Carambola

Los lobos lo sabían. Llevaban siglos llorando, no aullando. Lloraban por nosotros. Lloraban por nuestro destino. Las mareas también lo intuían. Se ponían nerviosas cuando se acercaba, inquietas. Zarandeaban sus fondos, quizá para despertar a sus hijos, no fuera que los pillara desprevenidos. Las embarazadas la sentían. Cuando ella aparecía, las contracciones se aceleraban. Podría decirse que, en parte, todos lo sabíamos, así que, una noche de agosto, colisionó con nosotros. Era previsible. La Luna penetró en la Tierra como el dedo de un niño sobre el merengue de la tarta de su cumpleaños. Llevaba mucho tiempo orbitándonos, estudiando por dónde lanzar su jab, lo pensó concienzudamente. El impacto fue tan brutal que nuestro planeta salió despedido: perdió su órbita alrededor del Sol. Aquel planeta azul que tanto tiempo acunó a la vida, se había convertido en una densa masa de polvo gris, que se alejaba de su sitio a una velocidad de vértigo, congelándose a cada minuto que pasaba. «Estamos jodidos», dijo un astronauta a otro dentro de la Estación Espacial Internacional mientras miraban cómo se alejaba la vida.

Mientras tanto, en Marte, tras años de terraficación, todo salía a pedir de boca: una atmósfera rica en oxígeno; un mar primigenio, pequeño pero prometedor; las primeras especies traídas de la Tierra, ya empezaban a reproducirse… Todo, absolutamente todo, se repetía a la perfección o, mejor dicho, se replicaba.

Incluso algunas costumbres, se asemejaban, sobre todo las religiosas. Los marcianos — así llamaban los terrícolas a sus hermanos de Marte — , recorrían kilómetros y kilómetros hasta llegar al Monte Olimpo, lugar donde se había construido la primera iglesia marciana, para presentar sus respetos a su dios importado, como cada domingo desde que se instalaron. No había pan en el planeta así que, en su lugar, usaban una especie de pasta cristalina y crujiente que producían a base de proteínas, hielo de los glaciales y azúcar refinada. Con ella, celebraban la eucaristía. Marte era perfecto.

Una noche, tras el toque de queda — la democracia en la Tierra estaba sobrevalorada y en Marte no se cometió el error de instalarla— , todos saltaron sobreexcitados de sus sillones por el mensaje que reproducía los altavoces distribuidos a lo largo de toda la ciudad: «Se acerca un meteorito de dimensiones descomunales, el impacto será inminente, no estamos preparados para algo así, es demasiado gigantesco. Es una masa densa de polvo gris que se acerca a una velocidad de vértigo». La Tierra no quería irse sola.