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        <title><![CDATA[Stories by Nicolas Echeguren on Medium]]></title>
        <description><![CDATA[Stories by Nicolas Echeguren on Medium]]></description>
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            <title>Stories by Nicolas Echeguren on Medium</title>
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            <title><![CDATA[Kukulcán]]></title>
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            <dc:creator><![CDATA[Nicolas Echeguren]]></dc:creator>
            <pubDate>Mon, 18 Mar 2024 22:18:14 GMT</pubDate>
            <atom:updated>2025-02-16T17:46:06.592Z</atom:updated>
            <content:encoded><![CDATA[<p>Corría el 21 de Marzo de un año que ya no recuerdo, o tal vez, a propósito he decidido olvidar.</p><p>Como era de suponer, el indomable ocaso del sol hizo que yo pensara en el tiempo. Cada paso en la arena suscitaba una disyuntiva entre Heráclito y Parménides de la cual fui involuntario pero deseoso partícipe. No hay dos playas iguales, pero el mar es siempre uno y el mismo a la vez, pensaba a mi andar.</p><p>Sobre mis pies, el agua turquesa transportaba delicados hilos de algas que, con cada ola, se aferraban a la arena como tentáculos ansiosos buscando tierra firme. A mi derecha, el verdor exuberante de la jungla susurraba melodías de un espíritu ancestral, milenario guardián de ese paraíso terrenal.</p><p>Serían casi las 5 cuando ocurrió la primera zozobra de ese tranquilo paseo, que en estas páginas procedo a referir. Aunque el hábito literario consiste en narrar la realidad, o al menos, la percepción propia de ella, me permitiré acentuar ciertos rasgos circunstanciales sin temor a perder la cordura.</p><p>La arena blanca, azotada por los rayos abrasadores del sol estival, se extendía hasta el horizonte en una escena inalterada, como si fuera inmune a cualquier intrusión. Sentí de golpe la impresión de que tal vez ya había estado allí. Al levantar la vista, noté como la silueta de un hombre tan alto como misterioso rompía con la paz de mi caminata crepuscular.</p><p>Por alguna razón que no lograba premeditar, ese hombre parecía pertenecer a ese lugar tanto como la naturaleza que lo envolvía. Su perfil izquierdo revelaba los trazos de un rostro reptiliano inconfundible, definido por una nariz tan puntiaguda como el aspa de una cuchilla recién afilada. El blanco inmaculado de su camiseta de lino evocaba en mí la sensación de pureza, como cuando se observa la virgen de Boticelli por primera vez.</p><p>El hombre misterioso portaba una piel escamada por el sol que infería una sabiduría ancestral. Sus doce dedos eran cortados a la mitad por anillos con peculiares inscripciones en un idioma que en un soplo no supe reconocer. Extraño demás, resolví varios días después de este suceso, fue que su particular configuración anatómica no me llamó demasiado la atención en aquél momento.</p><p>Para no mostrar rasgos de incivilidad, me dispuse a saludarnos cordialmente, aunque hubiera preferido estar solo en aquél instante. Su mirada imperturbable seguía el danzar del agua con una precisión admirable, pero ambos sentimos la presencia del otro en anticipación a nuestro encuentro. El retroceder de una ola me permitió identificar el silbido de una canción cuyo nombre no reconocí inmediatamente, pero que sin dudas había escuchado alguna vez.</p><p>En un extraño suceso, la dulce melodía me transportó brevemente a mis nocturnas deambulaciones por Recoleta y la quietud del campo bonaerense en una de sus incontables tardes de verano.</p><p>“Buen día” — le dije con una voz un tanto lejana, aminorando mi marcha a medida que me acercaba hacia él.</p><p>“Buen día para usted. ¿Qué lo trae por aquí?” — preguntó con la curiosidad propia de quien ya espera a alguien.</p><p>Tras un silencio breve, de tal vez unos 2 segundos, proferí algunas palabras que justificaban mi andar en la belleza impermeable de la fina arena blanca y el agua cristalina que la recorría: “Es un hermoso atardecer” — dije.</p><p>“El sol se oculta en el horizonte y aquí no hay alma alguna. Estoy seguro de que tiene una excelente razón para pasear por aquí a estas horas.”— insistió el hombre.</p><p>Un poco molesto por la obstinencia de mi interlocutor, declaré soberbiamente: “las incertezas del alma moderna no pueden resolverse recostado en un diván, sin importar cuan acolchado este sea.”</p><p>“Ciertamente, la eficacia de un breve paseo por la naturaleza es para mí el mejor ejemplo de que el psicoanálisis es un síntoma de una sociedad emocionalmente enferma” — agregó el hombre.</p><p>Sin titubear, proseguí: “Y a usted, ¿qué lo trae por aquí?”.</p><p>Ignorando mi pregunta, el hombre aventuró con una declaración incisiva — “el agua del mar trae consigo respuestas pero sobre todo preguntas. Un hombre es dueño de las últimas pero casi nunca de las primeras. Créame, amigo, que la sabiduría no se haya en el infranqueable camino de la soledad. Más bien todo lo contrario”.</p><p>“Y ¿cómo puede uno discernir la verdadera sabiduría en un mundo plagado de ilusiones y enigmas?” — repliqué con cierta suspicacia.</p><p>“La verdadera sabiduría”, — respondió el hombre con una mirada penetrante, “se encuentra tanto en la confrontación con uno mismo como con el prójimo. Es en el diálogo y la interacción donde podemos desvelar los misterios más profundos de la existencia”.</p><p>“Entonces, ¿acaso cree la soledad no tiene valor alguno en la búsqueda de la verdad?” — inquirí, sintiendo cómo la pregunta resonaba en el aire con una pesadez peculiar.</p><p>“La soledad puede ser un camino hacia la introspección”, admitió el hombre con solemnidad, “pero es en la conexión con los demás donde encontramos el significado último de nuestras vidas. El encuentro con el otro es la verdadera dicha y realización”.</p><p>Al concluir su frase, entendí que nuestra conversación se encaminaba a ser cualquier cosa pero efímera. Precisando evitar una nueva confrontación filosófica, me apuré a desviar la conversación brevemente: “¿cuál era la canción que estaba silbando hace unos instantes?” — le pregunté.</p><p>El hombre, con una mirada enigmática, respondió: “Es una canción y varias a la vez. La he silbado durante tanto tiempo que se ha fusionado con los susurros del viento y el murmullo del mar, pero su nombre se ha perdido en los rincones de mi memoria.”</p><p>Tras las enigmáticas palabras del hombre, una sensación de intriga y misterio se apoderó de mí. ¿Qué secreto ocultaba esa melodía que resonaba en su silbido? ¿Acaso era un eco de un pasado olvidado o un presagio de futuros enigmas por descubrir?</p><p>Una ráfaga de viento marino agitó las palmeras cercanas, como si el propio universo intentara disolver el enigma que había entretejido nuestro encuentro. Los últimos rayos de luz se desvanecieron en un susurro dorado, dejando el horizonte envuelto en la oscuridad creciente. En ese instante, entendí que era necesario emprender mi retirada.</p><p>“Gracias por compartir ese misterio conmigo,” dije con una sonrisa, mientras en mi mente urdía la mentira que me permitiría escapar de aquella intrigante conversación. “Pero debo disculparme, mi querida me está esperando para la cena. Es nuestra luna de miel.” completé con una breve pausa, esperando que mi coartada fuera suficiente para despedirme sin levantar sospechas.</p><p>Él también inventó una excusa para retirarse. Nos despedimos con la promesa de volver a encontrarnos, quizás en ese mismo lugar.</p><p>Mientras me alejaba, el silbido de mi interlocutor se intensificaba, resonando en mis oídos con una fuerza que no podía ignorar. En ese momento entendí finalmente que la canción era una que mi madre nos cantaba a mi hermano a mí cuando éramos chicos. O tal vez una que recordaba a un amor lejano.</p><p>Cuando me volteé para mirarlo por una última vez, Kukulcán ya no estaba allí.</p><img src="https://medium.com/_/stat?event=post.clientViewed&referrerSource=full_rss&postId=550f6ecf3046" width="1" height="1" alt="">]]></content:encoded>
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            <title><![CDATA[Trascend]]></title>
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            <dc:creator><![CDATA[Nicolas Echeguren]]></dc:creator>
            <pubDate>Fri, 14 Jul 2023 16:08:18 GMT</pubDate>
            <atom:updated>2023-07-14T16:08:18.239Z</atom:updated>
            <content:encoded><![CDATA[<h3>Trascender lo Tangible</h3><p>Dando vida a lo intangible, el dramaturgo erige en el navegar de su pluma una monumental proeza de elocuencia que nace en lo más profundo de su inconsciente. Cada verso es un hilo que desenreda una tela de emociones y pensamientos, donde lo dicho es el crisol de lo inexpresable. Poco a poco, una intricada maraña de ideas encuentra su paz con el lento danzar de la pluma con el papel.</p><p>A la vez, el lienzo es escenario designio para que la abstracción artística encuentre su hogar en el lenguaje silencioso de la pintura. Con cada trazo audaz y cada pincelada intrépida, el pintor desencadena un duelo épico entre formas y colores, en el cual los límites de lo tangible se difuminan y se transforman en la expresión creativa más pura. En este espectacular combate <em>gladiatorio </em>se liberará la esencia misma del pensamiento.</p><p>El pintar y el escribir son reflejos distorsionados de un mismo enigma. Tal vez porque la verdadera esencia de la creación radica en la capacidad de transmitir ideas más allá de las formas tangibles. Dicho de otra manera, crear es trascender las barreras de lo visible para adentrarse en el vasto territorio de lo abstracto.</p><img src="https://medium.com/_/stat?event=post.clientViewed&referrerSource=full_rss&postId=9049a4261776" width="1" height="1" alt="">]]></content:encoded>
