O la primavera emprendedora que se quedó a medias

¡Quién lo iba a decir! Después de que nos tiraran al fondo del mar con un saco de escombros amarrado a los tobillos, muy al estilo Dexter, conseguimos zafarnos y nadar hacia la superficie. Una vez allí y, como auténticos mesías, pudimos caminar sobre las aguas. Sí, esas que dentro de poco podrían volverse de color negro, el favorito de un ministro que yo me sé. Aguas que bañan las orillas de una isla varada entre Europa y África que presume de ser una especie de Silicon Valley, aunque no es más que una fábrica de apps de dudosa rentabilidad comercial que mantiene ocupados a los nuevos emprendedores (el nombre cool con el que se denomina ahora a los autónomos) para que no se apunten a las listas del paro, pudiéndose así maquillar las cifras de las mismas.

Pero no todo ha sido malo, ¿eh? Esta época nos ha ayudado a ser mejores personas. Antes, no hace mucho tiempo, los autónomos inmersos en el mundo tecnológico, éramos enemigos, competencia directa, nos mirábamos de reojo y sonreíamos al estilo Bruce Willis mientras pensábamos algo así como — este cabrón tiene a tal cliente —. Pero tras la caída de la economía y, seamos sinceros, porque no había más cojones, empezamos a ser compañeros. Creamos alianzas y comenzamos a respetarnos. La camaradería está presente en todos los eventos en los que coincidimos que, por cierto, son muchos, en exceso, pero de esto hablaré en otra ocasión.

Como decía, empezamos a respetarnos y, como consecuencia, aparecieron muchísimos espacios coworking que creaban sinergias o, al menos, las proponían. En la isla hay bastantes, gestionados por personas relevantes del sector: Nemesys, Coworking Las Palmas, Isla Perdida… Todo pintaba bien. Habíamos conseguido encontrar un sitio para no trabajar con el pijama puesto, compartir el café de las once y, crear proyectos conjuntos a un coste más que razonable. Pero el ser humano es egoísta por naturaleza, o ruín, como dicen nuestros mayores. Así que un día, algunos políticos se enteraron de qué iban esos lugares tan raros donde había personas con zapatillas deportivas y pensaron — si construimos sitios como esos, el pueblo pensará que ayudamos a los emprendedores y, de paso, sacamos algunas perras… No necesariamente en ese orden—.

Entonces, empezaron a aparecer otros coworking, pero financiados con dinero público. En alguno de ellos, las pisadas que se oyen en su interior, se atribuyen a fenómenos paranormales, porque personas no hay, aunque hacen procesos de selección y todo. Han hecho un negocio de un modelo que habíamos creado para subsistir y, ni siquiera lo rentabilizan, increíble. Quizá, deberíamos habernos quedado en el fondo del mar con aquello enredado entre nuestras piernas, seguro que Poseidón es más sensato que cualquiera de nuestros «nobles». Son como el rey Midas, pero al revés… Todo lo que tocan, se convierte en mierda. Esto hay que arreglarlo, y pronto.

Frikadas las Justas

Historias, pensamientos y chorradas

    Alejandro Ramos Melián

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    Frikadas las Justas

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