. Lo saqué de una entrevista a Greil Marcus, reputado periodista y crítico musical, que presentaba su libro “Historia del rock en diez canciones”, y en la que comentaba que al no poder justificar el título ya que carecía de unidad y rigor estilístico y cronológico, un lector le había sugerido que su título debería ser “Diez canciones variadas que me gustan”, y es que, ¿por qué tantas veces se debe recurrir a coartadas sociológicas, periodísticas o históricas para justificar un sano ejercicio de subjetividad siempre que se haga con un mínimo de amenidad y buen gusto?, ¿acaso uno se justifica cuándo, a unas horas indecentes de la madrugada, propulsado por el alcohol y alcaloides varios, y con la vena del cuello inflamada (¿la vena musical?) se entrega a discusiones bizantinas sobre si es mejor el Raw power o el Fun house de los Stooges o si es superior la etapa Barrett o la época Waters en Pink Floyd? En fin, que ya parece que me estoy justificando, así que mejor me callo. Ahí van mis diez:

1. Johnny Cash: “Brand new dance” (Johnny 99, 1983). Esta canción pertenece al disco Johnny 99, en una etapa de transición antes de ser rescatado por el gran Rick Rubin para los monumentales American Recordings. En su condición imperfecta de disco de transición me parece por lo menos tan reivindicable como algunos plásticos de la etapa cristiana de Dylan, que todos los posers del rock parecen haber descubierto a la vez, como ocurrió a su vez con el Elvis kitschy de Las Vegas. Es un disco que me gusta por su modestia crepuscular, y porque evita el resabio solemne tan tentador para el que enfila el camino de vuelta, e incluso se permite una concesión vernacular al presente más mainstream, aunque sea versioneando dos canciones del disco más incómodo de Springsteen, el convincente Nebraska (1982). Las elegidas son Highway patrolman y Johnny 99, que en su estoico esquematismo maniqueo y en su parca instrumentación parecen hechas a propósito para el Hombre de Negro. Sin embargo a mí me emociona más este pequeño vals, cantado a dúo con June Carter, con esa voz agreste y voluntariosa (sencilla como el pan y como el oro, como diría Hemingway), cual heroína de John Ford, e incluso, heréticamente, la prefiero a muchas de las canciones de los American Recordings, tan cool como a veces, sobre todo las versiones, un tanto quirúrgicas y efectistas.

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2. Syd Barrett: “Bob Dylan blues” (An Introduction To Syd Barrett, 2010). Resulta extraña la meticulosa sorna al cargar contra uno de sus máximos ídolos por parte del cerebro de los primeros Floyd, sobre todo en su etapa en solitario, cuando su mente había hecho ya la transición definitiva de pensante a divagante, aunque repleta de hitos deliciosos en su descosida pero todavía deslumbrante imaginación. A esta etapa pertenecen dispersas maravillas como Baby lemonade, o la abismal Dark globe, curiosamente parecida, en voz y compositivamente, a muchas de las canciones de su némesis Roger Waters, aunque sin su aparatosidad y tosquedad conceptual. En Bob Dylan Blues acusa al bardo de Minnesota de arribista y vendido, y parodia su canción más icónica –la ya a estas alturas pelín insoportable Blowin in the wind, que justifica el menosprecio que le había dedicado John Cale a la canción protesta al decir que “cada estrofa era una puta pregunta”-, en un estribillo hilarante, potenciado por su exquisita dicción y su remota entonación, además de una instrumentación delicada, tan volátil como precisa.

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3. Dennis Wilson: “Farewell my friend” (Pacific ocean blue, 1977). Pacific ocean blue es un disco lleno de estimulantes contradicciones: sofisticado pero crudo, grandilocuente pero intimista, meticuloso y descuidado, ensimismado pero de una impúdica y desenfrenada emotividad. Siguiendo con las contradicciones Farewell my friend resulta remota y cercana a la vez, y se antoja inquietantemente premonitoria dado su triste deceso. Con un arreglo que recuerda un poco al que ideó Bob Ezrin en la monumental Sad song de Lou Reed, esta canción también podría figurar en un hipotético podio de las canciones más tristes del mundo. En su condición anómala dentro del universo pop, este disco solo me parece comparable al igualmente abismal Rock Bottom de Robert Wyatt. Pura espeleología emocional.

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4. Frank Zappa: “Bobby Brown goes down”, (Sheik Yerbouti, 1979). Nadie como Zappa para estuprar los géneros más convencionales del pop. Esta vez le toca el turno al doo doo wop, género deliciosamente condescendiente y sentimentaloide, con la historia de Bobby Brown (no confundir con el maromo de Whitney), guaperas de instituto que termina convertido en chapero. Olvidaos de Varèse, de la música concreta, de los excesos dodecafónicos, de Stravinsky y de los solos interminables de guitarra, esto es pura escatología sarcástica (ese juguetón ripio entre american dream y vaseline) envuelta en celofán vocal, y que solo fue un semihit en países de habla no inglesa, por razones bastante obvias dado su venéreo contenido.

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5. Mother´s finest: “Baby love” (Another mother further, 1977). Bastantes años antes de Living Colour, y en una época en la que las huestes del P-funk comandadas por George Clinton parecían caer en una entropía abigarrada de hedonismo colorista, la propuesta de Mother´s Finest resultaba más pragmática y efectiva en su mezcla de funk y hard rock. En esta canción se mezcla el funk rock correoso de Betty Davis con un estribillo más propio de la música disco, con un resultado tan contundente como sicalíptico. Quizás el solo de sintetizador haya quedado un poco desfasado, pero el resto suena fresco y su producción más atemporal que la de sus epígonos ochenteros.