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            <title><![CDATA[Sobre la Justicia Universal]]></title>
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            <dc:creator><![CDATA[Nicolas Echeguren]]></dc:creator>
            <pubDate>Wed, 12 Jul 2023 17:05:05 GMT</pubDate>
            <atom:updated>2023-07-12T17:05:05.896Z</atom:updated>
            <content:encoded><![CDATA[<p>La naturaleza es un banquero cósmico que maneja los hilos del dar y recibir en el escenario dantesco de la realidad. Inmutable ante nuestras viscisitudes y caprichos, nos otorga dones en formas a veces inesperadas, pero necesariamente computables en el balance de la justicia universal.</p><p>Favorecidos por la gracia divina, resulta fácil emborracharse en la plenitud de una mañana soleada y su brisa fresca que acaricia la piel y un poco más. Pero este banquero caprichoso, que en ocasiones derrama generosamente sus riquezas, también exige su parte. Tarde o temprano, nos cobija en su tormenta y nos sumerge en la vorágine de la adversidad, recordándonos nuestra fugacidad y fragilidad.</p><p>En un gesto enigmático, la naturaleza nos insta a buscar esa compensación justa, a honrar el flujo constante de la vida. Es en ese vaivén de dar y recibir que se deslumbra la eterna danza y frágil equilibrio entre las limitaciones propias de la existencia y nuestro deseo innato de quebrarlas.</p><img src="https://medium.com/_/stat?event=post.clientViewed&referrerSource=full_rss&postId=edd685e5f482" width="1" height="1" alt="">]]></content:encoded>
        </item>
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            <title><![CDATA[El Paso Hacia lo Inefable]]></title>
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            <dc:creator><![CDATA[Nicolas Echeguren]]></dc:creator>
            <pubDate>Wed, 12 Jul 2023 10:44:02 GMT</pubDate>
            <atom:updated>2023-07-12T10:44:02.746Z</atom:updated>
            <content:encoded><![CDATA[<p>En el sinuoso laberinto de las ideas, una silla emerge como símbolo de la dicotomía entre lo aristotélico y lo platónico.</p><p>En su presencia física encarna la mirada penetrante y sagaz de Aristóteles, que se aproxima a la silla con una curiosidad insaciable. La examina con meticulosidad, apreciando cada ángulo, textura y solidez. Desglosa sus partes, analizando cómo se entrelazan para dar forma a su estructura. En su búsqueda por comprender la esencia de la silla, se sienta en ella. Para él, la silla es la manifestación más palpable de la realidad, o incluso la realidad misma.</p><p>No obstante, mientras Aristóteles posa su esencia en el asiento profano, Platón, sediento de lo inmutable, se eleva en éxtasis para converger con la verdadera silla, aquella que trasciende las limitaciones de lo material y se manifiesta en el dominio de las formas perfectas. Con su mirada perdida en los abismos de lo eterno, se embarca receloso en la búsqueda de una silla inmutable y etérea.</p><p>En la confluencia de lo aristotélico y lo platónico, la silla se erige como un punto de encuentro entre perspectivas antagónicas, un cruce de ideas que despierta la imaginación y sumerge en un abismo de interrogantes filosóficos. Es, simultáneamente, un objeto concreto y tangible, una herramienta utilitaria en el mundo material, y también un símbolo de la búsqueda humana por comprender lo trascendente.</p><p>En esta dualidad asombrosa, se despliega como nunca la riqueza de la existencia humana.</p><img src="https://medium.com/_/stat?event=post.clientViewed&referrerSource=full_rss&postId=401c6c7babde" width="1" height="1" alt="">]]></content:encoded>
        </item>
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            <title><![CDATA[La Idea del Lago]]></title>
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            <dc:creator><![CDATA[Nicolas Echeguren]]></dc:creator>
            <pubDate>Wed, 12 Jul 2023 10:06:54 GMT</pubDate>
            <atom:updated>2023-07-12T10:06:54.367Z</atom:updated>
            <content:encoded><![CDATA[<p>Una idea, como un lago, se transforma según la mirada que se pose sobre ella, imitando a un espejo múltiple que refleja innumerables facetas. La perspectiva, cual hábil prestidigitador, juega con nuestra percepción y nos sumerge en un laberinto de interpretaciones.</p><p>Bajo la sombra de lo ambiguo, la idea se desdobla en miríadas de formas, ofreciendo a cada observador su propia visión, su propia verdad. Es así como el universo de significados se expande, como el agua se extiende hasta donde alcanza la vista. En este reino de posibilidades infinitas, la idea se convierte en un tesoro oculto, esperando ser desentrañado por aquellos audaces que se aventuren en sus profundidades.</p><p>¿Quién sabe qué maravillas aguardan a aquellos dispuestos a explorar sus insondables abismos?</p><img src="https://medium.com/_/stat?event=post.clientViewed&referrerSource=full_rss&postId=1f1cac5a03c" width="1" height="1" alt="">]]></content:encoded>
        </item>
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            <title><![CDATA[Especulaciones Físicas Sobre la Simulación]]></title>
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            <category><![CDATA[philosophy]]></category>
            <category><![CDATA[universe]]></category>
            <category><![CDATA[simulation]]></category>
            <category><![CDATA[cosmology]]></category>
            <category><![CDATA[physics]]></category>
            <dc:creator><![CDATA[Nicolas Echeguren]]></dc:creator>
            <pubDate>Fri, 23 Sep 2022 14:59:56 GMT</pubDate>
            <atom:updated>2022-09-23T14:59:56.376Z</atom:updated>
            <content:encoded><![CDATA[<p>Todo hardware destinado a simular computaciones algorítmicas, independientemente de su poder de procesamiento o el grado de granularidad que pueda imprimir en estas últimas, tiene un denominador común: necesariamente dejará cierta evidencia de sí mismo en las simulaciones que corre. Y esta evidencia es, casi por definición, la velocidad de procesamiento.</p><p>En sistemas computacionales, la intervención involuntaria de la velocidad de procesamiento en el mundo algorítmico de la simulación en cuestión se percibe hasta en sus niveles más fundamentales. Esto se debe a que, en incluso los niveles operacionales más sencillos (como una operación de suma o resta), la velocidad de procesamiento define los parámetros para una realidad física y su correspondiente operación, de la cual está simultáneamente desasociada. Es aquí cuando podemos discriminar claramente entre un mundo <em>simulado</em> o abstracto de matemáticas programadas y el mundo <em>real</em> o físico de operaciones de microprocesador.</p><p>En el primero, la velocidad máxima de ciclos de procesamiento podrá ser observada, sentida, medida, y observada como un rezago de la realidad física computacional del segundo, al dictar este último la estructura de la cual está compuesta desde el nivel más fundamental. Dicha velocidad estará dada por el tiempo necesario para realizar una o más operaciones sobre las variables computables de la simulación, siendo su límite máximo el <em>tamaño máximo del contenedor</em> para dicha variable.</p><p>Sin embargo, el punto más sugestivo de esta deducción es la imposibilidad que tiene el observador dentro de la simulación para cuantificar la velocidad del procesador, excepto cuando esta se evidencia como un límite superior. Solamente llevar dicha velocidad de procesamiento a su máximo absoluto puede develar cuál esta realmente es. Cualquier velocidad menor será computacionalmente manejable por la simulación y, en consecuencia, su límite máximo sera indiscernible para el observador dentro de ella.</p><p>Si la realidad en la que vivimos es en verdad una simulación, la velocidad de procesamiento del hardware que la corre quedará involuntariamente desparramada en ella, y así será deducible por sus observadores cuando se enfrenten a su valor máximo absoluto. Puesto de esta manera, resulta más fácil referirnos a esta evidencia tácita del límite absoluto de procesamiento en nuestra simulación como la <em>velocidad de la luz</em>. Manifestándose como evidencia del procesador que contiene la simulación, la velocidad de la luz es simultáneamente un límite máximo a la velocidad de movimiento de un cuerpo dentro de ella, y aceptada como una asunción dentro de las leyes fisicomecánicas que la gobiernan.