Adicción

Me está destruyendo poco a poco. Lo sé. Soy plenamente consciente.

Suele empezar por la noche, de improviso, en uno de tantos despertares. Al principio, aún somnoliento y huyendo de la vigilia, puede que pienses que esas palpitaciones se deban a un mal sueño; que ese enorme peso en el pecho, que te aplasta contra la cama y te inmoviliza, sea algún íncubo recurrente en tus pesadillas; que esa falta de respiración no sea más que el cansancio de alguna huida imaginaria. Pero no. Es porque vuelves a necesitarla. Otra vez.

No ha pasado mucho tiempo desde la última vez que pudiste disfrutar de ella, tan sólo unas horas o días. Entonces pensaste que todo estaba bajo control, que esa sensación de paz, serenidad y bienestar profundo que te proporcionaba te llenaría lo suficiente para poder resistir un largo periodo de tiempo hasta volver a sufrir su ausencia. Ese es tu error, un error que cometes con plena consciencia: cuanto más la saboreas, más necesitas esa sensación placentera que supone tenerla dentro de ti.

Y eso es lo peor. La sensación de conocer el problema, saber cuál es la solución y, aun así, no hacer nada por resolverlo.

Te prometes a ti mismo que no volverás a caer, que evitarás buscar ese placer de nuevo, ese orgasmo de los sentidos. Al menos no hasta dejar pasar un cierto tiempo, un margen de seguridad. Pero, mientras te duchas una mañana, la idea de volver por antiguos derroteros empieza a rondar por tu cabeza. Y comienzas a hacer planes. Y los desechas. Y los vuelves a desarrollar con un mayor nivel de detalle.

De modo que decides mantener la mente ocupada para no pensar en ello. Limpias una casa pulcra, cambias la ordenación de los libros de una estantería —te gustan más agruparlos por editorial que alfabéticamente— planchas camisas que puede que no vistas en varios meses… Pero, por encima de todo, evitas la tentación del teléfono, esa puerta al mundo del placer.

Porque piensas que esos breves momentos de placer pueden compensar toda la angustia y dolor que conlleva su posterior carencia.

Después de unas horas de falsas distracciones, coges el teléfono y haces una llamada. O envías un mensaje, por si no responde el teléfono en ese momento. Y a partir de ahí ya se desencadenan los hechos de una forma repetida decenas de veces. Cada paso que das conduce, de forma inexorable, al destino deseado y temido al mismo tiempo: deseado porque la felicidad de ese momento es difícilmente comparable a cualquier otra experiencia vital —excepto, si acaso, el amor correspondido— y temido por el vacío que sabes que espera inmediatamente a continuación.

Esta lucha es inútil. Lo mejor es que acepte que no puedo huir y rendirme completamente. Y esperar lo peor, el desenlace.

Y estos ciclos de felicidad y desesperanza se repiten durante semanas, meses. Y comprendes que vas a continuar por ese camino sin fin, aunque ello te suponga una muerte lenta, un marchitar interior que apenas se observa en tu fachada perfectamente encalada.

Porque hay sustancias que, en cuanto las pruebas, no puedes evitar consumirlas por el placer que te proporcionan, pese al dolor y ansiedad que genera su ausencia.

Y personas.


Si os ha gustado os animo a que lo compartáis con quien queráis. Y podéis hacer clic en el corazoncito que hay al final del artículo.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.