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6. Jeff Beck: “Hi ho silver lining” (Single, 1967). Uno de los grandes misterios del rock es el hecho de que un guitarrista superdotado –para un servidor el más sutil, depurado, apolíneo y diferente de su generación, Hendrix incluído- fuese incapaz de componer una canción destacable. En su condición de arreglista genial en los Yardbirds y en el Jeff Beck Group, se las fue componiendo a base de versiones blues y temas ajenos, además de algún discreto tema propio, pero es que ¡incluso su icónico Beck´s Bolero pertenece a su máximo rival Jimmy Page!, y este “Hi ho silver lining”, tampoco es una excepción, ya que está escrita por los compositores americanos Scott English y Larry Weiss, pero llama la atención que su primera incursión en solitario sea una canción que destaca más por su destreza compositiva que –extrañamente- por su solo de guitarra, atinado y esbeltamente elegante como siempre, pero más económico de lo habitual.

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7. Jane´s addiction: “Classic girl” (Ritual de lo habitual, 1990). Muchos prefieren el Nothing´s Shoking (1988), más juvenil e insolente, con su desfachatez crossover y su provocación poética, también por la extrañeza llamativa de su portada, pero yo siempre preferí Ritual de lo habitual, sobre todo su segunda cara, con las maravillosas Three Days, Then she did, Of course, y la mencionada Classic girl. Mezcla de la morbosidad psicológica de los Doors, la psicodelia de los Floyd de Barrett, la atmósfera ominosa del Physical graffiti de Led Zeppelin , la perversidad de los Stooges y la lucidez opiácea de la Velvet, me parece superior en profundidad, riesgo y madurez compositiva al anterior disco. Antes de hacer el ridículo como imposible pin up masculino del underground, Dave Navarro era un tremendo guitarrista, Perry Farrell un delirante trasunto entre Dalí y el Iggy de Raw power, Stephen Perkins el mejor batería de la escena alternativa y Eric Avery un bajista dotado de una maravillosa intuición melódica. A lo que hay que añadir la presencia de la deliciosa Casey Niccoli, la Gala particular de Farrell, en su entrañable videoclip, con boda incluída.

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8. Smokey Robinson: “The love I saw in you was just a mirage” (Make it happen, 1967). Podría haber sido la emocionante The tracks of my tears, o la seminal Shop around –primer single de Motown-, pero aunque suene, sobre todo en el inicio, muy parecida a My girl, canción que le cedió a los Temptations, prefiero esta canción con su exquisita progresión armónica, su precioso arreglo de cuerda y esa voz, pura melaza que bordea pero esquiva el empalague. Y también porque está vinculada a uno de mis momentos favoritos de la historia del cine, cuando en American gigolo (Paul Schrader, 1980), Richard Gere,- un actor que no me gusta nada pero que en esta película está perfecto (a lo mejor porque se interpreta a sí mismo)-, se despierta después de proporcionar unos cuantos orgasmos a la sexagenaria de turno, lame un resto de cocaína de la noche anterior y coloca unas camisas sobre la cama para combinarlas con unas corbatas mientras tararea esta canción. Puro glamour hortera y 100% hedonista 80´s que marida perfectamente con la voz sacarosa del bueno de Smokey.

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9. Van Morrison: “Dweller on the threshold” (Live at the Grand Opera House Belfast, 1984). No pertenece a su época canónica, la que va de Astral weeks (1968) a Veedon fleece (1974), pero sí a esa etapa con la categoría de “honrosa y digna decadencia con dos temazos por disco” a la que pertenece el disco Beautiful vision (1982), en el que se incluyó originariamente esta canción, aunque prefiero la versión en directo en el Live at the Grand Opera House Belfast, más dinámica que la original. Como solía ocurrir en esta época, con letra teosofico-mantrico-pseudofilosófica, pero con una instrumentación imparable y emotiva con un estupendo solo de saxo y unos atinados coros.

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10. Rolling Stones: “Sway” (Sticky fingers, 1971). Bastante años antes de que Mick Jagger se dedicara a hacer el ridículo cantando con Lady Gaga –y pensar que de jóvenes colaboraban con monstruos como Howlin´ Wolf- , y de que Keith Richards estuviese más pendiente de acrecentar su condición de muerto viviente más longevo del rock –supongo que ser multimillonario y disponer de las mejores asistencias médicas, transfusiones incluídas, también ayuda- con autocomplacientes batallitas contadas una y mil veces, los Stones eran un grupo total, quizás como instrumentistas no eran los más técnicos del mundo –con la excepción del gran Mick Taylor-, pero tan comprometidos, avezados y concentrados como, pongamos por caso, la Allman Brothers Band de Duane Allman o los Little Feat de Lowell George, y no dependían tanto de su turbia y sensacionalista leyenda. Esta es una buena muestra, una canción de dientes apretados, dramática, desesperada y sinuosa, con un Mick Jagger más real y menos sobreactuado que otras veces, y con unos mágicos dibujos de guitarra en la recta final de la canción a cargo de Mick Taylor; y es que hay que reconocer que aunque Brian Jones fuese el factótum del grupo en sus inicios, amén de gran multiinstrumentista, y Ron Wood encajase perfectamente a nivel de actitud y estética –sin ser para nada un instrumentista despreciable, sobre todo en directo-, fue Taylor el responsable de su salto exponencial como compositores e instrumentistas.

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Hasta otra, Facelos (y Facelettes)!!!

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