</p><p>Bajo este marco de análisis, el espacio físico de nuestro universo es un análogo apropiado para lo que los números representan en una simulación computacional. Del mismo modo en el que simples operaciones matemáticas de suma y resta son resueltas algorítmicamente por el procesador, la materia que se mueve a través del espacio puede entenderse como simples operaciones que suceden dentro de una variable computacional denominada “espacio”. Si tal movimiento ocurre, por ejemplo, a 1.000 kilómetros por segundo, existirá una función subyacente que actualizará 1.000 kilómetros de la variable “espacio” según la nueva organización material, suponiendo que es capaz de realizar una operación por segundo. De esta manera, la cantidad de espacio total actualizable en un único ciclo estará dada por la capacidad de procesamiento máxima del hardware ejecutando la simulación (1.000 kilómetros, en este caso).</p><p>Tal límite aparece en nuestro universo como una velocidad máxima absoluta que no se puede superar, y esa es la velocidad de la luz. Aunque la clase de hardware encargada de simular nuestro universo es esencialmente incognoscible, podemos asumir con relativa seguridad que el tamaño de contenedor máximo para la variable “espacio” es de 300.000 kilómetros, en este caso.</p><p>De tal observación, enumerar conclusiones interesantes sobre la naturaleza del espacio y los cuerpos que habitan en él se desprende como un próximo paso lógico. La primera de ellas es que la realidad espacial tal cual la conocemos no es más que una propiedad abstracta o, puesto de otra manera, líneas de código de un programa en ejecución. Por extensión, cualquier movimiento observable de materia en dicho espacio es meramente el impacto causal obtenido como resultado de realizar ciertas operaciones en la función denominada “espacio”. Debido a las limitaciones inherentes al hardware corriendo la simulación, este impacto causal parece no poder extenderse más allá de unos 300.000 kilómetros, suponiendo que el procesador ejecuta una única operación por segundo.</p><p>Otro de los comportamientos físicos esperados en la simulación sería la existencia de variables discretas de tiempo y distancia para las cuales no habría un valor menor posible, de la misma manera en que las simulaciones computacionales que fabricamos cuentan con límites de resolución estáticos e inamovibles. Ejemplos de tales definiciones son el <em>bit</em> como unidad mínima de información, el <em>hercio</em> como unidad de frecuencia electromagnética con la que una computadora ejecuta ciclos de procesamiento, o el <em>pixel</em> como la unidad homogénea en color más pequeña que conforma una imagen digital. Todas estas, entre muchas otras, son meras definiciones que el simulador establece, arbitraria o necesariamente, como reglas de resolución mínima que definen a la simulación en su totalidad.</p><p>Del mismo modo en el que <em>bits</em>, <em>hercios</em> o <em>pixeles</em> definen el máximo grado de granularidad computacional posible en simulaciones diseñadas por programadores humanos, las constantes de Planck podrían ofrecer una explicación convincente para ciertas limitaciones observables en variables físicas como la distancia o el tiempo. En vez de <em>bits</em>, nuestra simulación “corre” en numerosas unidades mínimas, discretas, e indivisibles que en poco se diferencian a las variables utilizadas en simulaciones computacionales.</p><p>A pesar de la tenacidad con la que el tejido sub-atómico de la realidad tal cual la conocemos puede inducirnos a explorar seriamente la hipótesis de la simulación, existen otras características observables del universo que parecen incrementar las posibilidades a posteriori en favor de esta. Por ejemplo, un universo en expansión resulta muy conveniente como una forma de limitar el tamaño de la simulación sin introducir “<em>bordes</em>” arbitrarios o desordenar complicadamente los cálculos para objetos lejanos a cualquier observador consciente. Resultado involuntario de esta deducción es un “<em>universo observable</em>” de tamaño finito incrustado en un “<em>universo real</em>” o más grande, reduciendo así el poder computacional requerido para ejecutar la simulación en primer lugar.</p><p>En segundo lugar, el origen del universo tal cual explicado por la teoría del “<em>Big Bang</em>” resulta conveniente para explicar la más importante de las limitaciones observables de la realidad: el tiempo. Simular un universo en estado estacionario sería una tarea herculeana si se tiene en cuenta el poder computacional potencialmente infinito necesario para ello, sin contar que el tejido físico-temporal de la simulación debería necesariamente ser actualizado por el simulador a medida que el universo se expanda. Esto es lógicamente retorcido si el motivo para ejecutarla es averiguar cuál será el resultado en primer lugar. Un sistema cosmológico bigbangiano es el punto de partida ideal desde esta perspectiva, ya que, al inyectar una cantidad finita de información en el inicio temporal de la simulación evita la necesidad de diseñar una simulación infinitamente larga, reduciendo así el poder computacional requerido para correrla y, al mismo tiempo, preservando la incertidumbre de sus estados futuros.</p><p>Como si esto fuera poco, las teorías físicas de la actualidad también parecerían corresponderse con las leyes de un universo simulado. Por ejemplo, el bizarro comportamiento sub-atómico observado en el experimento de la doble rendija podría simplemente indicarnos el límite de resolución máxima del tejido físico de la simulación, algo así como intentar maximizar un pixel individual en una imagen digital. Esto puede explicar las fluctuaciones cuánticas de ciertas partículas que, al aparecerse y desaparecerse en un modo aparentemente aleatorio, serían análogas a <em>bits</em> en una computadora siendo “prendidos y apagados” de forma continua, posiblemente en cada interacción con un observador consciente.</p><p>Conversamente, la aparente ralentización temporal observable cuando un cuerpo en movimiento se acerca a la velocidad de la luz podría ser no más que un efecto secundario producto de limitaciones computacionales innatas en hardware que corre la simulación. Al aproximarnos al límite de procesamiento máximo (la velocidad de la luz), cada cálculo adicional demandará incrementalmente mayor poder computacional al sistema poder. La disminución relativa del tiempo desde la perspectiva de cada observador consciente no sería más que un ingenioso truco para permitirle al simulador realizar cálculos sincronizados entre sí, evitando en consecuencia una interrupción abrupta en la simulación.</p><p>Y finalmente, el dilema físico más importante de la actualidad: ¿por qué resulta aparentemente imposible fusionar la mecánica cuántica y la relatividad general? La falta de una explicación viable para relacionar ambas teorías de una forma coherente con las leyes físicas observables también podría ser un mero efecto secundario de una simulación que sólo simulará aquello que sea absolutamente necesario para su continuidad y hacerlo, a fin de ahorrar recursos computacionales, dentro de un único ciclo de procesamiento. De esta manera, al utilizar escalas absoluta y relativamente grandes de masas o distancias, no parecería necesario calcular con precisión la ubicación y comportamientos exactos de cada partícula a nivel sub-atómico en ese sistema, sino que bastaría con simular una física lo suficientemente fluida para el observador consciente. He ahí la artificiosa primacía de la mecánica clásica para describir el comportamiento físico de cuerpos a nivel macroscópico.</p><p>Por el contrario, cuando los instrumentos de medición u observación sí incursionan en las profundidades sub-atómicas del tejido físico, la simulación precisará un mecanismo más certero para predecir ciertas variables de comportamiento de partículas como su ubicación, velocidad o energía. Del mismo modo en que el tiempo se “<em>ralentiza</em>” al moverse un cuerpo a velocidades cercanas a la de la luz, el simulador podría, a modo de ejemplo, realizar dichos cálculos en ciclos de procesamiento previos al momento de observación, de alguna forma “<em>preparando</em>” la realidad física con anterioridad a ser medida en tales niveles de granularidad. Entre otras cosas, esto es una solución sencilla aunque intelectualmente vaga para explicar por qué la luz “<em>sabe</em>” a dónde ir en el experimento de la doble rendija.</p><p>Deseable es que las especulaciones sobre la naturaleza de la realidad simulada puntualizadas arriba sean el punto de partida para más de un pensador escéptico ansioso por desenmarañar su estructura fundamental a un nivel más técnico. Después de todo, esta es la madre de las hipótesis conspirativas: ninguna otra puede igualar lo abarcativo de su alcance, lo profundo de sus implicancias, y lo desconcertante de sus conclusiones. Mientras tanto, todo lo que podemos hacer es quitar lentamente el velo de la realidad y aceptar lo que sea que haya tras él.</p><img src="https://medium.com/_/stat?event=post.clientViewed&referrerSource=full_rss&postId=167fb02ac958" width="1" height="1" alt="">]]></content:encoded>
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            <title><![CDATA[Ideas de Lujo]]></title>
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            <category><![CDATA[sociology]]></category>
            <category><![CDATA[economics]]></category>
            <category><![CDATA[philosophy]]></category>
            <category><![CDATA[society]]></category>
            <dc:creator><![CDATA[Nicolas Echeguren]]></dc:creator>
            <pubDate>Fri, 23 Sep 2022 03:01:34 GMT</pubDate>
