Guiones

Imaginando conversaciones

No sé si muchos de vosotros haréis este ejercicio mental con frecuencia — bien voluntaria, bien involuntariamente — , pero yo he de confesar que sí recurro a él a menudo: imagino conversaciones. Una pareja sentimental que era conocedora de esta costumbre la bautizó como escritura de guiones.

Con el tiempo se ha llegado a convertir en una rutina, de modo que si hay algún asunto que me preocupa o me interesa invento una conversación sobre ese tema con alguien en concreto. Por supuesto, el guión incluye las frases de ambos actores, tanto el principal — obviamente, yo — como el secundario. La elección del personaje no suele ser casual, sino que suele formar parte importante de la conversación, llegando incluso a ser el tema en sí mismo.

Los guiones están sometidos a un retoque continuo, porque si las respuestas del interlocutor no son las que yo espero o la conversación no llega al término deseado debo cambiar la argumentación, muchas veces desde el principio. Es un proceso costoso que lleva tiempo, buscando un engarzado perfecto y tratando de no dejar ningún cabo suelto. Si esto sucede por la noche, de hecho, puede conseguir que no duerma o que caiga en un bucle de conversaciones repetidas eternamente.

Quizás penséis que, dado que soy yo quien redacta los guiones, puedo permitirme poner las palabras que quiera en la boca de mi interlocutor. Esta es una tentación muy grande — en la que a veces no puedo evitar caer — pero por mor de la verdad debo escribir los guiones de la forma más realista posible. Para ello dejo una cierta libertad a mi interlocutor virtual, hasta el punto que llega convertirse en un personaje en sí mismo, normalmente bastante alejado del personaje real.

Un guión que pretenda ser mínimamente creíble debe necesariamente considerar todas las respuestas posibles del interlocutor. Porque en el caso hipotético de que la conversación tuviera lugar en la realidad debería estar preparado para cualquier posible ramificación o contingencia.

El problema de escribir guiones es que a veces se convierten en una excusa para no establecer una comunicación real, para no abordar directamente a la persona y tratar el problema. Porque siempre hay que esperar a tener un buen guión, una estrategia que permita tener una discusión controlada a priori. Y es que, en el fondo, estos guiones no son más que conversaciones cobardes que no nos atrevemos a mantener. Y que pueden acabar enquistándose, escondiéndose en nuestro interior hasta que por fin encuentren una salida.

Sí, una salida. Porque todos los guiones no son nada hasta que la vida no les da una representación real. Y a veces basta con no esperar a una pregunta. Basta con iniciar una conversación como «Perdona, ¿sabes en qué he estado pensando últimamente?». Y en ese caso el guión empieza a fluir… aunque nunca en el sentido planeado.

Porque la vida nunca es lo que uno imagina.


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