Anoche soñé que volvía a Manderley

El puente que cruzaba las vías era el último tramo de subida continua desde el centro de la ciudad. En ocasiones me paraba brevemente a observar los ferrocarriles parados en la estación y me acordaba de Trainspotting, la novela de Irvine Walsh; cuando la leí no entendí la fascinación de mirar el tránsito de los trenes, pero después de seis años subiéndome a tres o cuatro por semana empezaba a apreciarlo. Era algo relacionado con el fluir de las personas, de la gente, como una manifestación del movimiento perpetuo de la vida.

Una vez superado el puente, el destino estaba cerca: en sólo un par de minutos llegaba a Manderley. Una puerta metálica quejumbrosa abría el paso a un minúsculo jardín —se sonrojaría si oyera referirse a sí mismo de esta manera— , apenas un seto rectangular que enclaustraba a un gnomo de cartón piedra. En apenas tres zancadas se llegaba a la puerta, cuyo timbre había dejado de sonar hacía bastante tiempo sin que a nadie pareciese importarle.

Tras la puerta, un pasillo empujaba hacia el salón tratando de evitar la cocina. De esta apenas recuerdo la lucha perdida de todos los veranos contra las hormigas del jardín, que nos asediaban buscando el tesoro prohibido tras los olores que emanaban de ella, y la oscuridad. Oscuridad debida al mal funcionamiento de varias bombillas —solidarias con su compañero, el timbre de la puerta.

En contraste con las tinieblas de la cocina, la luminosidad del salón resultaba cegadora. Como si el repartidor de claridad hubiera apilado toda su mercancía allí y le hubiera dado pereza distribuirla por el resto de la casa. La luz provenía del amplio ventanal que daba al jardín y rebotaba en las paredes blancas hasta llegar a todos los rincones de la habitación.

Pero quizás el recuerdo que más grabado tenía del espacioso salón de Manderley era el sofá. A ella en el sofá. Ella durmiendo la siesta, ella corrigiendo exámenes, ella disfrutando de su serie preferida. Ella. Porque ella, como la luz en el salón, sí inundaba toda la casa (en este caso el repartidor hizo bien su trabajo).

La hiedra que rodeaba el jardín interior se sumaba a la caótica disposición de muebles, macetas y juguetes perdidos, pero en su conjunto daba un sensación de paz y equilibrio. Y su imagen —ella— también deambulaba por el jardín: recortando hojas rebeldes, observando los gorriones que se acercaban buscando el goteo perdido de la manguera, desplegando el toldo para ocultarse del sol o, en verano, tumbándose en la hamaca para leer.

Unas escaleras conducían a las habitaciones y el vestidor y, aún más arriba, la buhardilla. Pero mientras ascendía por ellas, una sombra negra me estremeció y desperté sudoroso e inquieto.

Sólo puedo volver a Manderley en mis sueños. La casa ardió hasta convertirse en cenizas y ahora ese lugar es un terreno baldío y lleno de escombros —al menos en mis pensamientos. Pero puede que aún exista en algún lugar ignoto y que, en este preciso momento, la señora de Winters esté corriendo las cortinas coincidiendo con la llegada de la noche.


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