            <atom:updated>2022-09-23T03:01:34.201Z</atom:updated>
            <content:encoded><![CDATA[<p>Asir un bien escaso y lucir sin descaro su posesión pareciera ser un impulso inherente a la condición humana. Desde el comienzo de las primeras sociedades, pocos comportamientos se observan con tal frecuencia y constancia como la ferviente necesidad de exhibir aquello que uno “<em>tiene</em>”, en especial cuando los demás no lo poseen.</p><p>Este deseo por relucir las diferencias de status social entre seres humanos también es agnóstico a cualquier marco geotemporal que los englobe: la evidencia indica que toda sociedad humana, independientemente de su composición étnica, tamaño de población, o ubicación histórico-temporal, se rige por jerarquías de estatus social que ordenan a sus participantes en una escala absoluta de acuerdo a su asociación con ciertas creencias culturales, positivas o negativas. Son dichas creencias, ampliamente compartidas entre todos los miembros de una sociedad, que confieren tal estatus en primer lugar, definiendo así qué quienes tendrán comparativamente mayor o menor valor social.</p><p>A pesar de ser un comportamiento tan humano como cualquier otro, la manifestación del estatus social sí exhibe patrones irregulares respecto al modo en que diversas sociedades humanas elijen hacerlo, y todavía más sugestivo, en cómo las preferencias culturales que subyacen a un objeto de estatus varían con el correr del tiempo. Es de esta contemplación que desprenden numerosas y peculiares conclusiones sobre nuestra relación con las jerarquías de valor social.</p><p>La primera de ellas es que, como era de esperarse, las muestras de estatus social inequivócamente dejan traslucir la relación asimétrica de escasez y abundancia subyacente entre los dos o más individuos que las lleven a cabo. Dependiendo de su posición en la escala jerárquica, alguno de los participantes en este ritual dantesco necesariamente “<em>tendrá más</em>” de dicho bien de status social. Y, aunque esta diferencia pueda ser en ocasiones negligible, la abundancia (o escasez) relativa de ciertos bienes, pensamientos, o comportamientos será el factor determinante de su respectiva ubicación en la escala jerárquica social. En otras palabras, la abundancia y la escasez son pilares sin los cuales el complejo tejido de status social propio de toda sociedad humana no podría existir.</p><p>Es por esta razón que, si se pretende conocer qué objetos de estatus social son los más importantes para una sociedad dada, sólo bastará con observar qué bienes, ideas, o comportamientos son más “<em>escasos</em>” en ella. Aquellos individuos que gozan de una posición más privilegiada en la jerarquía social tenderán a acumular una mayor proporción de dichos objetos, ya que en realidad son pocos quienes pueden obtenerlos.</p><p>La segunda realización, y tal vez aún más peculiar, es que no sólo el péndulo de preferencias subjetivas de jerarquización social se describe con sorprendente facilidad por una función de abundancia y escasez relativa, sino que puede observarse en muchas sociedades occidentales de la actualidad un notorio cambio de preferencias de bienes materiales a bienes inmateriales como elementos de estatus. A continuación exploraremos el porqué de este extraño fenómeno.</p><p>Durante la inmensa mayoría de nuestra existencia como especie, los objetos de status social fueron casi inequívocamente bienes materiales. Metales preciosos, animales de ganado, telas importadas, o pieles exóticas son sólo algunos ejemplos de tal comportamiento. La razón subyacente de por qué estos y otros bienes materiales siempre supusieron objetos de estatus es su relativa escasez en las sociedades que los acumulaban y veneraban como tales. Al vivir sumidas en una pobreza económica brutal, las sociedades humanas de la antiguedad idealizaron la abundancia material como un símbolo de status y principal heurística para diferenciar entre los que tienen y los que no.</p><p>Sin embargo, como consecuencia directa del proceso de industrialización brutal del cual Occidente fue escenario principal por los últimos 200 años, esta escasez fue progresivamente dando lugar a una explosión de riqueza sin precedentes en la historia de la humanidad, y con ella, un cambio evidenciable en las preferencias subjetivas de objetos de estatus a lo largo y ancho de sociedades humanas modernas. Es en este mismo contexto de inigualable riqueza económica donde algunas sociedades parecen estar ajustando sus preferencias hacia objetos de estatus social inmateriales, como ciertas ideas, creencias o posturas filosóficas.</p><p>Es seguro asmuir que, a pesar de los agigantados saltos en abundancia material cosechados hasta hoy, nunca alcanzaremos tal utópico estado de plenitud que de por finalizada esta búsqueda del tesoro homereana. Numerosas economías occidentales, como Estados Unidos, son un ejemplo perfecto de cómo nuestra inclinación por ciertos bienes materiales por sobre otros es función de su relativa abundancia o escasez. Sin ir más lejos, en un país donde el 84% de los hogares reporta usar activamente un teléfono inteligente, resulta imposible visualizar como dicho bien podría seguir siendo una muestra de status social elevado. Al mismo tiempo, sólo el 1% de los estadounidenses cuenta con un ingreso anual suficiente para poder comprar y mantener cómodamente una Ferrari, lo que pareciera explicar su perpetuidad como el objeto de status social predilecto en ese país.</p><p>La razón que subyace a este cambio de tendencias se cae de madura: siempre habrá nuevos bienes materiales que, de acuerdo a su relativa escasez en la economía, siempre serán objeto de envidia para quienes no pueden conseguirlos en primer lugar. En el marco de un sistema capitalista de libre mercado, el sendero de progreso y el insaciable apetito de acumulación material que nos arrastra por él parecieran no tener un final a la vista.</p><p>Dicho eso, la supremacía de bienes materiales como objetos predilectos de status no niega la emergencia de ideas, creencias, o comportamientos inmateriales como una nueva clase de preferencias culturales indicantes de valor social. De forma resumida, aquellos bienes materiales ya abundantes en las economías occidentales (como un <em>smartphone</em>, por ejemplo) simplemente ceden su lugar de escasez a ciertas ideas que, dada su limitada formulación y difusión en círculos sociales privilegiados, nunca llegan a ser adoptadas ampliamente por los eslabones socioeconómicos más bajos. Esto supone un cambio de paradigma para una sociedad progresivamente fracturada entre ricos y no tan ricos: <em>tener</em> es casi tan importante como <em>sentir, opinar o creer</em>.</p><p>Ahora bien, ¿cuáles son realmente aquellas ideas, creencias, o comportamientos inmateriales que han ocupado un lugar relevante en la escala de preferencias culturales? Lo más seguro es que, si el lector promedio padece un mínimo de exposición social, haya escuchado más de uno de ellos antes. Dada su inherente dependencia de las ecuaciones rigentes de abundancia y escasez, estas “<em>creencias de lujo</em>” pueden mutar con la misma agilidad que varias tendencias de la moda, pero aquí hay algunos ejemplos recientes:</p><ul><li><em>Abolir la policía o suavizar el tratamiento a criminales</em></li><li><em>Contratación laboral basada en la diversidad</em></li><li><em>Superioridad moral por consumir carne/productos orgánicos.</em></li><li><em>Apoyo a la regulación del discurso público</em></li><li><em>Poliamor &gt; Monogamia</em></li></ul><p>Si lo pensamos, la vasta mayoría de estas creencias acarrean consigo cierta connotación <em>chic</em> que las convierte en deseables para una porción no desdeñable de la sociedad, generalmente sobreproporcionada en los estratos socioeconómicos más acomodados. Y, a pesar de que siempre habrá ciertos miembros de estos sectores que no obedezcan los mandatos de moda impuestos por los demás, la evidencia es clara: los ricos son mucho más proclives a apoyar este tipo de posturas ideológicas que sus contrapartes más pobres de la sociedad.</p><p>Para entender por qué estas y otras ideas van ganando terreno como objeto de status social, debemos otra vez considerar su relativa escasez no como bienes económicos, pero sí como elementos ideológicos de la sociedad en la que operan. Pensémoslo por un momento: cuanto más agudas son las dificultades materiales padecidas, más enredoso parecería dedicar tiempo y esfuerzo a la exploración filosófica de ideas que poco efecto tienen para mejorar su vida de forma práctica. De esta manera, la mera capacidad de dedicar tiempo a idear nuevas teorías morales sobre la sociedad es en sí mismo un símbolo de status social.</p><p>Son esta clase de ideas o creencias culturales las que definen la idiosincracia de una sociedad y, curiosamente o no, son sólo los más ricos quienes pueden darse el lujo de concebirlas en primer lugar. Extrañamente o no, el poliamor deja de ser una teoría interesante cuando falta un plato de comida en la mesa. Pero, cuando las necesidades humanas más básicas parecen ser satisfechas en determinados estratos sociales, la proliferación de <em>memes</em> culturales de lujo en ellos no es sólo posible sino esperable.</p><p>Como último punto, es como mínimo sugestivo estudiar las posibles consecuencias que la adopción de ciertas creencias consideradas “de lujo” puede tener en los eslabones socioeconómicos más desfavorecidos. Continuando con el ejemplo propuesto más arriba en un tono burlesco, el poliamor es un estilo de vida en boga entre, generalmente, liberales adinerados cuyos recursos financieros pueden sacarlos sin mayores complicaciones de contratos de arrendamiento impagos, embarazos inesperados, o facturas de terapia. Sin embargo, cuando tales comportamientos son adoptados por los menos privilegiados, los resultados incluyen una espiral de pobreza, enfermedades, una epidemia de madres solteras y suicidio.</p><p>Aunque argumentar en favor de una inminente epidemia de creencias de lujo entre los más pobres resulta al menos dudoso, este es un ejemplo, aunque ciertamente no el único, de cómo los costos incurridos por ellas pueden correr a cargo de la gente común. Es difícil predecir cómo terminará esta tendencia, pero una cosa es segura: reconocer el origen de tales ideas desde su seno ayudaría indudablemente a combatir su proliferación en sectores donde los problemas que pueden causar son mucho más que un experimento filosófico engendrado en unos cuantos hogares acomodados.</p><img src="https://medium.com/_/stat?event=post.clientViewed&referrerSource=full_rss&postId=3d2184bbf239" width="1" height="1" alt="">]]></content:encoded>
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            <title><![CDATA[Curiosidad Intelectual Radical]]></title>
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            <category><![CDATA[intelligence]]></category>
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            <category><![CDATA[philosophy]]></category>
            <category><![CDATA[free-speech]]></category>
            <dc:creator><![CDATA[Nicolas Echeguren]]></dc:creator>
            <pubDate>Mon, 19 Sep 2022 01:34:16 GMT</pubDate>
            <atom:updated>2022-09-19T15:07:20.631Z</atom:updated>
            <content:encoded><![CDATA[<p>La curiosidad intelectual, cuando perfilada en su silueta más bronca, es por muchos sopesada como un exceso innecesario en ciertos contextos argumentativos.</p><p>En su dificultad de diferenciar entre una indescifrable curiosidad intelectual radical e ideologías verdaderamente sesgadas, erróneas o malintencionadas, una mayoría tiránica tilda arbitrariamente de “ecpáticos” a quienes, por voluntad e involuntad propia, levantan a la primera como estandarte capital en la búsqueda de la Verdad. Para estos últimos, su único pecado capital es ser víctima de un deseo innato por desenmascarar verdades objetivas y ajustar sus creencias acordemente.</p><p>Resultan obvias las desventajas prácticas que se coronan como fruto de tal insaciable apetito de conocimiento objetivo. Ampliamente observable es que, adoptar la honestidad radical como principio rector en la búsqueda de la Verdad suele llevar consigo numerosas inconveniencias, en general de carácter social. Sin comenzar a enumerar ejemplos, no es infrecuente escuchar casos de “<em>cancelación</em>” donde pensadores escépticos son brusca e desapaciblemente catalogados como “<em>x-istas</em>” por una afición primitiva cuyo sensor de honestidad intelectual necesita urgente reparo.</p><p>Aunque, para la mayoría, estas dificultades no encarnan motivo suficiente para abandonar una postura epistemológica de honestidad intelectual radical, más de un escéptico novato podría verse desmotivado ante el severo ostracismo social que en repetidas ocasiones se percibe como contrapartida involuntaria. En directa contradicción a la tibieza epistemológica que caracteriza la agenda ideológica de la sociedad occidental actual, considero necesario una sublevación idiosincrática a nivel colectivo, fundada en incontables lecciones históricas que mucho dejan traslucir respecto a cómo la humanidad viene enfrentando, con mayor y menor éxito, dilemas intelectuales similares en el pasado.</p><p>Conocida por muchos, comprendida por unos pocos, y correctamente aplicada por incluso menos, la <strong><em>ciencia</em></strong> reluce una fachada defectuosa. Como herramienta de conocimiento es infalible y, como idea rectora de la moralidad de una civilización, insuficiente. Aún así, plagada con sus particulares imperfecciones, es por lejos la mejor (si no la única) técnica sistemática de recopilación de conocimiento objetivo que poseemos en nuestro arsenal epistemológico, y al mismo tiempo, la responsable principal del extendido estado de bienestar material en el que gran parte de la humanidad se regocija hoy en día.</p><p>Como tal, la ciencia no es más que una herramienta de racionalidad epistemológica que permite, de forma sistemática, reducir al máximo posible cualquier incongruencia entre los modelos mentales de conocimiento que generamos y aquello observado en la realidad. En un esfuerzo incesante para acortar distancias entre el <em>mapa</em> y el <em>territorio</em>, observación y experimentación ganan terreno frente a cualquier tipo de argumentos nacidos desde la subjetividad. Aquello que puede ser destruido por la verdad, simplemente debería serlo.</p><p>Sin embargo, afirmar que el pensador científico cuenta con una <em>carte blanche</em> para herir cualquier susceptibilidad ajena en su búsqueda de la Verdad resulta, como mínimo, controvertible. ¿Acaso no deberían exceptuarse de esta burlesca carnicería intelectual, por ejemplo, ciertas creencias religiosas, siendo de público conocimiento el delicado grado de susceptibilidad emocional que suponen usualmente para con quienes las sostienen en primer lugar?</p><p>Buscando atender estas inquietudes, me permito invocar, solo por un momento, al espíritu científico de gran Carl Sagan. En una magnífica demostración de proeza intelectual, nuestro <em>über-pensador </em>favorito<em> </em>ha formulado lo que humildemente comprendo como las dos reglas fundamentales de la ciencia: (1) <em>no hay tal cosa como verdades sagradas </em>y (2) <em>cualquier idea o creencia inconsistente con hechos científicos comprobables debe ser revisada o descartada acordemente</em>.</p><p>La primera de ellas resulta especialmente útil como herramienta de navegación epistemológica al considerar los innumerables sesgos cognitivos de los cuales, con una facilidad admirable, caemos víctimas una y otra vez. Sin ir más lejos, basta consumir una mínima dosis de soma mediática para encontrarse con ejemplos superlativos de <em>argumentos de autoridad,</em> utilizados a mansalva desde todos los ángulos de la matriz ideológica social. En tal contexto, tener presente que no existe tal cosa como una verdad sagrada es nada menos que un recordatorio prometedor.</p><p>Por otro lado, la segunda ley de la ciencia ilustra con sutil elegancia lo que la inferencia bayesiana no logra sin estancarse en un embarrado terreno matemático. Simulando condiciones de incertidumbre, una proposición cuyo grado de verdad o falsedad inicialmente desconocida va a ser gradualmente ajustada de acuerdo a la evidencia recolectada. En esta búsqueda no hay ganadores individuales más que la verdad misma: cada nuevo descubrimiento nos va acercando hacia ella.</p><p>Otra propiedad fundamental de la ciencia, omitida en este caso por Sagan, es una tendencia inevitable en quien la aplica a exponer su posición individual en directa confrontación con cualquier “<em>verdad</em>” existente. Si aplicado correctamente, el método científico, por definición, no consiste en otra cosa que reemplazar ideas iniciales “<em>no tan buenas</em>” por otras mejores (<em>falsacionismo de Popper, para un trasfondo más teórico sobre este método</em>). De esta manera, embarcarse en la búsqueda de la verdad es un acto que requiere una gran dosis de coraje e irreverencia ante el status quo, si consideramos que una idea, para probarse “<em>correcta</em>”, debe necesariamente desmentir a otra que ocupaba su lugar con anterioridad.</p><p>Esta tendencia inexplicable a cuestionar conceptos preaceptados como verdaderos es no sólo un comportamiento deseable para el científico respetable, sino tal vez la única cualidad fundamental necesaria para no fallar en su cometido. Sin ella no existiría tal cosa como el proceso de ajuste de conocimiento que caracteriza a Occidente desde el siglo XIX e infla el pecho a más de uno al enumerar sus mayores logros colectivos en los últimos 200 años. Conforman estas, desde mi postura, un argumento razonable en favor del pensador escéptico en su cuestionamiento tenaz e imparcial sobre diversas posturas ideológicas aceptadas como verdaderas por la mayoría.</p><p>Sin embargo, esta reverencia al escepticismo epistemológico que caracteriza una buena parte del pensamiento crítico occidental, no es suficiente resolución para el dilema meta-ético que hoy nos concierne. Alguien podría objetar, no injustificadamente, que, a pesar de que la ciencia haya probado ser una herramienta de recopilación de conocimiento objetivo bastante eficaz en el pasado, ello no debería absolverla de las inconveniencias prácticas que una adopción radical y ortodoxa de sus preceptos podría generar.</p><p>Pero este mal llamado “<em>dilema</em>” deja de ser tal al considerar que, con excepción de la ciencia, la humanidad no ha logrado inventar otro modelo de razonamiento colectivo que permita, con igual precisión, la mejora continua y sistemática de la calidad de vida humana en nuestro planeta.</p><p>Aunque el <em>sesgo de la disponibilidad</em> nos lo oculte, el progreso humano es un hecho empírico. Cuando miramos más allá de los titulares periodísticos, encontramos que la humanidad en general es más saludable, más rica, más longeva, mejor alimentada, mejor educada y más segura de la guerra, el asesinato y los accidentes que en los siglos pasados. “<em>Progreso</em>” es la abreviatura de un conjunto de retrocesos y victorias arrancados de un universo implacable, y es un fenómeno que necesita ser explicado. Y la causa material que lo hace es tan recta como elemental: <em>la ciencia</em>.</p><p>Las verdades naturales y objetivas recopiladas científicamente sobre el universo que habitamos pueden parecen cosa superflua para la mente poco entrenada, pero es fácil notar cómo son, simultáneamente, motor fundamental en el camino de progreso que, felizmente o no, como humanidad estamos atravesando. Y abandonar el pensamiento científico radical sería el equivalente de apagarlo.</p><p>El abismo conceptual entre la honestidad intelectual radical y su contra-postura políticamente correcta, feliz de ocultar ciertas verdades duras en su intención de no herir susceptibilidades ajenas, es más grande de lo que como sociedad estaríamos dispuestos a tolerar. Sólo basta ser consciente de la diferencia cualitativa entre ambas posturas para dar cuenta de las calamidades filosóficas que la segunda conlleva.</p><p>Desprendernos de cuajo de este motor epistemológico infinitamente poderoso es equivalente filosófico a menospreciar los milenios de sufrimiento humano fueron condición necesaria para alcanzar el nivel de bienestar material actual. Más importantemente, rechazar la ciencia como principio idiosincrático rector del comportamiento humano supone una amenaza directa a nuestros prospectos de perpetuarlo en el futuro.</p><p>Independientemente de una aparente indiferencia en el plano argumental, cada concesión intelectual en pos del “<em>respeto mutuo</em>” o la “<em>empatía con el prójimo</em>” supone aún un clavo más en el ataúd que contiene las semillas para una sociedad progresista y científica, tan consciente de los sesgos cognitivos que la acechan como tenaz en su deseo de sobrepasarlos. Consecuencia indeseada de esto sería descender, sin aviso previo y de forma estrepitosa, varios peldaños en la escalera potencial del progreso y el bienestar futuros, tal vez unos cuantos más de los que estaríamos dispuestos a aceptar.</p><p>Siempre deberá recordar el pensador escéptico la máxima primordial en su viaje hacia la Verdad: la ciencia no permite “<em>el camino del medio</em>”, no por la vagancia intelectual que refleja de quien decide recorrerlo, sino porque no conduce a ningún lado. Una vez sondeado, no hay vuelta atrás.</p><img src="https://medium.com/_/stat?event=post.clientViewed&referrerSource=full_rss&postId=1b8e5e09f48" width="1" height="1" alt="">]]></content:encoded>
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            <title><![CDATA[Haz lo que Digo, No lo que Hago: Hipocresía Ambientalista]]></title>
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            <category><![CDATA[ethics]]></category>
            <category><![CDATA[politics]]></category>
            <category><![CDATA[morality]]></category>
            <category><![CDATA[climate-change]]></category>
            <dc:creator><![CDATA[Nicolas Echeguren]]></dc:creator>
            <pubDate>Thu, 18 Aug 2022 21:43:23 GMT</pubDate>
            <atom:updated>2022-08-19T06:40:53.241Z</atom:updated>
            <content:encoded><![CDATA[<figure><img alt="" src="https://cdn-images-1.medium.com/max/1024/0*w-kpSa8C8i4bCGdk" /></figure><h3>Haz lo Que Digo, No lo Que Hago: Hipocresía Ambientalista</h3><p>Sólo un extremo (y envidiable) ascetismo frente al delicado contexto social, económico, político y cultural de la civilización occidental sería excusa suficiente para negar haber escuchado sobre las protestas de agricultores y pescadores de los Países Bajos, los chalecos amarillos en Francia, o incluso más preeminente en el inconsciente colectivo, el catastrófico colapso socioeconómico de Sri Lanka. A pesar de ser hechos trascendentales y, hasta cierto punto, excepciones a una regla de relativa tranquilidad característica del escenario global de las últimas décadas, dichos fenómenos sirven también como ejemplos de una creciente tendencia de inestabilidad política en sociedades a lo largo y ancho del globo.</p><p>Si el filósofo novato buscara explicar estos eventos de forma integral, bastaría con echar un vistazo a los recientes pronunciamientos de corporaciones como Deloitte, que pintan en un sus varios reportes una imagen desgarradoramente desoladora sobre lo que el futuro, en este caso ambiental y climático, pareciera depararnos. Aunque asignar algún tipo responsabilidad directa a ciertas multinacionales sobre los fenómenos mencionados más arriba sería, como mínimo, una estirada intelectual cuestionable, reportes como <a href="https://www2.deloitte.com/global/en/pages/about-deloitte/press-releases/deloitte-research-reveals-inaction-on-climate-change-could-cost-the-world-economy-us-dollar-178-trillion-by-2070.html"><em>este</em></a> ayudan a entender con mayor claridad la posición ideológica de la elite gobernante que condujo a ellos en primer lugar.</p><p>Como era de esperarse, burócratas utópicos con un limitado (o nulo) contacto con la realidad, periodistas carentes de una mínima dosis de perspectiva histórica, o simples aspirantes a gurús espirituales New Age, protagonizan nuevamente el papel principal en una obra payasesca con final incierto. A continuación me explayo.</p><p>Resulta prudente comenzar analizando ciertos aspectos del discurso particularmente alarmista de Deloitte, tal cual expresado en su reciente reporte titulado “<em>El Punto de Quiebre: Un Resumen Global”</em>. Son dos los puntos fundamentales que resaltan del reporte en cuestión: el primero de ellos, que las tormentas, incendios forestales, sequías, e inundaciones registradas en los últimos 18 meses no tienen precedentes de comparables magnitudes en la historia moderna. Ante una revelación de este estilo, uno podría concluir con seguridad que es el accionar humano causa formal única de tales fenómenos, descartando, al mismo tiempo, la influencia predominante de cambios climáticos de origen natural.</p><p>En segundo lugar, y a fin de ilustrar el potencial impacto económico de tales fenómenos, los “<em>modelos computacionales</em>” presentados en el reporte en cuestión plantean un escenario hipotético de “<em>no-accionar climático</em>” conducente a pérdidas inevitables en la matriz de producción global que superan los 178 trillones de dólares en los próximos 50 años. No cabe duda que una calamidad económica de magnitudes tales afectaría monstruosamente todo aspecto de la vida según la conocemos hoy en día.</p><p>¿Quién osaría negar semejantes verdades científicas, postuladas con tal elegancia y rigurosidad matemática? Bueno… de hecho, ya somos bastantes. Después de todo, la utilización de un “<em>modelo computacional</em>” no implica necesariamente la presencia de “<em>datos</em>”, ni mucho menos de “<em>hechos</em>”. En otras palabras, el secuestro semántico del término “<em>modelo</em>” no es más que un intento desesperado de asociar el mensaje objetivo con un concepto cargado de positividad epistemológica, como podrían también serlo “<em>datos</em>”, “<em>computación</em>” o “<em>ciencia</em>” (un arma letal antes estos ataques es conocer la ubicuidad de <a href="https://medium.com/@echegurenn/frases-para-el-aplauso-de5f86c0ef31"><em>Frases Para El Aplauso</em></a> en el discurso público, ilustrado inmejorablemente por nobles personajes como Mateo Salvatto).</p><p>En el mejor de los casos, los investigadores de Deloitte están esencialmente planteando hipótesis camufladas como leyes matemáticas, insusceptibles a cualquier tipo de discusión o escrutinio argumental. Un intento de ir en contra de dichas “<em>verdades científicas</em>” sería catalogado automáticamente como un negacionismo irracional, y a quienes permiten dudarse de estas postulaciones como meros parías.</p><p>Dada su magnitud sin precedentes, asegura el reporte, las recientes ocurrencias ambientales deberían servir como motivo revelador suficiente para aquellos escépticos radicales que todavía se hallan desconvencidos por ciertos “<em>hallazgos científicos</em>” sobre la influencia de sociedades humanas en los crecientes niveles de emisión de CO2, así como disparador inicial para gobiernos y entes reguladores aún hesitantes sobre tomar acciones concretas hacia un camino de decarbonización acelerada a nivel global.</p><p>En otro ejemplo estelar de extralimitación burocrática, Deloitte realiza un llamado universal para llegar a “emisiones cero” hacia mediados de siglo, a fin de prevenir calamidades sociales, económicas y políticas de dimensiones previamente inimaginables. Una implicancia tácita de estas declaraciones es, poco sorprendentemente, que los “<em>expertos científicos</em>” deben modelar la ecología y economía del planeta en su totalidad, con el fin ulterior de modificar los comportamientos diarios de billones de personas alrededor del mundo y así evitar la catástrofe ambiental más grandiosa de nuestra historia.</p><p>Sin embargo, existe un camino más directo para refutar los planteamientos absolutistas que la elite ambientalista pretende forzosamente imprimir en nuestro inconsciente. Preguntémonos: ¿acaso los modelos computacionales propuestos por Deloitte serían lo suficientemente precisos para otorgar a quienes los diseñan una ventaja fundamental a la hora de, por ejemplo, predecir el comportamiento total del mercado de valores en los próximos años? O, incluso más sencillo, ¿serían capaces de predecir confiablemente el movimiento individual de la acción de una compañía, digamos, dedicada a la producción de energía renovable?</p><p>La respuesta para ambas respuestas es un resonante <em>no, </em>y la razón es sorprendentemente sencilla. De cumplirse los supuestos postulados arriba, quien se adueñase de semejantes poderes de predicción económica pronto se apoderaría, de acuerdo a la ley de ventajas acumuladas, de la totalidad del pastel económico<em> </em>a nivel global. En otras palabras, de existir modelos computacionales dotados de tal precisión e implementados por una organización extremadamente poderosa como Deloitte, convertirían a esta última en dueña indiscutible de la totalidad de la economía real.</p><p>Ilustrar por qué esto es prácticamente imposible no debería suponer demasiado esfuerzo para el lector educado: basta con observar el último gran proyecto de sobreplaneamiento burocrático del siglo pasado para dar cuenta de que la economía global es simplemente demasiado compleja para ser modelada efectivamente en su totalidad. Sin ir más lejos, la Unión Soviética fue notoriamente incapaz de entender el grado de sobreestimación de su propia capacidad de planeamiento.</p><p>De una manera similar, el político utópico moderno, nublado por una ideología conscientemente miope, ignora consciente o inconscientemente la complejidad matemática que implicaría conocer las preferencias y acciones de billones de agentes de la economía global. El peor error epistemológico que uno puede cometer es, parafraseando a Confucio, creer saber lo que no se sabe. Pero el verdadero saber es saber que no se sabe lo que no se sabe. Y el burócrata del siglo veintiuno, al igual que el economista soviético promedio, simplemente no sabe.</p><p>Sin importar la cantidad de agujeros generados con sorprendente facilidad en la coraza argumental del alarmismo mediático, no lo considero el punto focal adecuado respecto al debate sobre el cambio climático que nos concierne en esta ocasión. A pesar de ser una concesión epistemológica osada, me permito aceptar ciertas premisas “<em>científicas</em>” como verdaderas, ignorando por un momento numerosos contraargumentos que pondrían en tela de juicio su credibilidad.</p><p><em>Suponiendo</em> que tales modelos fueran ciertos, numerosas cuestiones de carácter ético-moral permanecen inconclusas. Sin ir más lejos, privar a países emergentes de utilizar carbón o gas natural como escalones iniciales en el espinoso camino del progreso resulta como mínimo moralmente cuestionable, en especial cuando el estado de bienestar gozado por aquellos países que generalmente diseñan dichas políticas privatorias en primer lugar es consecuencia directa de masivas emisiones de carbono producidas en los siglos XIX y XX.</p><p>Los planificadores omniscientes, en un intento de justificar la iniciativa vesánica de tener “<em>emisiones cero para el año 2050</em>”, afirman que aquellos que hoy están más expuestos a las consecuencias económicas de un futuro “<em>sin acciones concretas</em>” frente al cambio climático son también quienes más se beneficiarían de un hipotético escenario de emisiones bajas. Esto es groseramente falso. Recursos como el carbón y el gas natural, aparte de ser los principales agentes emisores de dióxido de carbono en la actualidad, representan también una salvación para poblaciones enteras en su inextricable camino para escapar a la pobreza. Cualquier tipo de reducción en la producción económica actual tendría como contrapartida necesaria una proporcional disminución en la calidad de vida de quienes hoy luchan por sobrevivir en un mundo cada vez más competitivo.</p><p>Son sólo las personas más ricas quienes se preocupan por “<em>el medio ambiente</em>”, que está, después de todo, fuera de la preocupación principal de quienes están desesperados por su próxima comida. Privar a cientos de millones de individuos del fruto económico del carbón o el gas natural con la excusa del potencial daño que su explotación causaría al ecosistema resulta particularmente cuestionable, en especial cuando esos mismos recursos fueron un ingrediente vital para la revolución industrial y la subsecuente explosión de riqueza que la sucedió en el mundo occidental.</p><p>La evidencia histórica a favor del capitalismo como motor fundamental en la lucha contra la pobreza extrema es, sin lugar a dudas, arrolladora: el camino más rápido y seguro hacia el futuro próspero que todos anhelamos es a través de la elevación económica de los más pobres. Y la buena noticia es que, como sociedad, no debemos hacer nada extremadamente creativo para lograr este cometido: sólo bastará con no entrometernos en su camino a través de regulaciones burocráticas carentes de sentido; el libre mercado se encargará del resto.</p><p>Tal cual demostrado en el trabajo de científicos como Bjorn Lomberg o Michael Schellenberger, existen una multitud de soluciones al cambio climático más eficientes que la puesta en marcha de políticas de decarbonización acelerada o la regulación burocrática excesiva de industrias locales mediante cuotas de carbono irrealistas. Ese mismo dinero podría y debería invertirse, por ejemplo, en garantizar la salud actual y, por lo tanto, la productividad futura de los niños más pobres en países en desarrollo. ¿Qué tal remediar su mundo <em>real</em> de dolor y privación en lugar de salvar un mundo <em>hipotético</em> y el mundo <em>hipotético</em> de los niños futuros en forma abstracta?</p><p>Simplemente no hay un camino hacia la utopía verde y equitativa que no demande como requisito necesario un mayor empobrecimiento de los que ya son pobres, la compulsión de la clase trabajadora o el sacrificio de la seguridad económica y las oportunidades en el frente de los alimentos, la energía y la vivienda. E incluso si lo hubiera, ¿qué daría derecho a los gobiernos occidentales a forzar sobre otros estados soberanos de igual legitimidad medidas subjetivas que priorizan beneficios <em>hipotéticos</em> sobre consecuencias <em>reales</em>?</p><p>Una mejor manera de confrontar el desafío del cambio climático sería priorizar problemas que hoy acosan a la humanidad en un planeta todavía verde, funcional, y cada vez más productivo, con el liderazgo desinteresado de una verdadera clase política, elegida por el pueblo, capaz a cuestionar a todos y a todo, guardiana de la autonomía y libertad de sus gobernados, y, sobre todas las cosas, dispuesta a dejar de capitalizar narcisísticamente la mera apariencia de acción, conocimiento y virtud.</p><p>Sólo así, y sólo tal vez, podremos decir que lo intentamos.</p><img src="https://medium.com/_/stat?event=post.clientViewed&referrerSource=full_rss&postId=994de8739096" width="1" height="1" alt="">]]></content:encoded>
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            <title><![CDATA[Definiendo la Racionalidad]]></title>
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            <category><![CDATA[philosophy]]></category>
            <category><![CDATA[rationality]]></category>
            <category><![CDATA[ideas]]></category>
            <dc:creator><![CDATA[Nicolas Echeguren]]></dc:creator>
            <pubDate>Thu, 04 Aug 2022 14:03:16 GMT</pubDate>
            <atom:updated>2022-08-04T14:08:35.133Z</atom:updated>
            <content:encoded><![CDATA[<p>No mucho tiempo atrás, en medio de un debate que más de uno describiría como innecesariamente acalorado, fui etiquetado con la prestigiosa distinción de ser “<em>demasiado racional</em>”. De más está decir que las repercusiones tangibles de esta acusación fueron nulas, si no por involuntariamente haber dado inicio un nuevo ejercicio mental de tratar de definir <em>qué es exactamente la racionalidad</em>, o más importantemente, qué implica<em> tener un comportamiento racional.</em></p><p>En una definición modesta y estrictamente personal, la racionalidad puede ser descrita de dos formas:</p><ul><li><strong>Racionalidad epistémica</strong>: mejorar sistemáticamente un modelo de conocimiento, con el fin ulterior de ajustar el máximo posible el <em>mapa</em> al <em>territorio</em> (más sobre esto después).</li><li><strong>Racionalidad instrumental</strong>: ajustar sistemáticamente la toma de decisiones de forma tal que se maximice la expectativa probabilística de una función de utilidad coherente con ciertas preferencias subjetivas.</li></ul><p>A fin de entender mejor la primera de ellas, consideremos a continuación el siguiente ejemplo:</p><blockquote>En un acto de aparente insignificancia existencial, un filósofo da inicio al ritual matutino abriendo su copia de “La República”, invariablemente colocada en el centro de su escritorio que, a su vez, siempre está posicionado en lo que cree ser un punto equidistante a ambas paredes laterales de su habitación. Después de algunos capítulos, el filósofo cierra religiosamente el libro para dejarlo en su posición original y sale de la habitación, esperando encontrarlo de la misma forma la mañana siguiente.</blockquote><p>Al filósofo del ejemplo anterior poco parece preocuparle que la expectativa subjetiva de encontrar el libro y el escritorio de en la ubicación predeterminada se basa en una percepción posiblemente errónea de la realidad. Su entendimiento previo sobre la posición espacial del libro y el escritorio que lo sostiene no es más una <em>creencia</em>, definida coloquialmente como una idea o pensamiento que se asume como verdadera. En otras palabras, el filósofo <em>cree</em> que ambos están donde deberían estar<em>, </em>pero no es capaz saberlo con exactitud hasta que efectivamente entra a su habitación la mañana siguiente.</p><p>Todo modelo mental de conocimiento que diseñamos, independientemente de cualquier posible abstracción del contexto espacio-temporal actual, no es más que una idea que luego debe ser probada como verdadera en el mundo real. Construir un mapa mental de la habitación que te rodea no es muy diferente, en principio, que afirmar que <em>El Juicio de Paris </em>fue esbozada por el pintor flamenco Rubens en el siglo XVII, o que Napoleón, al momento de su muerte, acusaba una altura de tan sólo 1.68 centímetros. Dichas cuestiones, al ser notoriamente distantes desde una perspectiva espacio-temporal, pueden parecer infinitamente más abstractas que la posición de un libro sobre un escritorio. Sin embargo, hay hechos históricos concretos que inequívocamente confirman la autoría del pintor barroco sobre dicha obra maestra del arte barroco, así como la altura del pequeño gran magnate francés en mayo de 1821. En otras palabras, podemos afirmar que ambas declaraciones son <em>verdaderas </em>en la medida que los mapas mentales generados a partir de ellas se corresponden genuinamente con el territorio, es decir, la realidad.</p><p>Esta proposición ejemplifica en buena medida lo que sostener una idea o creencia equivocada: el <em>mapa</em> del mundo que construimos no siempre se corresponde con el <em>territorio</em>, es decir, la realidad. La racionalidad epistémica, entre otras cosas, consiste en reducir en la medida de lo posible aquellas discrepancias entre nuestros modelos mentales de conocimiento (el <em>mapa</em>) con la realidad (el <em>territorio</em>). Dicha correspondencia se conoce vulgarmente como la <em>verdad</em>.</p><p>Una coda frecuente de &quot;<em>todos los modelos son incorrectos</em>&quot; es que &quot;<em>todos los modelos son incorrectos, pero algunos son útiles</em>&quot;. A pesar de coquetear groseramente con cierto amarillismo epistemológico, lo que esta frase enfatiza es el marco adecuado para reconocer las diferencias entre mapas y territorios. El punto central no es que todos los mapas sean inútiles; más bien, es simplemente mantener el pensamiento crítico sobre aquellas discrepancias: si son o no insignificantes en un contexto determinado, cómo reducirlas al máximo posible, o incluso más interesante, como adaptar nuestro accionar acordemente.</p><p>El área de conocimiento que se ocupa de cómo los eventos se traducen en percepciones, y cómo estas se ven modificadas aún más por los nombres y las etiquetas que les aplicamos, se conoce popularmente como semántica general. Ser consciente de las inevitables oscilaciones epistemológicas en cualquier patrón de la forma <em>evento-percepción-etiquetado</em>, puede ser un antídoto para ciertas construcciones mentales necesariamente incompletas y posiblemente distorsionadas en el mundo que son tratadas como la realidad misma.</p><p>Por otro lado, la <em>racionalidad instrumental</em> consiste en ajustar el accionar propio de modo tal en la que se maximice la expectativa probabilística de una función de utilidad coherente. Puesto de otra manera, esta clase de racionalidad trata sobre “<em>torcer</em>” la realidad a un futuro deseable a través de decisiones conducentes a resultados mejor clasificados en la matriz de preferencias personales. Es decir, decisiones <em>que ganan.</em></p><p>Al combinar ambas definiciones de racionalidad, se llega a la conclusión que ser un agente racional no es nada más (ni menos) que sostener <em>creencias verdaderas</em> y tomar <em>decisiones ganadoras</em>.</p><p>Más allá de la satisfacción filosófica que se desprende al definir un concepto tan abstracto e incomprendido como la racionalidad, realizar esta clase distinciones también puede dar fruto en un plano algo más terrenal. Por ejemplo, cuando alguien afirma que “X es <em>racional</em>”, generalmente sólo se trata de una forma más rigurosa de decir “creo que X<em> es verdadero</em>” o “creo que X <em>es bueno</em>”. Si omitimos este análisis intermedio y, en cambio, las declaraciones son tomadas a valor nominal, corremos el riesgo de confundir el la definición epistemológica del término “<em>racional</em>” con uno diferente, posiblemente más cercano a las intenciones originales del emisor del mensaje. Este secuestro gramático del término “<em>racional</em>” es desafortunadamente una práctica estandarizada en círculos académicos y populares por igual, y constituye una amenaza viva a cualquier esfuerzo de mantener conversaciones libres de sesgos gramaticales.</p><p>Similarmente, decir que “cuidar la salud es<em> racional</em>” podría ser reemplazado sin mayores inconvenientes por frases como “cuidar tu salud es <em>funcional para tu bienestar</em>” o “cuidar tu salud es <em>en tu propio interés</em>”. Afirmar que “<em>un agente racional toma decisiones que maximizan su expectación probabilística en una ecuación de utilidad coherente con sus preferencias</em>” es una forma, probablemente demasiado sofisticada, de referirse a alguien que simplemente toma decisiones bajo un marco de racionalidad instrumental. Esto es completamente diferente a utilizar la palabra “<em>racional</em>” para realizar declaraciones <em>prospectivas </em>en vez de<em> normativas</em>, aprovechando el significado generalmente positivo que se le atribuye a ese término. Cualquier uso de la palabra “<em>racionalidad</em>” y sus derivados en argumentos prospectivos para adoptar o desechar una práctica o hábito (como “<em>cuidar la salud</em>”, por ejemplo), deberían encender una alarma casi inmediatamente.</p><p>Aunque utilizamos un concepto como “<em>racional</em>” de forma amplia al referirnos a hechos generales que sistemáticamente producen valor o verdad, debemos contemplar, al mismo tiempo, el sesgo asociativo inevitable que caracteriza a nuestro modelo cognitivo. En caso de ser ignorado, puede convertirse en un instrumento fatal para cualquier esfuerzo honesto de entender el mundo como un agente racional y comportarse acordemente.</p><p>En casos como estos, o esencialmente en cualquier otro caso donde los significados de ciertas palabras estén en tela de juicio, se podría, sin mayores complicaciones, reemplazar el término “racional” por lenguaje más específico que opaque cualquier diferencia epistemológica posible. Sin ir más lejos, una manera fascinante de poner a prueba esta idea es reemplazar cada instancia de la palabra “racional” en este ensayo por cualquier otra de su elección, y prestar atención a cualquier cambio relevante en el significado general. Esta técnica tiene beneficios dobles: por un lado agudiza nuestra capacidad para detectar posibles malversaciones de ciertos términos, usualmente en la forma de <em>frases para el aplauso</em>. Al estar conscientemente entrenados en este ejercicio, resultará más sencillo combatir cualquier intento malicioso de asociar lo “<em>racional</em>” con indicaciones prescriptivas.</p><p>Por otro lado, esta técnica de intercambio semántico puede facilitar el entendimiento mutuo entre interlocutores que parten desde posiciones intelectuales y etimológicas entendiblemente diferentes, lo que conlleva con preocupante frecuencia a discusiones innecesarias. A modo de ilustración, la mayoría de los debates en la actualidad no pretenden resolver diferencias fundamentales entre dos o más <em>creencias </em>aparentemente<em> </em>contrapuestas entre sí. Por el contrario, en una proporción no negligible de estos debates el objetivo central de los participantes es tender el mayor número de trampas semánticas al rival, sin importar si en realidad existe algún tipo de diferencia real entre sus creencias. Una vez el otro acepta tácitamente ciertas definiciones, ganar dicho debate es ahora una cuestión de asociar selectivamente términos (como “<em>racional</em>”, por ejemplo) con ideas o conceptos favorables a la postura ideológica que se intenta defender.</p><p>El término “racionalidad”, a pesar de ser inherentemente susceptible a trampas argumentativas, también goza de múltiples usos donde su significado es todo menos ambiguo. En casos como estos el lector no tendría motivos lógicos para abstenerse de utilizarla con soltura.</p><img src="https://medium.com/_/stat?event=post.clientViewed&referrerSource=full_rss&postId=a4cd1b6bff52" width="1" height="1" alt="">]]></content:encoded>
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